Opinión

Dos liderazgos inteligentes

Max Weber, uno de los más grandes cientistas sociales de origen alemán decía “que la política debe hacerse con la cabeza y no con otra parte del cuerpo”. El concepto weberiano de desencantamiento o “racionalización” del mundo, no es otra cosa que el intento de neutralizar el mundo oscuro de las emociones. Y la política tiene, como todas las actividades humanas, un alto componente emocional que en ocasiones puede degenerar en pasión que no controlada adecuadamente se convierte en irracionalidad.

Y no es que la actividad política debe estar exenta de pasión; todo lo contrario, tiene que contener un componente de pasión, que es obviamente lo que contribuye a que los líderes conecten con las masas. Los líderes deben y tienen que motivar sus seguidores, y eso solo se logra con propuestas motivadoras que despierten esperanzas, expectativas y hasta pasiones. Sin embargo, un líder que confunde la pasión con la realidad y se deja arrastrar por la emotividad está condenado a fracasar él y el colectivo que lo sigue.

De manera pues, que en el líder político exitoso la inteligencia emocional, combinada con la inteligencia social, son indefectiblemente condiciones sine qua non para que sus emprendimientos resulten triunfadores.

La historia democrática de nuestro país ha estado plagada de ejemplos del accionar político cotidiano, que le dan al proceso político dominicano una singularidad casi única en el contexto latinoamericano.

Desde la fundación de la República, siempre se han dado luchas fratricidas entre líderes de una misma formación política. Comenzó con la independencia; Santana el conservador, produce el aniquilamiento de los liberales comenzando con el extrañamiento del país del principal inspirador del movimiento separatista, Juan Pablo Duarte. Luego la lucha entre el grupo conservador encabezado por Báez y Santana; y a partir de ahí, se vuelve un fenómeno recurrente de la vida política nacional. Para el siglo XX el fenómeno se profundiza con la excepción del fatídico paréntesis de la instauración de la dictadura de Trujillo, que es hija legitima de toda esa arritmia histórica que estuvo matizada por la falta de una clase política que contara con la capacidad y visión de sacarnos como país del atraso.

La permanencia de Trujillo en el poder produjo estabilidad a base de sangre y fuego, convirtiéndose en un periodo negro de nuestra historia, que sin embargo dio al traste con la organización del Estado Dominicano.

Sin embargo, luego del decapitamiento de la tiranía, siguió expresándose en los partidos políticos de la época el mismo síndrome de la lucha fratricida por los liderazgos internos, desembocando estas luchas en divisiones y fraccionamientos.

El Partido Revolucionario Dominicano (PRD), fundado por el Profesor Juan Bosch, que estuvo a la vanguardia de la lucha anti trujillista, sufrió su primera división en el exilio por diferencias que no supieron manejar en su momento sus dos líderes más importantes, Juan Bosch y Juan Isidro Jiménez.

El PRD regresa al país y su líder, Juan Bosch, gana abrumadoramente las elecciones, y siete meses después es derrocado. Años después surgen las luchas internas y Bosch decide abandonar el PRD para fundar el Partido de la Liberación Dominicana (PLD). En el PRD sigue la lucha ciega y fratricida por el liderazgo, haciéndose un hecho casi recurrente las divisiones internas del que era el principal partido político del país. Este fenómeno se iba replicando de manera casi idéntica en todos los demás partidos, fueran de izquierda o de derecha.

No obstante el resquebrajamiento interno de los partidos políticos y la crisis que acusa el sistema de partidos políticos del país, el sistema democrático sigue en pie en nuestro país, muy a pesar de las dificultades.

El PLD después de la salida del escenario del Profesor Juan Bosch, ha logrado sortear con éxito, hasta ahora, la desgracia histórica que ha signado a los partidos políticos en la República cuando coexiste más de un líder.

Leonel y Danilo son los líderes indiscutibles del PLD. Del manejo inteligente de ellos dos dependerá en gran medida que nuestro Partido siga siendo la fuerza política hegemónica por varias décadas para bien del país.

No pueden bajo ninguna circunstancia dejarse arrastrar por las pasiones, muchas veces bajas, de sus seguidores, o seguidores coyunturales, porque en definitiva las gentes son “ellistas”; es decir, no son en el fondo ni Leonelistas ni Danilistas, son de ellos.

La inteligencia política consiste más en comprender, que en saber; y tanto Leonel como Danilo son excelentes comprendedores, y ellos están absolutamente convencidos de que en este momento histórico que nos ha tocado vivir, al PLD solo lo derrota el PLD; y que eso solo es posible si no hay unidad en la diversidad.

La contingencia es la sombra inevitable de la política, y siempre deberá ser nuestra regla de oro, insisto, la unidad por encima de todo interés particular o de grupo.

En el PLD, por fortuna, tenemos la suerte de que tanto a Leonel como a Danilo le sobran de las dos inteligencias. Están ambos dotados de inteligencia emocional e inteligencia social.

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