Opinión

Del comic a la pelicula: trasvase de universos

Siempre ha existido la necesidad de repetir el viejo axioma de la especificidad de las artes, cada una con mundos interiores, costumbres y prácticas que forman el corpus o la constitución por las cuales se rigen, sin olvidar los préstamos, esas modificaciones de lo ajeno que se vuelven propias en manos de los creadores.

Las obras se nutren de los elementos que habitan el mundo real, pero a la vez reciben el barniz de lo intangible, dígase de las leyendas, creencias o historias perdidas en el tiempo, ecos de lo inexplicable cuya única certeza se encuentra en las profundidades misteriosas del espíritu humano, amalgama de vivencias y sueños.

El artista, como demiurgo, es un ente poderoso que da vida a seres, cosas y universos, lo que puede emparentarlo con los dioses pues en sus excesos creativos no existen medias tintas. Pueden dar vida a obras excelsas, magnificas y también a monstruosidades o perversiones que están más allá de nuestra comprensión.

El sistema creativo de esta era y el de tiempos pasados tienen marcadas diferencias que radican en el tamaño del mercado y el apetito de información, todos conspirando para exprimir a la velocidad de la luz los productos del espíritu. Las modas van y vienen sin pausa, a veces sin dar tiempo a las asimilaciones de rigor.

Tener un estilo nunca había sido más difícil que ahora. Vivimos en una época de plagios en demasía, de cinco minutos de fama que pueden reducirse a dos. De cantos de sirena potentísimos que hacen perder la conciencia y el estilo al artista más dotado, si este no goza de un pensamiento solido que lo proteja de las mieles de la moda “ready to wear”.

Una inconformidad recorre el mundo y no es el fantasma del comunismo. Con demasiada frecuencia escucho el argumento de que las adaptaciones de comics al cine no respetan o no se parecen al texto ni al estilo gráfico del original. Lo interesante es que luce como un calco de las quejas de cinéfilos y lectores “la película no se parece al libro…”, como si fuera una fotocopia y no una obra de arte.

Las adaptaciones de cómics han tenido sus altas y sus bajas dependiendo siempre del director y el equipo creativo detrás del filme. No es lo mismo la lóbrega exquisitez de Sin City (2005), la sólida construcción de 300 (2006), que la aburrida epopeya solo apta para insomnes de Batman vs. Superman (2016).

La mancuerna de Robert Rodríguez y Frank Miller logran en Sin City acoplar los egos del director y el autor de la novela gráfica que se incorpora como co-director de la misma, formando un trio de espanto con el violento Quentin Tarantino, para entregarnos un filme modélico de cómo pasar del cómic al cine sin perecer en el intento y conservando la gracia de los fans radicales de la obra de Miller.

Que el novelista gráfico sea el guionista es un acierto en este caso, pero no es lo usual, ni los resultados son siempre positivos. La estructura funciona y el puzzle de personajes e historias echa por tierra la tesis de que una gran cantidad de situaciones pueden producir confusión. El mecanismo de relojería que armó el autor y guionista es la mejor prueba de éxito para estos relatos episódicos.

Desde el prólogo de El Cliente Siempre Tiene la Razón, hasta el epílogo con el mismo título, el filme se desenvuelve en un ambiente lóbrego y surreal, con diálogos existenciales, cortos y sin adornos. Sin City es una galería de tipos, fácilmente identificables por sus características, conectados los unos a los otros por hechos variados.

El trabajo en equipo de Robert Rodríguez, Frank Miller y Quentin Tarantino es patente por la unidad estética que la película refleja a lo largo de su metraje. El casting es destacable por fichar el actor exacto para cada personaje, el encaje entre intérprete y figura de ficción es monolítico. Los tres directores nos han regalado una de las mejores galerías de freaks de toda la historia.

Que un artesano habilidoso con grandes dotes visuales y adicto a las escenas de acción como Zack Snyder se tope con la oportunidad de dirigir una novela gráfica llena de batallas interminables como 300, es una casualidad que agradecemos los espectadores, y el mismísimo Zack más que nadie, al encontrar la tarea casi hecha.

La epopeya gráfica de Frank Miller sobre uno de los episodios más icónicos de la historiografía griega, la Batalla de las Termopilas, donde el rey de Esparta, Leónidas (Gerald Butler) se enfrenta en un desigual combate al dios-rey de los persas, Jerjes I (Rodrigo Santoro), pereciendo Leónidas y los espartanos que le seguían.

300 se rodó con la técnica de superposición de croma, lo que ayudó a homologar las imágenes de la película con las del cómic original, convirtiendo esta fantasía histórica en un gran éxito de público que abarrotó las salas y la convirtió en un fenómeno de las recaudaciones.

Pero el gen visual de Snyder le juega una mala pasada cuando se decanta casi completamente por este aspecto, descuidando la profundidad de los personajes, y encima, caricaturizando a los persas de Jerjes con una estilización cercana a la falsificación, convirtiendo al formidable ejército persa en esclavos combatientes.

De haber puesto un poco más de atención a la caracterización de los actores y a la precisión histórica, esta película se hubiese convertido en una obra maestra, pero es mucho pedir para un director de su estilo, encandilado con la acciones trepidantes, no importando que carezcan de sustancia.

El esperado choque de titanes que todos augurábamos en que se convertirían las diferencias entre el héroe de Ciudad Gótica y el de Metrópolis, se quedaron en agua de borrajas al convertir Zack Snyder a Batman vs. Superman en una obra soporífera muy apta para ayudar a conciliar el sueño a los desvelados.

Dos horas y media de acción de las cuales más de la mitad solo sirvieron como recuento de acciones inconexas y de escaparate para mostrar a los futuros integrantes de la Liga de la Justicia, como Aquaman, Flash, La Mujer Maravilla, Batman y Superman. Carente de atmósfera, profundidad, coherencia narrativa y algo de dirección actoral, es una tortura digna, en este caso, de un sádico visual como Snyder.

Aquí si cabe darle la razón, aunque sea un poco, a los fanboys por quejarse de la torpeza al modificar el cómic y despojarlo de toda la sustancia que tenía, y en este caso, no contar con la pericia de un Frank Miller para armar un rompecabezas demasiado complejo para este director que ya sabemos de cual pata cojea.

Está visto que hacer cambios en los cómics y novelas gráficas no es un pecado capital per se, siempre que encontremos a un guionista con luces y a un director que hagan como aquellos artistas que traicionan la forma para serles fieles al fondo, que es lo realmente importante.

Sin City, 300 y Batman vs. Superman, demuestran que la fidelidad a la obra original o la modificación a la misma no son valores inmutables que garanticen la calidad de un producto artístico, ni un ticket para el fracaso, solo son la materia prima de las que se vale el director de cine para expresarse y nada más.

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