Humberto Almonte
La literatura y muchas de sus obras son la fuente nutricia de innumerables obras cinematográficas cuyas metáforas son transferidas a la pantalla, transformando esas descripciones literarias en guiones y más tarde en imágenes que dotan de movimiento a las palabras escritas en alguna novela o cuento.
El éxito les sonríe a aquellos, que haciendo honor al lema de los traductores, traicionan la forma para serles fiel al contenido, pues más de uno se ha ido de bruces al transferir tal cual un texto literario en un filme o perderse en el bosque de la narrativa cinematográfica. Si los diálogos, la acción y el dibujo de los hechos pueden alargarse en una novela, en el cine eso está contraindicado y se convierte en una receta para desastre.
La cercanía entre el cine y el cuento viene de sus objetivos comunes que son narrar los hechos haciendo avanzar la acción sin detenerse mucho, como la flecha que se dirige al blanco con sus finales inapelables y sorprendentes que nos dejan mudos y pensativos.
El filme Flor de Azúcar se inspira en el cuento de Juan Bosch La Nochebuena de Encarnación Mendoza, situado en 1948-1949. Describe la vida en los cañaverales de dos familias campesinas, una dominicana y otra haitiana, en los tiempos de la dictadura trujillista. El protagonista Samuel, ha matado accidentalmente a un militar que lo ofendió y tiene que huir, alejándose de su familia y empezando otra vida en una pequeña isla de pescadores. Al querer regresar en Nochebuena a reunirse con su familia original, la tragedia se desata.
Las elecciones creativas como las que hace el director Fernando Báez pueden ser criticadas a posteriori, pero como artista se escoge una vía para contar una historia, y esto es lo que ha hecho el director, estemos o no de acuerdo con él. La suerte del filme está echada, como creador usted elige las formas.
Iniciar la película con el final del cuento me parece un acierto pues pone al espectador a interesarse en las causas, permitiendo que la historia discurra por el camino del descubrimiento de los “porqués” en vez de enfocarse en los “cómo”. Es un riesgo, pues si le quitas ese elemento, debes esforzarte en no dejar caer la narración, soltando una que otra pista a lo largo del metraje.
Flor de Azúcar deja el punto de partida del cuento y se bifurca en las dificultades de las dos familias, la dominicana y la haitiana. Una apuesta que no queda del todo bien, ya que ese paralelismo va dejando atrás a la familia haitiana, y como consecuencia su historia se va diluyendo en la construcción general de un filme que nos proponía dos tragedias de igual peso.
Las desventuras de Samuel Mendoza (Héctor Aníbal) y su enfrentamiento indirecto a la estructura del poder militar de la dictadura trujillista, se difuminan igualmente por la inclusión del aspecto religioso y por la aparición de otro interés sentimental que tampoco llega a cuajar del todo. Se queda inconclusa y no por falta de tiempo para desarrollar esta parte.
Es destacable la actuación de Julieta Herrera en el papel Sasa , la esposa en la familia haitiana , ya que maneja con un buen desempeño el creol y su personaje está dotado de las características necesarias para desarrollar acciones, diálogos y situaciones que logran transmitir al espectador las dificultades que padece, provocando un nivel de identificación del público con su personaje.
La sorpresa es el nivel de frescura de Akuharella Mercedes en el rol de Aquarela, hija de Samuel. Esta jovencísima actriz se desenvuelve con una soltura y un nivel de expresividad que ya quisieran muchos actores a su edad. Y no es nada fácil su papel pues ella es el desencadenante de la tragedia final al poner en aviso a los guardias del hallazgo de un cadáver en los cañaverales.
Ni el cuento de Bosch, ni el mismo Don Juan en su pensamiento político, asumen el discurso religioso de Flor de Azúcar, ni mucho menos las posiciones expresadas sobre los haitianos o su vida en nuestro país. Bosch fue muy firme, tanto en sus posiciones en defensa de nuestros intereses frente al gobierno haitiano, como en la claridad de sus análisis sobre la sociedad del vecino país.
El diálogo que mantienen Tavito (Omar Ramírez) y Víctor Checo sobre el tema haitiano es un catálogo de opiniones conservadoras, vistas no desde la época en que se desenvuelve la película, sino que más bien parecen expresiones de nuestros días al calor de unas discusiones y un trasfondo que se inspiran en hechos actuales, pues se hace alusión a circunstancias que no se discutían de esa forma por estos lados en ese entonces.
No estamos planteando que el realizador y guionista estuviera equivocado al darle ese tono al filme o que se abstuviera de tratar esos temas. Esas son decisiones estéticas e ideológicas que no pueden ser discutidas. Lo que creemos es que esos diálogos y esas posiciones pudieron haberse elaborado de manera más orgánica.
Acierta Fernando Báez en Flor de Azúcar al entregarle la dirección de fotografía al maestro Claudio Chea, pues la precisión técnica, el ojo omnisciente y su experiencia, son de los puntos más altos de esta película. La elección de los encuadres y esos movimientos felinos de la cámara, no pudieron estar en mejores manos que en las del Chino Chea, como se le llama con cariño y respeto.
Y qué decir de la banda sonora compuesta por Pedro Eustache bajo la dirección musical de Pedro Pagán, la cual coloca los acentos musicales en los momentos precisos para entrelazarse con las imágenes en una sinfonía tropical de colores. Eustache hace honor a su larga y prestigiosa carrera, encontrando las melodías a tono con la realidad de un país en medio de una dictadura.
Mucha atención debemos ponerle a Rosaly Acosta, pues ya veníamos dándole seguimiento a su trabajo. Ella contrapuntea la edición a un ritmo que se nos antoja imperceptible pero sostenido, que es la marca de un buen editor. Los planos, ángulos y movimientos son articulados por Acosta junto a otros elementos fílmicos para redondear la historia.
A lo largo de los 115 minutos en los que se desarrolla Flor de Azúcar, articula un discurso de exaltación al elemento común, al pueblo llano que padeció la dictadura trujillista y que con sus actos de rebeldía cotidiana fue desmoronando las bases de 30 años de horror para recuperar su libertad.