Opinión

Todd Haynes, el cineasta del Glam Rock y el Folk

La fusión o entrecruce del cine con los diferentes géneros musicales se salda con un conjunto de obras cuya calidad y expresividad están más allá de toda discusión. Esto se debe a que cuando las narrativas cinematográficas y musicales logran la unicidad en virtud de una simbiosis total, el producto final alcanza altas cotas de aprobación entre la audiencia y los analistas.

Evidentemente, estamos hablando de aquellas obras que toman como base la cultura popular, fuente de todos los aciertos artísticos y carente de cualquier responsabilidad estética, especialmente cuando no se le toma en cuenta o se le usa como excusa para vender los subproductos mercadológicos que engrosan las cuentas bancarias de gente sin alma, pero con muchas habilidades financieras.

El rock, como hijo no muy bien visto de la música, desde sus inicios comparte ese desdén con el mismo cine. Ambos han sido objeto de críticas basadas en muchos casos en el desconocimiento y en los prejuicios. La novedad trae choques con lo establecido y la juventud con sus inquietas formas de entretenerse no repara en fronteras ni respeta obstáculos a la hora de imponer criterios en el uso de sus momentos de ocio.

Se asocian los ritmos que disfruta la juventud con el desenfreno sexual, absolutizando lo que es una mera forma de diversión para darle categoría de exceso. Y así lo ha sido por los siglos de los siglos hasta nuestros días, pues parece que la demonización de las cosas no se extinguió en la Edad Media. El hecho de que ya no se lleve a la gente a la hoguera por la música que escuchan es cierto, pero el sello que se les sigue colocando es una condena social.

El cine ahonda en la investigación del surgimiento de los ritmos, agregándole a estos la narrativa visual contenida en las melodías y letras de las canciones. Las buenas canciones, debe decirse, están llenas de imágenes que las películas acogen gustosamente, pues las historias que narran esas letras no difieren de las descritas en los guiones.

Como director, el californiano Todd Haynes ha tenido el acierto de dirigir algunas de las películas que por su simbiosis son el mayor ejemplo de cómo pueden trabajarse las obras de origen musical, transponiendo sus ambientes a las pantallas de cine. La glamorosa “Velvet Goldmine” y la atípica “I´m Not There”, son filmes que recibieron una desigual acogida, pero sin dejar a nadie indiferente.

Velvet Goldmine

Velvet Goldmine (1998), describe la historia de Arthur Stuart (Christian Bale), que investiga sobre el cantante de glam rock Brian Slade (Jonathan Rhys-Meyer), misteriosamente asesinado en un concierto. Y aunque después Stuart se da cuenta de que todo fue un montaje, esto, lejos de despertar interés, descarrila su carrera hasta volverla insignificante y desaparecerla. Este fantástico relato fílmico está inspirado, muy obviamente, en David Bowie, Lou Reed e Iggy Pop.

Como no podía ser de otra forma, la película cuenta con una banda sonora de gran calidad, con canciones clásicas de ese estilo, como son Bitter Sweet, versionada por Roxy Music, o Satellite of Love, original de Lou Reed, entre otras, además de las compuestas especialmente para el filme como Velvet Spacetime, interpretada por Carter Burwell. La coordinación de esta parte recayó en Michael Stipe, líder del grupo REM.

Haynes articula el filme como una investigación de la carrera de Slade, y de ahí que el periodista Stuart se dedique a rastrear a las personas que fueron parte del círculo de vida del cantante, como lo fueron su ex esposa, su manager, sus colaboradores en los discos, y otros. El mosaico de opiniones y datos ponen al reportero ante la descripción de un ser tan complejo y cambiante como una imagen reflejada en el agua.

El cineasta pasea su lente por el mundo fastuoso del glam rock con sus plumas, lentejuelas y la figura emblemática de David Bowie. El tamiz intelectual de Haynes se enfoca en las tensiones y los conflictos sexuales de Stuart (Christian Bale), lo que convierten a Velvet Goldmine en un relato de los 70s y de una música, el glam, en un filme tan amanerado como Oscar Wilde y tan adecuado a la atmósfera de una era y una visión del mundo.

Lo que hace interesante a esta película es su estética inconexa, pareciendo un largo videoclip por lo difuso de los recuerdos de los personajes y los conciertos falsos. Todo esto trasmuta las influencias de una historia inspirada en Bowie, convirtiéndola en una icónica revisión de este género musical y de sus antecedentes. La actitud despreocupada, el recargo ornamental o su ambigüedad existencial, la convierten en estos días en una obra de culto.

I´m Not There

En I´m Not There (2007), el iconoclasta Haynes eligió inspirarse en uno de su propia clase y por supuesto más grande que él: Bob Dylan. El trovador urbano con raíces campesinas era eso, un Dios olímpico que un día decidió bajarse de los cielos de la adulación y recomenzar a ras de suelo, ganándose el desprecio de sus antiguos adoradores.

El director definía este filme como una “obra musical fácil, sin pretensiones y sagaz”. Para ello, se auxilia de un grupo de actores que interpretan al Dylan de cada época. Arthur, Woody, Jack Robbie, Jude, Pastor John y Billy, son interpretados por Ben Wishaw, Marcus Carl Franklin, Christian Bale, Heath Ledger, Cate Blanchett y Richard Gere.

Todos estos personajes representan cada uno de los pasajes de la vida de Dylan, sean como reflejo de sus pensamientos o posiciones, sean como las influencias sufridas. Y si bien no estamos delante de una película redonda por sus altibajos, sí tenemos que agradecer la osadía de Haynes, arriesgándose con este personaje sin perecer en el intento.

“Yo no elijo lo que canto, lo que yo canto me elige a mí”, es una de las muchas frases que se oyen en la película. Y lo mismo podría decir Todd Haynes en relación al cine y a esta obra fílmica, que no logra convencer a las audiencias ni a los críticos por su hechura no convencional, su estructura narrativa de episodios, o la elección de múltiples actores para un solo personaje.

Bob el poeta, el profeta, el cristiano, el héroe y el mártir del rock n roll, no caben en el universo actoral de un solo individuo, si seguimos la lógica discursiva del realizador tratando de comprimir en 2 horas y 15 minutos 50 años de carrera de este trovador, cuya genialidad fue ir a contracorriente y apearse de la fama cuando esta trataba de tragárselo.

Está visto que los mitos son difíciles de atrapar en una definición o ser encerrados en otra obra artística que no sea la suya. Haynes se la juega y construye un filme que no pretende etiquetar al artista. Nada más lejos, aquí estamos delante de una propuesta de aproximación a todos los Bob Dylan contenidos en el caparazón de un pequeño hombre de Duluth, Minnesota.

La aproximación de Todd Haynes al mundo de la música desde una perspectiva cinematográfica, se salda con dos obras como Velvet Goldmine y I´m Not There, las cuales, inspirándose en personajes particulares como David Bowie o Bob Dylan, entre otros, logran recrear los universos del glam rock y del folk, dotándolos de una atmosfera muy cercana al espíritu de esos géneros.

El maridaje de la narrativa fílmica con la armonía y los textos de las canciones, pone en contacto a dos artes populares cuya cercanía viene dictada por sus orígenes y su aproximación indica las sociedades de donde salieron. Con estas películas, el realizador divulga, pero a la vez crea obras de gran plasticidad musical.

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