Algunos políticos y empresarios profesionales, en el sentido estricto de la dedicación, en busca de renta, usan vías para converger en puntos que se apartan del oficio que le da la calidad al trabajo que originalmente escogieron como modo de vida, ya sea para el servicio, como es el caso de los primeros, o para generar riquezas, como en el caso de los segundos.
La distorsión de estos oficios siempre trae como consecuencia conflictos de intereses que giran de un lado y de otro, porque la competencia natural en ambas carreras se convierte en una suma de atajos que van desde el tráfico de influencia para dejar en la gatera al empresario que se ciñe a las reglas que impone el mercado para la “competencia justa”, hasta el uso abusivo de dinero para aplastar las ideas de los políticos que buscan escaños sobre la base del mensaje como único instrumento para la conexión con los diferentes sectores de la sociedad.
Así, como he manifestado en otras ocasiones, muchos “empresarios” con fortunas de origen dudoso llegan a la política para lavar su dinero y de paso legitimarse en la sociedad. Al alcanzar su objetivo se convierten en respetables concejales, alcaldes, diputados, senadores y hasta presidentes de repúblicas o jefes de gobierno en monarquías parlamentarias.
Por otra parte, los que desde la política deciden saltar al campo empresarial, sin abandonar la actividad política porque la doble condición le da ventaja frente a sus nuevos colegas, echan manos del prestigio social y la manipulación de los resortes del poder para agenciarse los jugosos negocios que le harán acumular capital o dotarse de empresas que les permitan blanquear el dinero que sustrajeron de instituciones públicas.
De experiencias que se desprenden de estas prácticas han surgido personajes del crimen organizado que, tras blanquear su dinero sucio mediante empresas “legítimas”, no conforme con ello decidieron dar el salto a la política también para la doble legitimación o el blindaje total, con tanta dicha que han encontrado aliados en el liderazgo de los partidos.
Sus aliados de la cúpula partidaria han sido tan complacientes que en algunos momentos le han dado categoría de héroes nacionales; es más, hay casos en que los héroes nacionales han merecido menos reconocimientos que ellos, con el agravante de que la población lo ha celebrado con beneplácito y, de esta suerte, se pudieron consagrar como personajes destacados y respetables de la sociedad, en evidente burla a la inteligencia colectiva, condicionada y manipulada por el siempre eficiente marketing.
Sobran los ejemplos de los dueños de capitales en movimiento; empresarios consagrados que, por las razones que expliqué, llegan a la “militancia partidaria”, la que siempre se expresa en “lealtad” al partido en el gobierno o con posibilidades de llegar a él, para desde ella, hacer lo que saben hacer desde su oficio original, contribuyendo con ello a afianzar el juego del pragmatismo que de alguna forma se complementa con el ingrediente del político que decide ser empresario.
Tal ecuación nos trae como resultado la ausencia de pensamiento y, como consecuencia, un pragmatismo que se contrapone a las ideas, uno de los elementos fundamentales para que una formación política tenga el sentido de la naturaleza que debe ser inherente a su existencia. Pero con la evidente ruptura de la ética en el ejercicio de la política, los partidos han entrado en un juego de valores invertidos en el que el interés colectivo desaparece, y como consecuencia, el rol que deben jugar en la sociedad también se esfuma.