La formación política exige a los políticos incursionar en la academia para fortalecer sus posiciones políticas particulares, bajo argumentos científicos. He visto que renace la preocupación por la presencia de los dirigentes partidarios, en cursos de magnitud académica. Esta realidad es una muestra de que nos estamos aproximando a la madurez política de los individuos políticamente activos, que ven en las ciencias políticas un sendero para la búsqueda de la mejora social, en sentido general.
El Padre de nuestra nacionalidad decía a propósito de la política, de que ésta es la más excelsa de las ciencias. ¡Qué lejos está la percepción actual de los ciudadanos y las ciudadanas sobre la política!, al compararla con este pensamiento manifestado por Juan Pablo Duarte.
Nos han enseñado las lecturas heredadas de nuestros intelectuales, que nuestro Duarte desarrolló un proyecto de vida demasiado sacrificado, muy alejado de la praxis terrenal. Y creo que ha sido un error, porque nosotros necesitamos construir un nuevo paradigma duartiano, que se acerque objetivamente a la realidad de su humanidad. Acercarlo a la realidad social de la nación en la que vivió y así poderlo colocar en la agenda de vida de los ciudadanos y ciudadanas comunes.
Necesitamos a un Duarte de menos divino, menos celestial en su martirologio, para tratar de lograr que los niños, jóvenes y adultos asimilen su enseñanza moral, convencidos de que la vida es lucha constante con el contexto, y que en ese proceso de lucha, debemos colocar todo lo que nos rodea, al servicio de nuestro éxito particular y al de la sociedad en sentido general.
Es decir, que si queremos desarrollo integral, tenemos que luchar por ello, porque la felicidad que trae el éxito, no se regala, se conquista con el trabajo, el sacrificio, la entrega, la dedicación, la empatía y el amor a lo que hacemos, el amor somos, y el amor a lo que tenemos. Debemos desde esas bases, convertirnos en aspirantes a transformar la política en una profesión honorable, en donde la diatriba, el chisme, la insensatez y la falta de prudencia, sean cuestiones del pasado.
Porque los políticos debemos reflexionar sobre la educación, cuya base ideológica, la convierte en socializadora por excelencia, como instrumento al servicio del Estado, pero a la vez instrumento idóneo para armar a la conciencia del hombre con las armas de una filosofía de vida, crítica y autocrítica, transformadora y revolucionaria para el todo social, incluyendo al propio Estado.
Uno de los grandes problemas de la nación dominicana se encuentra, en la carencia de un proyecto de vida, de una visión acerca de lo que pretenden será su futuro, por parte de la juventud. Esta carencia, heredada por la familia desde una escuela incapaz de formar ciudadanías coherentes con el desarrollo democrático, y que es exhibida por los egresados del Nivel Medio del Sistema Educativo, ni hablar del Nivel Básico, debe ser encarada por la clase política.
Somos los políticos los responsables de construir un sistema educativo capaz de formar ciudadanos con orgullo de ser lo que son y dignos representantes del legado tricolor que vemos enhestado cada día, hondeando trémulo en las astas que les sostienen en nuestro territorio y fuera de él. Para lograr construir el sistema educativo que les planteo, debemos trabajar desde la escuela y desde la familia para crear la necesidad de volvernos competentes, para de esa forma poder lograr el desarrollo humano y técnico que necesitamos.
Lamentablemente, es la Universidad la que tiene que cubrir la carencia de falta de una visión constructiva por parte de nuestros jóvenes. Esto representa un reto para las academias, porque tienen que ensamblar tardíamente esa estructura de actitudes positivas, que debió empezar a instalarse desde los primero años de la infancia familiar e irse estructurando peldaño a peldaño en la escolaridad primaria.
Para la universidad la formación integral constituye centro de atención y preocupación, pero el enfoque integral es una tarea esencial desde la génesis de la educación y la formación del individuo humano, es decir, desde el nivel inicial.
Como parte privilegiada al tener la oportunidad de ser componente de la clase gobernante de la nación, deben empoderarse de la idea de que la escuela y la familia son componentes complementarios, el primero necesita del segundo y viceversa.
En ese orden, consideramos que la separación que existe actualmente entre familia y escuela, es uno de los grandes problemas de nuestra sociedad y que debe ser enfrentado con urgencia por la clase política dominicana, junto con otras conquistas importantes, contenidas en la Ley 66-97 y que no han sido debidamente reclamadas.
Para poder lograr éxito, en la construcción de una alianza estratégica entre la escuela y la familia, los políticos debemos armar las condiciones, para hacer propicio un clima de entendimiento, entre el docente que trabaja al futuro ciudadano o ciudadana y los padres, que disfrutan los aciertos y sufren los yerro de sus hijos e hijas.
De eso hablamos, cuando enarbolamos la necesidad de hacer nación, de construir ciudadanos y ciudadanas de conciencia, de ciencia y de fe en el porvenir.
Mientras se logra este paradigma, le corresponde a la universidad trabajar con los y las estudiantes esta carencia, al trabajarla, debe lograr que los participantes fortalezcan su arsenal de valores, aquellos como la equidad, la solidaridad, la justicia social y la constante mejora del individuo humano.
De lo antes dicho se deriva el necesario cultivo del conocimiento. Conocimiento nacido de los datos convertidos en informaciones básicas, para lograr que el estudiante pueda tomar decisiones sustentadas en argumentos objetivos y sobre una base fundamental de valores, pero desde una perspectiva de la totalidad de la vida y su contextualización social.
La vida particular es la más importante de las empresas del hombre y de la mujer, por ello trabajarla en mejora constante, es la mejor inversión que podemos hacer, pero sin dejar de evaluarnos constantemente en las variables de los deberes y los derechos, que nos hacen coexistir… y en nuestro papel como protagonistas del clima social, que debe llegar a la convivencia, como estadío superior del individuo humano.
Desde la Universidad, la que es un espacio importante de realización personal y colectiva, debemos exhortar al individuo, a trabajar en equipo, en la pretensión de justificar la necesidad de potenciar la auto transformación del hombre y la mujer dominicana.
En la universidad en la que sirvo, concebimos la formación, como un sistema de influencias externas, pero proclamamos, que es necesario entenderla, como un proceso de “desarrollo interior asumido conscientemente”.
Esta concepción que apunta necesariamente hacia una acción de auto transformación del propio sujeto; asume el concepto de formación integral como “el proceso mediante el cual la persona aprende a conocerse a sí misma y al mundo que le rodea. Transformar ese mundo y lograr su propia autoformación en las diferentes esferas y contextos de actuación, se manifiesta en una adecuada coherencia entre el sentir, el pensar y el actuar”.
Todo esto lo pedimos al lector, para que lo asuma desde la visión política que posee. Sabemos que se ve mucho al principio, pero quién dijo que debía ser poco, ¿a caso no vale la pena marcar la diferencia?