Opinión

Somos lo que comemos

Alguien sin mucho exagerar ha sentenciado: somos lo que comemos. Quizás esa expresión suene dura o radical, sin embargo, hay mucho de verdad en la misma. La maquinaria humana se construye, se desgasta y se repone durante procesos que denominamos anabolismo, catabolismo y metabolismo. Ay si supiéramos cuán importante es que nuestras adolescentes sepan que previo al embarazo deben contar con una nutrición balanceada con suficientes proteínas, grasas y carbohidratos, acompañada de los micronutrientes y vitaminas que garanticen la formación y desarrollo intrauterino del embrión y el feto. ¡Cuántos defectos congénitos se prevendrían, especialmente los del llamado tubo neural, con sólo garantizarle a la futura madre una adecuada ingesta de ácido fólico.

¿Les han enseñado a estas niñas en su hogar, o instruido en la escuela, que las fuentes principales de esta vitamina se encuentran en los vegetales verdes tales como la lechuga, la espinaca, los espárragos y el brócoli? ¿Saben acaso que el melón, el guineo y los limones también contienen dicho ingrediente? ¿Nos educan acerca de lo que significa una dieta balanceada acorde con las necesidades del individuo de acuerdo a la edad, el sexo y el tipo de trabajo o deporte que lleve a cabo la persona?

El mundo vive en una especie de locura polarizada. Digamos que hay los grupos sociales ubicados en la parte superior de la escalera a los que les sobra de todo y nada les falta: esos son los obesos, hipertensos, diabéticos y pacientes oncológicos. Luego tenemos la llamada clase media consumidora de comida chatarra, en lucha contra el creciente sobrepeso hijo del sedentarismo y la mala alimentación.

Finalmente contamos con una mayoría ubicada en el peldaño inferior a la que le falta todo o lo recibe en menor proporción, al tiempo que ignora las reglas de una buena y adecuada alimentación; se trata por supuesto de los eternos pobres de la tierra a los que Martí hacía referencia.

Mucha gente no se detiene a pensar que las grandes calamidades del mundo golpean con saña y crudeza a los desposeídos. El fardo de las muertes materno infantiles está repleto de cadáveres que en vida tuvieron poca o ninguna educación, mal comieron y mal vivieron, amén de que empezaron muy temprano a multiplicarse.

Resulta triste saber que muchos de nuestros hermanos y hermanas viven para comer y no comen para vivir. Cuando encuentran comida llegan al hartazgo, temerosos de que tal vez mañana no se cumpla lo del pan nuestro de cada día. Ha llegado la hora de sonar el clarín de la alimentación sana y nutritiva asequible para quienes habitamos el planeta. La madre tierra, junto al agua y el astro sol, siguen dispuestos a facilitarnos el cultivo y cosecha de las fuentes alimenticias primarias. Todavía tenemos la capacidad para llevar comida a la boca de millones de hambrientos. Es tiempo de cambiar armas y guerras por paz y nutrientes.

La humanidad cuenta con fuentes proteicas animales marítimas y vegetales terrestres suficientes para sostener un equilibrio ecológico éticamente aceptable. La mal distribución de los alimentos y de otros bienes materiales, sumado a una indolente polarización y segregación humana nos mantienen en constante zozobra y amenaza.

Aprendamos a comer; trabajemos para el bien de todos. Brindemos por una vida colectiva armoniosa. Evitemos los excesos, pues también es una verdad de Perogrullo eso de que por la boca muere el pez.

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