Todo aquel que haya tenido la grata experiencia de analizar la economía de un país en vía de desarrollo y un país desarrollado, necesariamente habrá observado que los indicadores macroeconómicos entre ambos expresan una marcada diferencia entre su nivel de vida, el patrón de crecimiento económico y los indicadores sociales. Por igual, si han logrado viajar a ambos países también se puede percatar en la realidad esa diferencia y características que los mismos exhiben a nivel sectorial y tecnológico.
Un elemento que atrae a un analista económico, al observar los indicadores socioeconómico son los problemas de insuficiencia alimentaria, alojamiento y atención sanitaria que padecen los ciudadanos más pobres de los países desarrollados, que al compararlo con los países en vía de desarrollo, arroja la situación media por que la atraviesan los ciudadanos de estos últimos. Si buscamos una explicación desde un enfoque macroeconómico, la diferencia entre estos dos tipos de países, puede sintetizarse afirmando que los países desarrollados han experimentado en algún momento de su historia prolongados periodos de crecimiento económico rápido y sostenido, en tanto, los países en vía de desarrollo rara vez han experimentado un crecimiento económico duradero o han atravesado periodos de crecimiento de recesión económica fuerte y repetitiva, lo que explica en una alta proporción la inestabilidad política y económica con cierta frecuencia en dichos países.
Es bajo ese enfoque que se destaca el hecho de que durante las dos últimas décadas, 1996-2016, en la República Dominicana se ha establecido como una de las economías de más rápido crecimiento en la región de América Latina, con una impresionante tasa de crecimiento promedio del PIB real del 5.4% , hasta el 2014, lo cual mantendrá el un ritmo de crecimiento de su economía y con mayor rapidez en la región, ya que entre el 2015-2016, el PIB se sitúa en un 6.5%, en promedio. Este crecimiento tiene su fuente en la expansión experimentado por la construcción, la industria manufacturera, el comercio, el sector financiero, las telecomunicaciones y el turismo, modificando el aporte sectorial del PIB de manera sustanciosa.
Por igual, desde el punto de vista de la demanda, hay que destacar que el consumo privado ha sido en los últimos aaños muy dinámico, fruto de preservar una inflación por debajo de de los dos dígitos, lo que ha sido terminante en la estabilidad macroeconómica y la creación de empleo. En ese periodo de los últimos 20 años, al PLD le ha correspondido dirigir 16 de ellos y 12 de manera consecutivas, al finalizar el actual periodo de gobierno, los cuales han sido acompañados de un fuerte crecimiento con estabilidad macroeconómica, lo que encuentra su origen a partir de 1996, con la llegada al poder del PLD, que impulsó un paquete de reformas estructurales que reorientaron la economía dominicana hacia una mayor competitividad e inserción en los mercados internacionales.
Esas reformas introducidas, y que exhibían resultados tangibles en su fase de implementación, fueron arrinconadas e interrumpidas brutalmente, durante el periodo 2000-2004, al ejecutarse una política económica diametralmente amigables a esas reformas, lo cual generaron fuertes cambios que impactaron en la economía dominicana mediante una pronunciada desaceleración de la oferta exportable del país, como resultados de la gestación de una crisis cambiaria la cual impulso una crisis bancaria descomunal en el país, arrastrando hacia la quiebra a tres grupos financieros de los más grandes, la cual destrozo a la economía al significar esto un 20% del PIB, por el inapropiado manejo del rescate de esas entidades, situación nunca vista en la economía dominicana.
Los efectos de esas crisis, fue de tal magnitud que hizo colapsar sectores completos de la economía, cuyos resultados fue empujar a la pobreza entre un 12 y 15% de la población que pasó de ser pobre a muy pobre o indigente, lo que en la realidad significó alrededor de 2 millones de personas. Tal situación provocó un incremento en los niveles de pobreza de 32 por ciento en 2000 a casi el 50% 2004, fruto de la crisis financiera y económica de 2003, en adición, el déficit fiscal alcanzó la respetable suma de RD$125.000 millones y un deterioro en el tipo de 300% en el 2003, colocando a la moneda nacional en una devaluación desconocida en toda su historia, lo cual impulso una desconfianza de tal suerte que se produjo la más significativa fuga de más de 1.500 millones de dólares y una y una inflación acumulada de 55%, los cuales impactaron en una contracción del PIB de un -1.3%.
El retorno del PLD al gobierno, a partir del 2004, abrió la esperanza en la población de superar la inestabilidad económica y el malestar en que había caído, así como la reactivación de los diferentes sectores de la economía, situación que se logra con una sostenida disminución gradual de los niveles de pobreza hasta situarse en un 39%, en el 2010 y de 41%, al 2015, fruto de ejecutar una política económica responsable. Ya en el 2005 la economía dominicana alcanza su recuperación total fruto de la confianza generada y la reorientación de la misma, lo cual explica la plataforma en que se ha sustentado durante el periodo 2006-2016, cuya consolidación se alcanzó en el año 2010 cuando el PIB creció de manera holgada a un ritmo de 7.8%, lo que establecía un patrón de crecimiento del PIB fruto de que todas las actividades económicas exhibieron un dinamismo positivo, lo que se ha mantenido ya que la economía dominicana no ha dejado de crecer, aunque en el último cuatrienio ha sufrido fluctuaciones como resultado de tener un entorno internacional volátil que ha generado políticas cambiante en materia económica.
Esa realidad irrefutable, pone en evidencia que sobre el PLD recae la responsabilidad de preservar y promover la estabilidad macroeconómica, pero a su vez, en el plano social le asiste el compromiso de desmontar los niveles de pobreza estructurales prevaleciente y en el plano político tiene la obligación de evitar que colapse el sistema de partido político, dado el deterioro en que han caído. Sin lugar a dudas, esto sugiere que el PLD concentre sus energías a lo interno promoviendo la armonía, el equilibrio, la cohabitación y la fortaleza orgánica y funcional, lo cual es una tarea sin tregua de todos.