Opinión

Verdad o Reto: Una Fábula de Amor y Muerte

Las fábulas son historias que se cuentan para entretener y sacar lecciones que ilustren a los oyentes o lectores en innumerables temas de la vida. En los linderos cinematográficos se adapta este estilo narrativo a la visualidad riesgosa del séptimo arte, cambiando la unicidad vocal de estos relatos por la multiplicidad interpretativa de los actores.

A primera vista parece una forma segura de aventurarse en el mundo de las imágenes en movimiento, teniendo como base un estilo conocido de narrar pues está encadenado al inconsciente colectivo, generación tras generación, y esas costumbres ancestrales incrustadas en lo profundo del homo espectador garantizan una primera conexión, atrapando nuestra atención.

El peligro latente es que, después de tener al público encadenado como en la Caverna de Platón, no le convenza el relato o el narrador varíe los códigos, desviándose de los caminos conocidos. Puede ser que no gusten las tonalidades vocales del contador, ni en este caso, el ritmo o la estética del cineasta que se ha embarcado en visualizar la fábula.

Suzette Reyes asume la dificultosa empresa de contar esta fábula de amor y muerte en los tiempos del cáncer, de la comida sana, del WhatsApp y otros demonios. Recalco lo de dificultoso, por la competencia existente entre los relatos de los diferentes medios comunicativos y artísticos, en una industria con tan poco andar como es la dominicana.

En su debut como directora, Suzette, acompañada de su productor y compañero de crímenes en la vida, Robert Lizardo, cuenta en Verdad o Reto, la historia de Aura y Gael en un drama romántico dificultado por el tumor cerebral de Aura, la oposición cerrada del padre de ella y los fantasmas traumáticos del pasado de Gael.

El reto de la construcción

Verdad o Reto camina con una cierta irregularidad en el ritmo y en la atmósfera en que se desenvuelve la historia, lo que no quiere decir que carezca de interés. La anécdota de la que parte la película tiene una base muy real, porque los conflictos humanos son la puerta de entrada a los espectadores, lo que pasa es que la narración tanto te atrapa como te suelta.

Aura es interpretada por Laura Giselle Reynoso, de la que se atisban destellos de talento, pero no llega a capturar la esencialidad de un papel que navega entre la ternura y la fortaleza de carácter. Sin embargo, en las escenas relativas a la pintura, Laura Giselle dota a Aura de una credibilidad que se ausenta en la parte romántica y de la enfermedad.

Christian Álvarez aprueba, dando vida a Gael, un mecánico, nadador y dibujante con una timidez producto de una terrible historia familiar en el pasado, lo que le hace manejarse como frenado, limitado y con cierto retraimiento. Álvarez discurre por la película apegado a un estilo minimalista, como lo dicta su papel, aunque pudo aportarle un poco más a Gael y convertir el “aprobado” en “sobresaliente”.

Manny Pérez resuelve con eficiencia el personaje del padre de Aura, autoritario, protector y de un claro talante machista, que actúa con criterios del pasado en una sociedad que ya no ve con buenos ojos esas actitudes sobreprotectoras. Casi lo mismo que a Christian se le dice a Manny, pues manejándose bien como lo hizo, pudo empujar el personaje hasta el límite sacando mayor expresividad y se lo hubiésemos agradecido.

La sorpresa aquí lo es Aquiles Correa, ejerciendo de mentor y protector de Gael, muy lejos de sus tradicionales papeles cómicos que le han dado tanta prensa. Aquí se contiene y lo contienen, es suyo el mérito tanto como de Suzette. Y aunque no puede uno dejar de reírse ante algunos diálogos y actitudes, lo cierto es que se manejó lejos de sus terrenos habituales.

Muy digno el desenvolvimiento de Adalgisa Pantaleón en el rol de abuela de Gael, pese a lo reducido y esquemático que le asignó el guion. El resto del elenco, a excepción de Francis Cruz que nos luce un poco acartonado, lo componen Juan Carlos Pichardo y Mario Peguero quienes hacen lo que deben, al igual que Rafael Decena en la última actuación de su vida, por lo que este filme se transforma en un homenaje a este distinguido actor desaparecido.

Verdades ilustradas

La fotografía de Alexander Viola oscila entre el paisajismo o la intimidad que demanda la historia y se agradece el uso realista de la luz criolla en una empatía muy adecuada al tono de la narración. Encuadra y mueve la cámara con un naturalismo que debería ser el norte estilístico de la fotografía en el cine dominicano.

El montaje de Robin Paredes mantiene un ritmo constante, acompañando a las imágenes y los diálogos hasta los créditos finales con una solvencia digna de la experiencia de este veterano de mil batallas. Paredes engarza plano tras plano con ese estilo fantasmal de los buenos editores, sin atraer la atención en demasía o buscando protagonismos egoístas.

Las animaciones e ilustraciones en Verdad o Reto son la joya de la corona de este filme, autoría del mismísimo Paredes quien acertadamente las usa como elementos, que aun fundiéndose con la narración la complementan, la hacen avanzar a la vez que van cerrando temas en una inteligente estrategia del uso del lenguaje cinematográfico.

El guion de Peter Hsieh pudo haber estado mucho más redondeado en la parte narrativa y en los diálogos, porque se sienten algunos altibajos que con un mayor trabajo de poda y corrección producirían un texto más compacto.

Una constante de las películas dominicanas es la tendencia a explicar las cosas en demasía, a decir en vez de mostrar y eso perjudica rítmicamente los contenidos. Aquí podemos verlo en algunas partes, como en las escenas con el otro enfermo receptor de terapia que le da ánimos a Aura en su tratamiento, lo cual funciona en ciertos momentos pero se extiende demasiado y baja los ritmos sin necesidad.

Con todo lo dicho, pensamos que Verdad o Reto puede funcionar de cara a las audiencias por lo interesante de la aproximación al tema del cáncer, unos actores con cierta frescura y su orientación de comedia romántica que atrae a las generaciones más jóvenes. Suzette Reyes logra en su opera prima entregarnos una obra, que si bien no es perfecta, permite apreciar los destellos de su talento.

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