Opinión

¿Es Hillary Clinton más peligrosa que Donald Trump?

La actriz Susan Sarandon sembró el pánico recientemente al revelar su reticencia a votar por la favorita demócrata Hillary Clinton, en caso que afronte al probable candidato republicano, Donald Trump en la elección presidencial en Estados Unidos de noviembre próximo.

Sarandon estaba haciendo el eco a una posición compartida por numerosos partidarios del opositor demócrata de Clinton, el Senador por Vermont, Bernie Sanders. Quienes así piensan dicen que no votarían por Clinton aun si eso significa que Trump se convierta en Presidente de los Estados Unidos.

Como respuesta, el establishment demócrata ha perdido su espíritu colectivo.

El cronista Charles Blow, del New York Times, bajo a las llamas de los electores y dijo “Bernie sino nada” quienes se dedican a una “siniestra política electoral de Tierra Arrasada” pateando en lo “irracional y los privilegios” y que “miran todo negro”.

JJ Goldberg de The Forward, en un artículo titulado “Bernie sino nada es una reivindicación pretenciosa y peligrosa”, advertía que “quejarse de la debilidad de Clinton no puede debilitar la participación en las elecciones de noviembre y entregar Washington al Partido Republicano”.

Michael Tomasky se lamentó en “The Daily Beast” que esos resabios anti-Clinton provienen principalmente de blancos privilegiados que no tienen nada que perder. Hasta la propia Hillary Clinton entró al trapo, al postear un Twitter que decía “Ciertas personas pueden quizás darse el lujo de exigir “lo perfecto”. Pero muchos americanos sufren aquí y ahora y no pueden esperar que “lo perfecto” llegue”.

Se ha convertido en una ortodoxia aceptada en los círculos de las clases dominantes considerar a Trump como un autoritario que se sostiene en las tensiones raciales y que representa una amenaza mayor para el mundo si es electo en noviembre próximo.

Si esta idea está perfectamente fundada, ignora le hecho que Clinton es tan peligrosa también para la estabilidad mundial. Y contrariamente a Trump, tiene en sus manos la sangre que lo prueba.

Si el mal menor es el objetivo, como insisten los expertos de la clase dominante, no se sabe mucho quien representará el mal menor, si Trump o Clinton.

Reina de la guerra

En muchos aspectos, pero particularmente comercio internacional y política exterior, Clinton está a la derecha de Trump, con una propensión a la beligerancia militarista porque se parece más a un belicista neoconservador que a la progresista que ella pretende ser.

Para asegurarse, no hay que buscar más lejos que los propios neoconservadores mismos, que están tan aterrorizados de la visión no-intervencionista de Trump en política exterior que están dispuestos a unirse detrás de la candidatura de Clinton. No es la primera vez que Clinton ha sido alabada y adorada por los halcones.

En 2008 expresaron un “uuff” de satisfacción luego que el Presidente Barack Obama nombró a Clinton como Secretaria de Estado.

Ricard Perle, el ex presidente del consejo de política de defensa del Presidente George W. Bush y uno de los principales arquitectos de la invasión y la guerra de Iraq comentó de la siguiente forma la nominación de Clinton: “Estoy contento […] No habrá el cambio que pensamos al principio”.

El muy neoconservador “Weekly Standard” se congratuló también con la nominación de Clinton aplaudiendo su evolución de “Primera Feminista” a “Reina de la Guerra”, más Margaret Thatcher que Gloria Steim (icono del feminismo norteamericano y activista de los derechos de la mujer).

Hillary Clinton fue más allá y sobrepasó las expectativas de los neoconservadores.

El ex Vicepresidente halcón Dick Cheney dijo que estaba impresionado por el trabajo de Clinton en el Departamento de Estado, lo que equivale a un aprobación en toda regla.

En una comparecencia en el programa “Morning Joe” en la cadena de televisión MSNBC, en 2014, Dan Senor un neoconservador de fuste y antiguo asesor de política exterior del candidato republicano de 2012, Mitt Romney, declaró, “Hillary es más belicista que cualquiera de nosotros”.

“Hillary es la neocon de los neocon, agregó el conductor de televisión Joe Scarborough. “Será fascinante ver sí Hillary se decide a presentarse y sí obtiene la nominación. Será más belicista, más neocon probablemente que cualquier candidato republicano. Con esto digo que no ha habido prácticamente ninguna acción militar que Hillary no haya apoyado en el curso de los últimos veinte años”.

Ese amor de los neoconservadores por Hillary Clinton no es de sorprender. Después de todo, Clinton a acusado regularmente a los palestinos de enseñar el odio a sus niños, a la vez que ha alineado estrechamente con el Primer Ministro israelí ultra derechista y revisionista del Holocausto, Benjamín Netanyahu, un neoconservador estricto con una demagogia que rivaliza con la Trump.

Clinton ha expresado su orgullo de haber convertido a los iraníes en enemigos a quienes en una ocasión amenazó con “borrar su país del mapa” y que todavía amenaza con sanciones.

Hillary Clinton comparó las acciones del Presidente ruso Vladimir Putin en Ucrania a las transferencias de población llevadas a cabo por Hitler antes de la Segunda Guerra mundial. A pesar de su mea culpa, en 2014, sobre su apoyo a la terrible invasión de Iraq en 2003, y su esfuerzo actual de hacer gala de sus “ideas progresistas”, la etiqueta de belicista es la que con más orgullo lleva –como cuando se felicitó con júbilo del apoyo que le dio el “New York Daily News” como la “guerrera realista súper-preparada”.

Mientras se desempeñaba en el cargo de Secretaria de Estado dio luz verde a gigantescos contratos de armamentos con los dictadores apoyados por los EEUU, fortaleciendo así de forma espectacular las hazañas militares de déspotas que coincidentemente son de los mayores donadores de fondos de la Fundación Clinton.

En una demostración increíble de su fracaso en haber aprendido las lecciones fundamentales de la guerra de Iraq, Clinton fue la punta de lanza en el derrocamiento por parte de la administración de Obama, en connivencia con los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, del dictador libio Muhammad Gadafi basándose en informaciones erradas.

Luego del linchamiento público macabro de Gadafi por los rebeldes libios apoyados por Estados Unidos, en 2011, Clinton no pudo esconder su excitación, declarando a la “CBS News” con una alegría maliciosa “Fuimos, vimos, y él murió” (We came, we saw, he died).

Como podría esperarse Libia se ha convertido en un antro dedicado a la anarquía por grupos extremistas de toda la región, incluyendo el Estado Islámico o Alqeda.

Recientemente Obama dijo que el fracaso en preparar el después del derrocamiento de Gadafi es “el peor error” de su presidencia. En tanto que Secretaria de Estado y jefa de la intervención, esta preparación debió haber sido la principal responsabilidad de Clinton.

Libia no es el único país donde Clinton ha practicado su injerencia abierta.

Caminando los mismos pasos que su mentor, el ex Secretario de Estado Henry Kissinger, Clinton apoyó y legitimó en 2009 el golpe de Estado de la derecha militarista en Honduras, que sacó del poder al Presidente democráticamente electo Manuel Zelaya que sumergió a Honduras en una violencia enorme que empujó a miles de niños a huir a México y Estados Unidos para salvar el pellejo. Hoy Honduras tiene las tasas de violencia y delincuencia más altas de América Latina y del mundo.

A seguidas, en 2014, Clinton apoyó la deportación de decenas de miles de niños refugiados no-acompañados de América Central, que buscaban asilo en EEUU, con la finalidad de “mandar un mensaje” a sus padres de “que no es porque su hijo llegó al otro lado de la frontera que su hijo se debe quedarse aquí”.

Bernie Sanders marchando con Martin Luther King Jr. en 1965 en Selma, Alabama, en el movimiento de los derechos civiles.

Casi un tercio de esos niños habían salido corriendo a la violencia que sufre Honduras.

Berta Cáceres, militante de los derechos de los indígenas y ecologista criticó el papel jugado por Clinton en ese Golpe de Estado, antes de su asesinato, el pasado 3 de marzo, por un escuadrón de la muerte hondureño.

El equipo de campaña de Hillary Clinton negó que su candadita tuviera ningún tipo de responsabilidad, diciendo que su papel en Honduras había sido la “diplomacia activa”. Posteriormente Clinton apoyó nuevamente el derrocamiento de Zelaya.

A pesar de la cantidad de sangre que Clinton ha dejado detrás de ella, Hillary continúa a creer en la virtud de los cambios de gobiernos apoyados por los EEUU.

Entrevistada en febrero pasado sobre lo que pensaba sobre el pasado de EEUU en materia de derrocamiento de líderes democráticamente electos a nivel mundial, Hillary Clinton invocó el espectro de la Alemania Nazi, apoyándose en que “Si alguien hubiera podido asesinar a Hitler antes que nosotros invadiéramos Alemania, ¿No habría sido algo mejor o peor?

Hasta Trump reconoce más o menos la belicosidad de Clinton. Dijo en un mitin en marzo de este año en Detroit que el “Medio Oriente se está quemando en gran parte a causa de las políticas y de los conceptos de Hillary Clinton”.

El gran pánico de los neoconservadores

En un contraste casi surrealista de la Señora Clinton, Trump le hizo un llamado a reducir la presencia militar norteamericana en el extranjero y dijo en varias ocasiones que estaba opuesto a la intervención militar en el extranjero, afirmando que la guerra de Iraq, que Clinton apoyó, había sido un “un gran error” que “desestabilizó el Medio Oriente”.

Trump llegó a sugerir una política de neutralidad en las negociaciones de paz entre Israel y los palestinos, propuesta a que luego renunció después de haber provocado la ira de los partidarios de la línea dura pro-israelita, incluida Clinton, que declaró a este respecto “los Estados Unidos no pueden ser neutros nunca[.] Cualquiera que no comprenda esta no tiene nada que buscar como presidente de los Estados Unidos”.

El establishment neoconservador reaccionó lanzando un ataque en toda forma contra Trump.

El llamado “Comité de Urgencia por Israel” (Emergency Committee for Israel) un “think tank” neoconservador, difundió una publicidad que asimilaba la oposición de Trump a los cambios de régimen en Libia y en Iraq como un apoyo a los dictadores anti-americanos.

Poco después un grupo autoproclamado “comunidad republicana por la seguridad nacional” publicó una carta condenando la blasfemia de Trump contra el dogma central de sus principios hegemónicos.

Firmado por un núcleo de intelectuales neoconservadores, antiguos funcionarios y agentes gubernamentales, esta carta criticó duramente la veleidad de Trump con el “aislacionismo” y su oposición a los tratados de libre comercio a favor de las grandes empresas.

Esta carta incluso llegó a denunciar el sectarismo de Trump y su abierto apoyo a la tortura, a pesar que esas quejas puedan difícilmente tomarse seriamente, visto que las personas que firman esa carta han apoyado por decenios la tortura, el sectarismo y la pira. Eliot Cohen, que fue el organizador de la carta contra Trump afirmó, incluso, “Hillary es de lejos, el mal menor”.

En el ínterin, bajo los consejos de la Senadora republicana de Carolina del Sur, Lindsey Graham, el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu se apresta a firmar un gran contrato militar de ayuda de los Estados Unidos, que había rechazo previamente por ser insuficiente, antes de que Obama no salga del poder, por temor a que un Trump presidente no sea tan generoso.

Construcción de muros

Si la política exterior separa a Clinton y a Trump, hay numerosos asuntos interiores que les unen.

El nuevo entusiasmo de Clinton para “hacer caer las barreras”, una referencia directa a la propuesta anti-inmigrantes y anti-mexicana de Trump de construir un muro en la frontera de los Estados y México contradicen completamente el apoyo firme la Clinton al muro que existe en la actualidad en Cisjordania, que una gran parte fue construida bajo la presidencia de Obama.

Hace apenas cinco meses, Clinton se facilitaba a si misma del apoyo que ella otorga a ese muro en Cisjordania.

“Voté varias veces mientras fui senadora para gastar dinero con el fin de construir una barrera, un muro, con el objetivo de impedir que los inmigrantes ilegales entren a los Estados Unidos” se enorgullecía Clinton en el debate del ayuntamiento de New Hampshire en noviembre pasado.

El pasado mes, en un debate, respondiendo a la pregunta de saber en qué se diferenciaba su muro del propuesto por Trump, Clinton dijo menciono su tamaña: “Tal como lo entiendo, Trump habla de un muro muy alto”, dijo.

Clinton es una fanática del muro de separación de Israel que de hecho anexó tierras palestinas en Cisjordania ocupada, y sugirió usarlo como modelo para la frontera entre los Estados Unidos y México.

Y sigue citando como argumento en su sitio de internet de campaña su apoyo al muro de Israel, juzgado ilegal por la Corte Penal Internacional.

Su hipocresía no ha quedad sin ser percibida por Trump, quien twiteó en enero pasado “Hillary Clinton ha dicho que está de acuerdo de prohibir la entrada de musulmanes en Israel construyendo para este fin un MURO, pero no hacerlo en los Estados Unidos. Debemos estar vigilantes”.

Un camino hacia lo peor

Estos últimos meses Clinton se ha reconvertido como una luchadora de la justicia social antirracista, utilizando un lenguaje sobre los privilegiados para dejar en ridículo a las posiciones de Sanders, esconder la atención sobre sus lazos bien documentados con Wall Street y distinguirse del discurso de odio de Trump.

Pero detrás de su barniz de justicia social se encuentra principios mucho más en línea con los principios más alineados con la base republicana que con la base demócrata.

Mientras que Trump insultaba a los mexicanos como “violadores” y se burla de los discapacitados, Clinton llamó “super-depredadores” a los niños negros y se ha referido a las ayudas sociales como “buenas para nada”.

Trump quiere prohibir los musulmanes. Pero Clinton tiene un sólido pasado de apoyo a los bombardeos a los musulmanes, sin mencionar su posición de criticar a los árabes y musulmanes para ganar los electores y los donantes pro-israelíes.

Trump exacerba los sentimientos fascistas. Pero lo hace explotando la cólera legitima de la población debidas a las consecuencias negativas de la economía neoliberal, del goteo (trickle-down economics) llevado a cabo por los políticos de la clase dominante como Hillary Clinton.

Clinton ha jugado un papel activo en el desmantelamiento del tejido social y ha entregado a los trabajadores americanos a las desastrosas consecuencias de los acuerdos de libre comercio favorables a las grandes empresas.

Cuatro u ocho años de aventurerismo militar de los clintonianos podría muy bien preparar el ascenso al poder de un demagogo aún más belicoso que Trump.

Una elección presidencial entre Clinton y Trump sería una terrorífica carrera hacia lo peor. No hay que sorprenderse si tanta gente rechazaría en este marco, dar sus votos a una u otro de estos candidatos.

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