Opinión

Hillay y Trump: entre lo malo y lo truculento

La irrupción de Donald Trump y Bernie Sanders en el escenario electoral de los Estados Unidos, responde a un cambio de orientación en los electores, que de apoco, y en la medida que se profundizan las contradicciones entre el sector financiero y los que se dedican a la producción de bienes, van sintiendo el impacto de una economía cada vez más afianzada en la desigualdad que desestructura la cohesión de la sociedad y pone en riesgo hasta a la propia democracia.

Parecería una exageración afirmar que lo que para algunos es asunto de coyuntura, podría poner en riesgo el modelo de democracia occidental que se exporta, se vende y hasta se impone, por ser, de acuerdo a sus promotores, el sistema político más funcional, representativo, y por lo tanto, perfecto que haya existido en toda la historia de Humanidad; la que tiene como marco de gestión aquel poderoso país que surgió de las 13 colonias inglesas que devinieron en los Estados Unidos de América.

Pero el asunto es serio, y por ll tanto a tomar en cuenta a la hora de reflexionar respecto a una campaña electoral atípica, con actores que son la expresión de los movimientos en la economía y las alteraciones en el tejido de una sociedad en que los padres y los abuelos vivieron el llamado “sueño americano” que los hombres y mujeres de las presentes generaciones ven desmontarse en un marco de desconfianza generalizada en la que no se salva ninguna institución del Estado ni del sector privado.

Las desregulaciones, los incentivos al gran capital, el perfil regresivo del esquema fiscal, la creación de reglas para flexibilizar la regulación de la banca, los grandes rescates con el bolsillo de los pobres y la clase media para reponer las bolsas de una minoría que apenas rebasa el uno por ciento de la población, son elementos que van pulverizando la cohesión social y los cimientos mismos del sistema democrático, porque esos rescatados con su obscena acumulación de dinero, también acumula poder y de forma fáctica se convierte en el gobierno que no decidieron los electores con su voto en las urnas.

Este cuadro, que a decir del expresidente Jimmy Carter, ha llevado a los Estados Unidos a ser, más que una democracia, una oligarquía, se ha convertido en visible para los ciudadanos y ciudadanas que comienzan a cuestionar a los líderes que entienden responsables de la situación por la que atraviesa esa sociedad; una situación, que a decir de algunos analistas, la arrastra hacia una crisis de identidad, porque los valores tradicionales, afectados por la dinámica de Wall Street y la creación de riquezas intangibles, se invierten y cambian el comportamiento de la gente.

Sanders emerge en respuesta a este estado de descomposición sociopolítica. Es el rechazo al establecimiento, la esperanza para revertir lo que sufren las mayorías; Trump, es una reivindicación, retorcida, a la ilusión de volver a la grandeza. El primero no está. El establishment se lo llevó como pretende llevarse al potentado díscolo que le ha desafiado, un candidato tan malo que no encontraría par. Por otro lado, está Hillary Clinton, el alfil de los sectores gobernantes responsables del “desvencijamento” político, económico y social estadounidense que genera pobreza y amenaza la democracia.

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