Edgar Morín nos regaló la noción de “pensamiento complejo” y lo hizo para referirse a la capacidad de interconectar distintas dimensiones de lo real. Es decir, que ante los procesos en donde emergen una serie importante de hechos o sucesos multidimensionales, muy interactivos y con unos componentes aleatorios -que pueden llegar a ser azarosos- el sujeto se ve obligado a desarrollar una estrategia de pensamiento no reducido ni totalizante, sino reflexiva.
Es a esa capacidad a la que deseo referirme en estos párrafos, para poder expresar, apoyado en Morín al definir el proceso de desarrollo que ha vivido la relación de los ciudadanos dominicanos y haitianos durante la gestación, proclamación y proceso existencia de la República Dominicana.
Es bueno para el entendimiento de lo que plantearemos, conocer el origen etimológico de palabras claves como por ejemplo, “proceso social” para de ese modo poder descubrir y entender el significado del término en cuestión. En el caso que nos ocupa, podríamos decir que estas dos palabras se derivan del latín “proceso” que emana de “processus”, que puede ser traducido como “marcha” o también como “desarrollo”. El vocablo “social” viene dado como fruto de la evolución del término “socialis”, que equivale a “lo relativo o perteneciente a la comunidad de personas”.
Otra palabra clave que quiero agregar es el vocablo relaciones, concepto que tiene origen el termino latino “relatio”. Como concepto el término relación posee distintos usos, pero en este espacio quiero colocarlo en el uso de intercambio entre personas que buscan objetivos comunes para sus beneficios particulares y colectivos. De la misma manera, coloco el concepto “intercambio cultural”, que puede ser definido como un proceso de comunicación, en donde interaccionan personas y grupos con identidades culturales especificas en sus diferencias; en donde se permite que las ideas, acciones y beneficios no estén muy distantes entre los actores participantes, y en donde se produce una relación convenida de dialogo, concertación, como vía de integración, a través de esa convivencia que se enriquece entre las culturas que practican ese tipo de relación.
Porque las relaciones de ese tipo de “intercambio cultural”, se fundamentan en el respeto a la diversidad y el reconocimiento mutuo de sus valías particulares. No estamos hablando de una utopía exenta de conflictos, sino de respeto, dialogo y convivencia para el desarrollo de ambos polos de la relación. Cuando hablamos de este tipo de relación, no nos estamos refiriendo tan solo a la interacción que ocurre a niveles geográficos, sino a cada uno de los procesos situaciones en las que se van presentado diferencias y en consecuencia van surgiendo los naturales conflictos de intereses.
Algunos ponen en boca del ilustre Don Eugenio María de Hostos las expresiones: “La lucha que sostuvo el pueblo dominicano contra Haití no fue una guerra vulgar. El pueblo dominicano defendía más que su independencia su idioma, la honra de la familia, la libertad de su comercio, mejor suerte para su trabajo, la escuela para sus hijos, el respeto a la religión de sus antepasados, la seguridad individual…. Era la lucha solemne de costumbres y de principios que eran diametralmente opuestos; de la barbarie contra la civilización.”
Vista esta reflexión, que de ser cierta data de más de un siglo, podemos notar la complejidad del proceso de relaciones entre las dos naciones hermanas, pero con culturas muy distintas desde todas las ópticas colocadas en escenarios posibles.
Lo que afirmo en el párrafo anterior, se sustenta sobre la existencia de dos culturas distintas sobre un pequeño territorio insular, sobreviviendo procesos históricos muy distintos desde el punto de vista de viabilidad nacional contemporánea, la que se complica -con respecto a la época analizada por Hostos- con la situación económica y social del pueblo haitiano de hoy día. El pueblo haitiano del Siglo XIX es muy distinto al de la segunda década del Siglo XXI.
Cuando discurría la calenda del día 9 de febrero del año 1822, momento en que el presidente Boyer hacía su entrada en la capital del territorio que a partir del día 27 de febrero del año 1844 se denominaría República Dominicana, Haití era una nación prospera y con muchas esperanzas de progreso. Fue por eso, que los criollos que habitaban esta parte de la isla dejaron entrar al ejercito del Presidente Boyer sin la menor resistencia, porque esperaban que Haití les proporcionara el bienestar que España les negaba como colonia abandonada a su suerte durante un largo periodo de la historia.
La ocupación haitiana sobre el territorio español de la isla de Santo Domingo, no produjo ni muertos ni heridos ni mucho menos perseguidos por ser habitantes de un territorio ocupado. Esa es una parte de la historia que se oculta todavía hoy en las escuelas dominicanas, dificultando que los alumnos puedan a través de sus avances áulicos, comprender y entender al pueblo haitiano y su actitud frente a la separación que se produjo a fuerza de machetes en el territorio de Azua el 19 de Marzo de 1844.
Para que se entienda mejor, el pueblo llano constituido por criollos españoles culturalmente hablando, posiblemente vio en Haití una oportunidad de subsistencia y progreso individual y familiar que España le había negado por siglos. El problema básico no estuvo en la ocupación sino en el objeto de la misma, pero ese tema lo trataremos en la próxima entrega de esta serie.