Cuando apareció la noticia de que los bancos italianos habían comprado 18.500 millones de euros netos en deuda pública, para un alza acumulada de 377.400 millones, los mercados financieros europeo y de Italia se percataron de que algo no estaba funcionando bien y en lo inmediato la duda se apoderaba de los mismos. Esto ha sido el resultado de que en los mercados de deuda el Tesoro italiano se ha visto obligado a pagar el interés más alto de los últimos cuatro meses para colocar sus bonos a cinco y 10 años, con interés del 4,83%, frente al 4,17% del periodo anterior.
El laberinto político en el que ha caído Italia impacta en los mercados, situación que ha forjado grandes incertidumbres que generan dificultades en la economía que también hicieron efectos en las Bolsas europeas, sobre todo en el parque de Milán, que se desplomó un 4,89% en su peor jornada en los últimos 15 meses. Fruto de esa realidad, donde se combina una situación crítica en lo económico y lo político, sobre el futuro del país cambiaron las decisiones de los inversores más tradicionales.
Desde la crisis financiera mundial, la economía italiana se ha visto muy afectada fruto de la inocultable señal de la fuerte contracción de más de un 9% desde 2007 y arrojar 13 trimestres consecutivos de recesión. Aunque la economía italiana haya logrado superar la recesión en el primer trimestre de 2015, con un crecimiento de 0,8%, este crecimiento es inferior a las expectativas del gobierno que había ejecutado políticas económicas para alcanzar resultados proyectados más prósperos, pero la realidad fue diferente.
Para que se tenga una idea del desempeño deprimente de la economía italiana, y entender la realidad predominante, solo hay que deducir que la producción industrial apenas aumentó 1,8% entre enero y octubre de 2015, pero el crecimiento del PIB se sitúa bajo la media de la zona euro, con un 0,9% proyectado al finalizar el 2016, contra 1,6% en la zona euro. En adición, la deuda pública italiana sigue en niveles elevados, con 2,2 mil millones de Euro, lo que representa 132% del PIB.
En este 2016, Matteo Renzi, primer ministro renunciante, y el tercero en secuencia que Italia ve dimitir, desde 2013, impulsó múltiples reformas estructurales enfocadas especialmente en leyes laborales, administración pública, fiscalidad, así como leyes para relanzar el consumo gracias a una baja de los impuestos. En 2015 se produjeron numerosos cambios, mediante el cual Renzi introdujo una ley laboral, que creó contratos de plazo indefinido para los trabajadores contratados por primera vez, aligerando al mismo tiempo las restricciones para despidos.
Con la reforma laboral se incorporó la flexibilidad a un mercado laboral rígido, por igual, se auspició un incremento del gasto público y se implementó una reforma fiscal centrada en los hogares de escasos recursos. Todo esto contribuyó a reforzar la confianza de los consumidores, en tanto, que la inflación disminuyó con fuerza y un plan de pagos morosos por el gobierno de Renzi redujo los pagos pendientes, un problema común que aquejaba al sector público.
Para recuperar la situación de la economía italiana, el gobierno había impulsado, durante casi un año, fuertes negociaciones con la Comisión Europea y se concluyó un acuerdo para ayudar a los bancos italianos en dificultades a vender sus préstamos morosos, lo que le permite al gobierno entregar garantías parciales para apoyar las ventas de sus carteras de préstamos dudosos como bonos a inversionistas privados. A pesar de llevar a cabo esos esfuerzos, la confianza en los negocios y el gobierno continuó siendo frágil, el cual ha quedado demostrado, cuando en este diciembre de 2016 cuando una mayoría libérrima en un 59% votó “no” a la reforma constitucional en un referéndum, lo que provocó la renuncia de primer ministro, Renzi.
La crisis económica italiana combinada con el rechazo a las pretensiones de reformar la constitución ha generado una incertidumbre política que ha producido una confianza muy baja por parte de los inversionistas, en detrimento de los bancos y empresas, y un freno a la reforma que ha creado un ambiente de ingobernabilidad en Italia, lo que ha situado a esta economía en unos de sus peores momentos, impactando de manera negativa en la zona Euro por ser esta una de las economías más importante.
La situación de la economía ha sido de tal magnitud que el índice de desempleo, que aumentó a partir de la crisis financiera mundial, se sitúa en 11,5%. Los más afectados son los jóvenes, con una tasa cercana al 40% y las desigualdades regionales son grandes entre el norte y las zonas rurales y pobres del sur, mientras el crimen organizado sigue siendo un problema mayúsculo, lo que hace que la situación política y económica de Italia en la actualidad sean muy compleja.