Opinión

¿Los guiones de cine, son o no son Literatura?

La discusión de si los guiones de películas son obras literarias no es nueva. Y por lo visto no tiene intenciones de acabarse dada la difusa línea que separa los textos cinematográficos de las narraciones más emblemáticas de la literatura, las cuales, igual que las fronteras geográficas, pueden cruzarse en un sentido o en otro.

En un reciente conversatorio que se realizó en el marco del Festival de Poesía en la Playa celebrado en Miches, me tocó hablar sobre las adaptaciones de obras literarias al cine. Sin planificarlo, la discusión se armó en torno a si el guion era literatura o no, pues algunos participantes trajeron a colación una buena cantidad de ellos bien escritos.

El guionista Rubén Lamarche aclaró que el texto cinematográfico es un punto de partida y no un producto final, como lo son las novelas o los cuentos. Puntualizaba Rubén que el guion cambiaba por el paso de mano en mano a los diferentes filtradores, como son el actor, el director de fotografía, el director de la película, y que todos aportan modificaciones de alguna manera.

En el cierre del evento leí dos fragmentos de guiones de Andrei Tarkovski, uno de ellos de un corto llamado Cogito Ergo Sum, que dice así: “Una lluvia violenta y glacial. Un cielo nocturno en el que ya despuntaba el alba. La ciudad. Detrás de la densa cortina de agua, una mancha negra deja adivinar un gran inmueble”. Una narración muy bien escrita y de un hermoso tono poético, pero se nota claramente que son descripciones de imágenes y que está pensado para verse.

La lectura anterior, junto a tres párrafos del guion de Andrei Rubliov, dejaron al Dr. Eduardo Gautreau De Windt más convencido de la pertenencia de esos textos a la literatura. Pero, la función referencial y los procesos interpretativos que sufren, eliminan la posibilidad de convertir en textos literarios al guion. Un cuento o una novela tienen dos protagonistas, el que escribe y el que lee, un guion puede depender de decenas y más personas para concretarse.

Del texto a la imagen

El director de cine español Fernando Trueba lo explica muy escuetamente: “El guion es una herramienta de trabajo, la base sobre la que se construye una película, los papeles que se reparten para que todos sepan que hacer y a los actores para que sepan que decir”. Puede parecer simple o burda la explicación, pero en el fondo es la realidad monda y lironda.

De ninguna forma estamos afirmando que esta guía escrita carezca de belleza, de aliento poético o de sustancia dramática. Solo que en la novela o el cuento, el lector asume esa interpretación sugerida por el autor, y en el cine, esa función es labor de un ejército de personas. Por ejemplo, el tono de una escena se discute entre el director y el actor para el asunto de la interpretación, pero ellos no son los únicos opinantes.

El guionista Robert Towne cree que: “Una película no se puede escribir. Solo se puede describir”. Queriendo dejar claro ese aspecto que tiene el texto fílmico de que lo único válido es su transcripción de imágenes, y que será juzgado su valor de acuerdo a como termine realizada la película y no por la opinión de un lector.

Si bien podemos decir que al igual que en la literatura, no existe un método único para escribir. Debido al arcoíris de métodos y guionistas, la palabra es menos importante en el guion que en la literatura. Esto, debido a la naturaleza profundamente visual del cine, en donde prima lo visto sobre lo dicho. Un ejemplo de esto es La Tortuga Roja (La tortue rouge (2016) de Michael Dudok de Wit, en donde no existe diálogo en sus 80 minutos de metraje.

La obra de arte es la película que conjuga una serie de factores técnicos, siendo el guion uno de ellos, en tanto espina dorsal de la narración. Cristopher Nolan pretendía rodar su película Dunquerque (Dunkirk), sin guion y terminó escribiendo uno de 76 páginas en el cual lo visual y los sonidos aplastan a la palabra y a los diálogos.

Hasta en lo físico existen diferencias. Mientras que las novelas, los cuentos y otras formas literarias, se publican de manera inmediata después de ponerse de acuerdo el escritor y la editorial, los guiones solo se publican después de la salida de la película. Mientras tanto, su vida útil toma forma de libreta, con hojas fácilmente desprendibles, para ser sustituidas en caso de corrección.

Los niveles de prestigio entre un novelista y un guionista suelen ser bastante diferentes. Mientras que el primero puede llegar a ser reconocido por las academias y la crítica literaria, el guionista depende del éxito de una película en donde el director y los actores acaparan casi todos los focos de luz. Aún dentro de la industria, estos tienen sus dificultades, lo que llevó a la guionista Nora Ephron a decir: “El trabajo del guionista es que lo jodan”.

En esa zona de confluencia entre la literatura y el cine, como son las adaptaciones, si se han dado uniones felices como la de La ciudad y los Perros (1985), en donde Francisco Lombardi adaptó la obra de Mario Vargas Llosa con mucha altura o El lugar Sin Límites (1977), de la cual el autor de la novela, José Donoso, dijo que la película de Arturo Ripstein mejoraba el texto literario por ampliar las atmósferas de la novela.

La conclusión es que el guion no puede ser literatura porque no está escrito para ser leído sino para traducirse a imágenes en movimiento. En todo caso es una guía que pasa por las manos de muchos filtros. Un texto fílmico no es una obra de arte per se, pues esta gloria se la lleva el producto final en su conjunto, es decir, la película.

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