Humberto Almonte
La industria del cine produce obras cuyos significados hablan de la vida, la muerte u otras profundidades de nuestra existencia cotidiana. Estas historias se apropian de problemas o vivencias que nos afectan o divierten para proponer una mirada muy particular y, desde un ángulo diferente, aportando la necesaria cuota de reflexión.
El otro escenario es la introducción de situaciones con la única intención de pasar un rato agradable, sin detenerse en las aristas complejas. Estos divertimentos intentan entretenernos, hacernos reír o captar los efluvios hedonistas del ser humano. Por lo tanto, sus derroteros son más sencillos.
Igualmente, se busca en ocasiones un determinado blanco de público, y hacia él se dirigen los guiños de algunas películas que elaboran su contenido tomando en cuenta segmentos específicos. A nadie le puede esto tomar de sorpresa ni alegar razones tan traídas por los pelos como las exclusiones sociales, o causas similares.
Dicho esto, a nadie puede sorprenderle la trayectoria de Loki 7, la nueva obra de Ernesto Alemany, que sigue los disparatados y frágiles planes de un grupo de casanovas del siglo XXI para hacerse con unas sumas estrafalarias de dinero, cosa que logran después de estar al borde de perder la vida, porque honras no tienen ninguna.
El caso es que eligen como contrincante para ser desplumado a un peligrosísimo capo ruso llamado Andrei, y cuando el plan se descarrila al perder una apuesta en una pelea tipo UFC, acuden a un mafioso del patio, Moncho, con unos gustos sexuales dudosos pero sin dejar lugar a dudas acerca de su peligrosidad y disponibilidad de fondos.
El riesgo de hacer una película coral es que alguna pieza del entramado actoral desafine, y en este, varios personajes y sus interpretantes lo hacen. Unos porque no entraron en las pieles y otros en el espíritu, quedándose a leguas de lo que contemplaba el guión.
Dentro de los que si funcionan relativamente está el artífice de la estafa, Isaac Saviñón (Panky), en el papel de Álvaro, pero se queda a una cierta distancia de completar una interpretación que hiciese más relevante su papel. Álvaro es el motor de la acción del grupito de estafadores novatos.
David Chocarro (Sebastián), pintor, artista y seductor, desarrolla con cierto estilo y gracia su paso por Loki 7. Si el personaje estuviese redondeado, nos hubiese impactado más favorablemente. Y creemos que será uno que podría caerle en gracia al público.
El resto de los personajes masculinos, como El Toro, Alex, Mario, Pietro o Dimitri, no llegan a cuajar por diversas razones. La interacción no benefició a todos por igual, y algunos fueron desplazados porque la lógica narrativa no les favoreció y no los dejó desarrollarse en tiempo o en espacio.
La parte femenina funciona como mera acompañante, en un filme donde la testosterona dictó las reglas y opacó a este grupo de mujeres. La más definida fue Ivanna (Natasha Yarovenko), la esposa del mafioso ruso, aunque mereció una mayor presencia.
Podría decirse que Manny Pérez ha logrado en Moncho, el mafioso cibaeño y gay, una de las mejores interpretaciones de su carrera. Cuando hace acto de presencia, Loki 7 avanza, nos divierte y captura totalmente nuestra atención, haciendo que todo gire en torno a él, adueñándose del filme.
Moncho es además de mafioso, un vividor, pues el dinero le viene de su esposa (Elvira Taveras). Posee la astucia y la ferocidad del macho cibaeño y cultiva el mal gusto contemporáneo dominicano en materia artística. Todo eso, aderezado con sus gustos sexuales, lo hacen un ser explosivo.
Manny Pérez dice sus diálogos con la gracia y el convencimiento que su personaje necesita, para darnos la mejor actuación masculina de este año, tanto así que pareciera que la película fue escrita para su lucimiento. Los parlamentos de Moncho destilan esa malicia campesina de la región norte y de un nuevo rico sin bagaje.
El otro mafioso de Loki lo es el parco y misterioso Andrei, quien lleva sus negocios con la misma fría maldad que alberga el perro siberiano que le salvo la vida. Uxío Lis refleja con verosimilitud al atormentado ruso que no logra deshelar su corazón ni con el quemante sol de Punta Cana. Es un hombre perseguido por su pasado y no confiará en nada ni en nadie, vistas las traiciones que ha sufrido, sobre todo la de su hermano. Uxío es el rostro y la figura perfecta para personificar al personaje del ruso, no dejando translucir afectos ni odios, tal cual la naturaleza del ser que representa.
Ernesto Alemany acogió la idea de Panky Saviñón y le dio forma en la región Este con dos orientaciones en mente; una es la del grupo de amigos que se divierten de manera irresponsable a costa de cualquier cosa, y la otra, el tono oscuro de los bajos fondos dominicanos en una región poblada de extranjeros de dudosa procedencia.
La película logra divertirnos, aunque no todo el tiempo, pues pese al buen guión de Miguel Yarull, tiene sus bajones de tono en ocasiones, y en otros, son los actores los que están bajos de revoluciones. Loki 7 se mueve entre el humor y el crimen.
Impresiona la destacable fotografía de Juan Carlos Franco, que dota al filme de unos coloridos contrastes y de una agilidad que tenemos que agradecer. Si en su anterior experiencia con Ernesto nos dejó un buen sabor de boca, en ésta su trabajo es fundamental para sostener el edificio estético.
Capítulo destacado es la música que oímos a lo largo y ancho de esta historia, ejemplo feliz de integración con la narrativa y los escenarios en que se desarrolla. Pocas veces se ha usado ese recurso por estos lados de manera tan inteligente.
Si bien LOKI 7 nos parece una película desigual, cuenta con grandes momentos a cargo de los dos mafiosos, Moncho y Andrei, quienes compensan las bajadas narrativas y actorales. Los divertimentos como este se agradecen, aunque nos queden a deber.