Opinión

De la Casa Blanca a Bengasi: EE.UU. bajo fuego

Todas las potencias mundiales se ven inmersas en conflictos políticos que podrían, si no se les presta la debida atención, o no se manejan con cuidado, devenir en un conflicto militar del cual están supuestas a salir victoriosas dado los tamaños de sus presupuestos de defensa. Estos las proveen de grandes cantidades de tropas armadas con la mejor calidad que se puede conseguir.

A pesar de la superioridad sobre el papel se han encontrado con países de menor capacidad militar que les han hecho frente, y han triunfado, como es el caso de Vietnam contra EE. UU. o China y Afganistán contra la Unión Soviética. En otras ocasiones, esos David no han podido ser vencidos por Goliat pese al infructuoso empeño que han puesto en eso.

Los conflictos bélicos pueden durar años para finalizarse, con acuerdos de las partes enfrentadas, como lo han hecho Cuba y EE.UU. Pero el diferendo Palestino-Israelí no tiene visos de terminar, acumulando miles de víctimas, daños a las infraestructuras y sufrimiento sicológico, tanto de los palestinos como de los israelíes, pues la solución es la negociación ya que la vía militar ha fracasado.

EE.UU. arrastra desde los años 50, en los que se vio envuelta en una complicada guerra en la península de Corea, unas poco amistosas relaciones con Corea del Norte. En el caso de Libia, su intervención dio como resultado la caída del gobierno de Muammar Gadafi, la ingobernabilidad de ese país, y la posterior inundación de Europa por miles de refugiados.

La aproximación del cine a esos conflictos bélicos ha producido una gran cantidad de películas que los han abordado desde múltiples puntos de vista, tantos como directores hay. El caso coreano nos acerca a Olimpus Has Fallen, y el de Libia a 13 Horas: Los Soldados Secretos de Bengasi.

Ataque a la Casa Blanca (Olimpus Has Fallen – 2013), fue dirigida por Antoine Fuqua. Se centra en la captura de la Casa Blanca por un grupo de coreanos del norte y los denodados esfuerzos del agente del servicio secreto Mike Banning (Gerald Butler), por detenerlos, rescatando al presidente y a los otros altos cargos que Kang Yeosak (Rick Yune), retiene por la fuerza. Con el presidente en posesión de los terroristas toca al vocero Allan Trumbull (Morgan Freeman), liderar la resistencia y buscar la forma de rescatar al presidente y desmontar la amenaza de convertirá Estados Unidos en un páramo detonando todas sus armas nucleares.

¿Pero es posible que se dé un fallo de seguridad tan grande que permita a un grupo de terroristas penetren la seguridad de uno de los lugares más poderosos del planeta? En la realidad sería difícil, pero como ejercicio de ficción podría pasar la prueba en inicio si el engaño no fuera doble, a los servicios secretos norteamericanos y a la inteligencia surcoreana.

El buen desempeño rítmico de la película de Fuqua y su homenaje a la adrenalina aventurera es un punto a favor del filme y algo no tan común en la mayoría de las obras del mismo estilo. A pesar de la sobrecarga de escenas de acción y destrucción, el interés en la trama no decae nunca, por la buena combinación de ambos elementos.

El agente Manning (Gerald Butler), en un alarde testosterónico de largas dimensiones, se apropia literalmente del film y lo lleva sobre sus hombros, descargando todas las energías sobre los enemigos del “american way of life” que Kang personifica de manera realista.

Si dejamos el aprobado a la parte divertimento y seguimos la pista hasta los apartados políticos e ideológicos, está claro que nos encontramos ante un producto para la mayor gloria de los valores más tradicionales y obvios de la potencia norteamericana. Reforzando la idea de una superioridad que cada vez más elude los terrenos de la realidad para caer en la publicidad vacía.

Presentar la venganza personal como motivación para tomar acción contra los enemigos de Corea del Norte por parte de Kang, es sustraer elementos fundamentales de la rivalidad política e ideológica entre estas dos naciones. Pero seguramente el Sr. Fuqua no ha hecho esto por ignorancia sino por convicción.

En 13 Horas: Los Soldados Secretos de Bengasi (The Secrets Soldiers of Benghazi – 2016), el incombustible Michael Bay describe el ataque de un grupo de militantes islámicos al complejo que alojaba al embajador Christopher Stevens un 11 de septiembre del 2012. El saldo fue la muerte de este y de tres ciudadanos norteamericanos más. Es una adaptación del libro 13 Horas de Mitchell Zuckoff.

Los oscuros sucesos de la ciudad libia aún salpican a la política norteamericana en la persona de la entonces Secretaria de Estado Hillary Clinton, hoy precandidata a la presidencia de EE. UU., por el Partido Demócrata. La Sra. Clinton nunca ha explicado de manera satisfactoria la presencia de un embajador de su país en una zona con ese nivel de peligrosidad y con tan poca protección.

El equipo de seguridad liderado por Tyrone Woods (James Badge Dale), y que contaba con Jack Da Silva (John Krasinski), entre otros, era el encargado de proteger una estación de la CIA en la ciudad libia. Si el jefe (David Costabile), le hubiese hecho caso a Woods, enviando el equipo a la residencia del Embajador Stevens (Matt Letscher), la tragedia podría haberse evitado.

Lo cierto es que las muertes de esos funcionarios fueron producto de una burocracia ineficiente, que no supo o no quiso, dar respuesta a los requerimientos de ayuda y que probablemente se vieron desbordados por el caos que ellos mismos crearon al derrocar a Gadafi, decisión en la que tiene mucha responsabilidad la Sra. Clinton.

Si la dirección de la película se hubiera encomendado a un director con más luces, y no al tecnópata de Bay, podría haber sido posible que tuviésemos un film que sacase más provecho a esos hechos violentos, y quizás contextualizando mejor la acción, además de dotar de alguna profundidad sicológica a los personajes que están más planos que una novela de Telemundo.

En 13 Horas acudimos a una enorme cantidad de acción en forma de interminables tiroteos, con diálogos propios de estudiantes de secundaria, sin aportar la necesaria información, como nos explica cualquier manual de guión. Es lo que conseguimos cuando le entregamos un texto fílmico a cualquier hacedor de éxitos.

“Quien que siembra vientos cosecha tempestades”, y es lo que ha conseguido occidente al derrocar a Gadafi y transformar Libia en un caos, exportador neto de migrantes que llenan el mediterráneo de cadáveres. Este país es hoy un polvorín ingobernable, regido por “señores de la guerra”, pasto de todos los grupos radicales, incluyendo al Daesh o Estado Islámico.

En Ataque a la Casa Blanca y en 13 Horas: Los Soldados Secretos de Bengasi, se pueden apreciar las costuras del pensamiento político norteamericano, y una panorámica del cine como mecanismo publicitario de esos valores e instrumento de diversionismo ideológico.

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