Opinión

Planificación de la educación en el régimen democrático dominicano

En tiempos de la tiranía, los planes estaban en la cabeza del tirano, pero sus ideas eran seguidas a pie juntilla por sus adeptos, cumpliendo con la carpintería necesaria para poder cumplir sus “magníficos designios” con prontitud, haciendo palpables resultados tangibles en los niveles que les permitían las condiciones materiales y siempre con la mira del control, para que nadie se saliera del corral.

Luego de su muerte física, devino un camino de construcción democrática, la que aún perdura, debido a que la democracia es un sistema en permanente construcción. En nuestro caso, no hemos podido avanzar rápidamente, como deberíamos haberlo hecho, debido a condiciones existenciales y estructurales de la nación. Esto lo consideramos así, debido principalmente a la escasa escolaridad en el contexto cuantitativo de la cobertura escolar y en segundo lugar, consideramos que está cimentado, sobre escases de oportunidades para construir pensamientos positivos, dentro del conjunto de las masas populares alienadas por un medioambiente sociopolítico con una tasa extrema de culto a la personalidad del dictador. En este conjunto, se puede incluir un gran porcentaje de la escasa clase media y en el bajísimo número de planta física escolar que existía.

Entre 1961 y 1989, nos encontramos desarrollando el proceso educativo, sobre la ley de educación que elaboró Trujillo, sobre la base de una disposición del año 1918, impuesta por los directivos de la ocupación norteamericana que inicio en el 1916 y finalizó en término militares directos, en 1924. Destaco el año 1989, debido a la Declaración Mundial sobre Educación para Todos, la que se produjo en el marco de una acción para satisfacer las necesidades básicas de aprendizaje, como el resultado de un vasto y sistemático proceso de consulta iniciado en octubre de 1989 y que se prosiguió hasta fines de enero de 1990. Todo esto ocurre, bajo auspicios de una comisión interinstitucional, establecida para organizar la Conferencia Mundial por una Educación para Todos, que se desarrolló en 1990.

Sobre esos antecedentes se inicia una nueva etapa en la educación dominicana y en ese orden, nos propusimos desde la Universidad, buscar nuevos propósitos dentro del contexto de una visión que contemplaba suplir a la sociedad de productos de maestrías y especialidades, capaces de trabajar al sujeto directivo del sistema, como actor de principalía, en el orden de la burocracia nacional y de la gestión escolar, la que se desarrolla en el ámbito de una planta física cada día más adecuada y en unas aulas con profesores graduados como licenciados en un 100 por ciento de la matricula que imparte docencia en las escuelas.

En esa ocasión, teniendo como antecedente el fracaso de la década de los años 80, en los albores de la década de los noventa, la universidad buscaba unos fines bien enmarcados en propósitos y objetivos elaborados sobre variables bien ponderadas, pero sobre todo, con el conocimiento empírico, de que dirigir un colectivo social es una actividad compleja.

Siguiendo el contexto del párrafo anterior, podemos afirmar dentro de esa complejidad, que dirigir centros educativos entraña además una gran responsabilidad y un extraordinario compromiso. Lo consideramos de esa forma, por la importancia social del proceso que debe ser dirigido en el contexto de la institución escolar, es decir, liderar y controlar los procesos intrínsecos de la enseñanza desarrollada académicamente por los profesores y de los aprendizajes, adquiridos y desarrollados por los estudiantes.

Sobre todo eso que hemos dicho en los párrafos que anteceden a éste, es bueno puntualizar, que la tarea de dirigir organizaciones escolares no recibe la atención teórica por parte de los autores de textos y los profesores, ni la rodea el mismo glamour que rodea a la dirección de las empresas de servicios y de las organizaciones industriales. Ni a su alrededor se mueve como en aquellas, una legión de formadores, asesores, consultores, especialistas en recursos humanos, entre otras áreas del conocimiento continuado, que dan fortaleza al directivo, ofreciéndole retroalimentación permanente y sustentable en todos los órdenes.

Dicho lo que he dicho, puedo enfatizar, que dirigir centros educativos es una tarea ingrata, apenas reconocida y apenas acompañada. Decididamente, consciente o inconscientemente, no se les proporciona a los directores ni la formación ni el asesoramiento que su alta misión requiere. Y lo que es peor, el director de escuela pública, no tiene poder para tomar decisiones, ni siquiera sobre el personal que dirige. En eso ha fallado el Estado en la mayoría de las naciones latinoamericanas y las consecuencias se ven en los resultados escolares.

En vista de ello, en aquella ocasión y en todos estos años, la universidad ha deseado contribuir a la reflexión y creemos que lo ha hecho, para desarrollar la formación en torno a la planificación, organización y gestión de la educación. Lo ha estado haciendo, a través de asociar estas variables de la administración escolar con el proceso histórico desarrollado en República Dominicana durante la construcción democrática, puntualizando lo tardío que aparece el régimen de la planeación, en el sistema escolar. Lo peor de esta situación lo encontramos en la poca atención que se le ha dado al proceso de control de lo que se ha planeado.
Desde la década de los noventa, la universidad ha buscado asociar los procesos de evolución del sistema educativo dominicano, a partir de la instauración de la democracia, con el proceso histórico-político de la sociedad dominicana, en ese mismo espacio de tiempo, es decir, desde 1961 y hasta la fecha actual. Particularmente, la universidad ha procurado analizar la complejidad que proviene del hecho, de que la dirección del centro educativo debe enfocarse hacia las personas que trabajan en la organización escolar, a buscado fomentar en los participantes la idea, de que para realizar satisfactoriamente las tareas que las personas tienen encomendadas, éstas deben ser capaces de participar en el proceso de dirección en forma objetiva.

Producir una adecuada formación para directivos, enfocada hacia el desarrollo de sus capacidades, para resolver problemas -a través del análisis- para tomar decisiones propias creativas y compartidas, ha sido una preocupación de la universidad, la que ha buscado efectuar prácticas docentes-administrativas, centradas en la dirección de personas, para tocar los procesos de innovación, participación y liderazgo. De igual forma, no se puede negar, que la universidad ha buscado a través de la formación docente, afirmar las prácticas democráticas a través de un enfoque institucional, más que organizativo, centrado en los procesos de comunicación, participación y toma de decisiones no autocráticas.

Desde la universidad hemos procurado en forma vehemente, que los egresados de las carreras de las escuelas de educación, reoriente sus conceptos acerca de la planificación, la organización y la gestión del sistema educativo, y que lo haga a partir del régimen democrático de la nación. Esto aso, porque la democracia es una práctica no un discurso y en lo que toca a los dominicanos, debemos iniciar, por matar al Trujillo que llevamos dentro y que se manifiesta en nuestro quehacer.

El proceso de cambio profundo a que el mundo de la educación dominicana se abocó a partir del 30 de mayo del año 1961, fue trascendente en la praxis. Comprender lo que somos actualmente como sistema educativo, depende entre otras variables, de nuestra capacidad de comprender lo que fuimos en un pasado de corta, mediana y larga data, es por ello que hemos traído estas efemérides a la palestra pública, porque las consideramos claves para la comprensión de las actitudes que exhiben los actores del sistema, matizadas a través de resultados en el proceso de cambio que hemos estado desarrollando.

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