Opinión

Las encuestas nos pueden enseñar a perder bien cuando no podemos ganar

“Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”.

Las encuestas de opinión son consustanciales a los sistemas democráticos y su desarrollo conoce un largo proceso de perfeccionamiento que comienza en el siglo XVIII. Teniendo tanto tiempo en intensa experimentación, ya nadie duda de su importancia como elemento operacional permanente de los sistemas democráticos de nuestros tiempos.

Ellas permiten tener una idea de las fluctuaciones de las preferencias electorales; determinar cómo un determinado planteamiento económico, político, social o religioso impacta positiva o negativamente al candidato; cuáles son los problemas que la población percibe como cruciales para el desarrollo y el bienestar del país; cómo los miembros de un partido valoran a los otros contendientes; cuál es la tasa de rechazo de los candidatos y la proporción aproximada de la población indecisa, etc. En una palabra las encuestas permiten inferir tendencias, motivaciones, cambios de opinión y, como en cualquier análisis FODA, fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas respecto a cualquier proyecto político, grupal o individual.

En manos de las empresas son igualmente importantes porque, bien hechas, ofrecen valiosa información sobre consumidores, segmentos específicos de mercado, precios, preferencias y otras variables económicas, políticas, sociales, psicosociales y culturales que resultan muchas veces imprescindibles para la toma de decisiones empresariales. También son importantes para la población en la medida en que con su ayuda puede hacer valer su voz, sus prioridades, rechazos y predilecciones, además de que facilitan a cada individuo comparar su escala de convicciones, creencias o percepciones con lo que piensa la mayoría, y hacer los ajustes de lugar, si fuera el caso.

Las empresas encuestadoras que no siguen metodologías científicamente rigurosas, que no adoptan una conducta transparente, discreta, imparcial y de alta objetividad en toda la amplitud temática seleccionada, que descuidan la estructura lógica e inteligencia de los cuestionarios, la formulación comprensible y certera de las preguntas, que cometan errores graves en la selección de la muestra representativa y determinación de su tamaño probabilísticamente correcto, terminan ofreciendo pronósticos erróneos, muy distantes de los resultados reales, que afectan, no solo la imagen de la firma en cuestión, sino la confianza que las empresas, los partidos y la gente tiene en este reconocido instrumento operativo de las democracias como especie de guía orientadora y rectificadora de conductas, decisiones, planes, tácticas y estrategias.

Las encuestas en República Dominicana

Si bien las encuestas se han utilizado durante casi cuatro siglos en diferentes partes del mundo, en República Dominicana aparecen recientemente, hacia finales de los años ochenta del siglo pasado. Desde entonces, en muchas ocasiones, han sido efectivamente deslustradas por el interés partidario. Si bien en muchos casos no hay que ser un experto para darse cuenta de resultados amañados, el hecho invariable es que, en nuestro país, los que están en franca desventaja o cuentan con un apoyo insuficiente de los electores, comúnmente adoptan una actitud muy hostil frente a las encuestas, desacreditando de diversas maneras su poder predictivo.

Hoy, como muchas veces en el pasado reciente, las encuestas son buenas para los eventuales ganadores y muy malas para los evidentes perdedores. En muchos países, y el nuestro no es una excepción, se han llegado a plantear las llamadas “guerra de encuestas”: una especie de mercado de compra-venta de firmas encuestadoras. En estos casos, la empresa debe subordinarse a las directrices del mando político que compra sus servicios y hacer los ajustes de lugar para exponer los que sus clientes quieren ver. Una de las tretas más comunes consiste en presentar unos primeros resultados muy bajos; luego otros donde el partido dado aparece en franca recuperación y, finalmente, otros más en los se deja entrever “casi” un empate.

En este caso, se trata de manipular la mente de los electores y confundirlos maliciosamente, apostando a lograr su inclinación a favor del candidato “en imparable proceso de crecimiento”. Un ejemplo reciente de este tipo, lo es el PRM. Este partido, de manera sospechosa, declara no creer en firmas encuestadoras probadas en muchos países y, al mismo tiempo, no duda en pagar la publicación y difusión de otras -de dudoso linaje en términos de antecedentes predictivos- que, obviamente, colocan a esa representatividad caricaturesca de la modernidad en una clara y asombrosa línea ascendente de los favores electorales.

Por ejemplo, una de las firmas de su mayor simpatía es la de Alfonso, Cabrera y Asociados. Esa empresa afirmaba categóricamente a comienzos de noviembre del año pasado que “en los siete meses que restan para las elecciones de mayo 2016, Danilo Medina perderá 9 puntos porcentuales (8.6) y terminará con una votación de 47.9%, mientras que Luis Abinader ganará 13 puntos porcentuales (13.1) para terminar en 48.0%”.

Diciendo lo que sus contratantes quieren oír, sobre todo con el fin de mantener el apoyo financiero de empresas y personalidades, esta entidad promete al candidato Abinader 50.1% de los votos emitidos en la segunda vuelta, seguido muy de cerca por el PLD con 49.9%.

La realidad no puede cambiarse con manipulaciones

Sucede que Luis Abinader tiene muy mala suerte con la mayoría de las encuestadoras que participan en el mercado dominicano. Todas ellas indican claramente que no habrá soñada segunda vuelta, reafirmándose, hasta la última Gallup, una tendencia totalmente contraria a la esperada por Alfonso, Cabrera y Asociados: Danilo Medina y los aliados del PLD siguen ganando terreno en las preferencias de los electores y el hombre de las promesas en exceso sigue perdiendo puntos.

Tenemos otra actitud frente a las encuestas. Partiendo de que la realidad electoral solo puede cambiarse interpretándola correctamente y asimilando las lecciones que se desprenden de sus números, los estrategas del PLD ordenan la realización de encuestas “para consumo propio”. Así, el PLD compara los resultados de las firmas encuestadoras serias con los de sus sondeos rutinarios y dedican horas al análisis de los resultados para modificar o introducir mejoras a sus estrategias.

El PLD acepta los resultados de empresas encuestadoras responsables, de reputación e imagen impolutas, y desmiente categóricamente o simplemente ignora las encuestas compradas descaradamente, al percatarse, partiendo de sus propios sondeos, que no soportan el más condescendiente escrutinio de sus interioridades lógicas. Con todo, la realidad es que, según sondeos realizados en la región, menos de un 8% de los electores “se deja llevar de las encuestas”. Por tanto, si una encuesta de preferencias electorales responsable señala a un candidato con una ventaja insuperable, es porque la realidad electoral investigada no puede enviar señales diferentes.
Los perdedores dicen que la “verdadera encuesta será celebrada el 15 de mayo”, día las elecciones en República Dominicana. Si analizaran a profundidad los resultados de las últimas encuestas e introdujeran a partir de ello los correctivos de lugar en sus discursos y movimientos ofensivos y defensivos, no estaría mal esperar ese día. Sin embargo, esta gente no aprende nada de lo que están diciendo los tres últimos grandes sondeos de opinión con una claridad meridiana: el PLD tiene una muy holgada e insuperable supremacía y sigue ganando más y más puntos.

Ahora bien, una cosa es desconocer absolutamente los resultados desfavorables y no hacer enmiendas y mejoras al marco estratégico electoral, que es la posición del “fundamentalista” anti-encuestas, y otra es pasar de la actividad febril de las hormigas a la inactividad del perezoso jactancioso, cuando se tienen resultados a favor. Esto último puede ser catastrófico y es lo que desearían los opositores del partido en ventaja. No es precisamente el caso del PLD: la formidable maquinaria electoral del Partido de Bosch no ha dejado de moverse e inteligentemente ataca con todas sus fuerzas aquellos puntos que precisamente las encuestas señalan como espacios electorales en los que todavía existen oportunidades de avanzar mucho.

Terminamos con el comienzo de este artículo: las encuestas nos pueden enseñar a perder bien cuando no podemos ganar. Poner una mayor atención a las encuestas es una buena forma de empezar… ¡el cambio ahora!

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