De los testículos de Urano surgió Afrodita. En el mito griego, Cronos despojó de sus testículos a su padre Urano y lo encerró en el Tártaro junto con otros a quienes les temía. Cronos derrocó a su propio padre del poder del cielo. Todo surgió del amor de Gea -diosa de la tierra- a los monstruos que le engendró Urano, pero que éste desterró del cielo, alejándoles de su madre.
Fue por ese amor por sus hijos monstruosos, que Gea diosa de la tierra, madre de Cronos incitó a los titanes a revelarse contra su padre, pero solo Cronos le compró la idea y luego de castrar a su padre y desterrarlo del cielo, Cronos arrojó al mar la oz, dando origen a la isla de Corpus. Al arrojar los testículos de su padre al mar, surgieron espumas y de ellas surgió afrodita, la Diosa del Amor. Entonces, desde el odio de Gea y Cronos hacia Urano, surge el amor. Es decir, surge la esperanza.
Es un mito cruel, nacido de una familia disfuncional que engendra el odio y éste pretende volverse eterno, pero aparece el amor como esperanza de los más débiles y poder de los que buscan la justicia. Este drama vive y revive en los estadios históricos de la existencia humana.
Traigo a las calendas actuales este mito como recuerdo, porque el odio está tomando el poder político a través de actores populistas en la segunda década del Siglo XXI. Es una paradoja, que en el tiempo de mayor avance tecnológico y científico del género humano, reaparezca este demonio.
Está en escena un periodo que intenta parar las aristas positivas de la globalización y los avances democráticos y de los derechos de los ciudadanos de mayor vulnerabilidad en todo el globo, pero mayormente a los nacionales de los países en vía de desarrollo.
El odio brota con la misma fuerza del amor y en muchos casos, los que multiplican el odio, no alcanzan a darse cuenta de lo que están provocando. La gente actúa por moda, sigue consignas sin reflexionar y da por ciertas las mentiras construidas por intereses de grupos particulares con poder para accionar manipulaciones múltiples a través de las viejas y nuevas tecnologías de la comunicación. E incluso, este proceso es negocio para muchos actores individuales y sociales, utilizados para fines que no conocen, pero que en su tránsito les convierte en potentados en materia económica.
Lo que sucedió en las recientes elecciones de los Estados Unidos de América debe prender un alerta global con respecto al renacer de la ultra derecha, con apellidos de recordación genocida en la memoria histórica.
El odio es como una llamarada incandescente que arroja rabia como energía destructora. Es un proceso de enajenación de la conciencia que ferozmente nos conduce al desprecio de nuestros semejantes, perdiendo toda moral, matando todo lo ético que el género humano ha logrado en la construcción de la civilización. El odio mata todo raciocinio y hace sucumbir toda lógica.
Es así, que puede uno explicarse el éxito de aquellos -que creemos- no tienen razón, pero que se imponen como fenómeno atmosférico de categoría desconocida. Se han vuelto imparables, pareciendo invencibles sin importar lo imprudente de sus discursos y acciones. No tiene lógica que la ira encuentre adeptos, que la irracionalidad y la malquerencia crezcan en la aceptación y práctica de la gente común.
El liderazgo democrático debe reflexionar ante lo que percibo como fuerza imperativa, que fabrica enemigos inexistentes, que sobre lo ficticio se levanta con un discurso enérgico de patria y nacionalismo en multiplicidad de ultras. No se puede permitir la renovación del miedo, del terror, de la iracundia y los oprobios de antaño. No se puede permitir que resurja el proteccionismo irracional contra la inmigración. No se puede permitir que se renueve el odio contra los mulatos y mestizos que pueblan estados de orígenes arios.
Por todas las naciones están surgiendo voces con la fuerza del odio como estandarte y están confundiendo a los ciudadanos, los que sin darse cuenta van sirviendo como balas de cañón que utilizan –carismáticos de ultra derecha- para matar el avance democrático, la conquista de los derechos a la vida de los ciudadanos de menor posibilidad económica de las naciones pobres.