Opinión

Atención a Pedernales

Hace años, allá por el inicio de la década de 1960 a 1970, período de extraordinarios acontecimientos históricos en la vida del pueblo dominicano, que comenzaron a producirse a fines de ese año de 1960 con el asesinato de las hermanas Mirabal, crimen que no tenía antecedentes durante los 30 años de la dictadura de Rafael Trujillo Molina, fue un hecho que demostró al autor de esta columna que en la realidad política de ese entonces, Trujillo había perdido totalmente el sentido de la prudencia, que como asesino político, selectivo, represivo e intolerante, había demostrado por largo tiempo.

Al crimen de las hermanas Mirabal y de su amigo y acompañante Rufino de la Cruz, le habían precedido el secuestro de Jesús de Galíndez en Estados Unidos de América, Gerald Lester Murphy, el piloto del avión que lo trasladó a Santo Domingo; del médico que le acompañaba Miguel Rivera y más luego de Tavito de La Maza y del coronel Rafael Cobián Parra, jefe de Inteligencia del Ejército Dominicano.

Para entonces el autor de esta columna era abogado, con ejercicio profesional y larga experiencia burocrática como secretario de la oficina de Rafael Augusto Sánchez Ravelo y más luego de Luis del Catillo Morales; como hijo de militar sabíamos y conocíamos en términos de su personalidad al dictador dominicano. Conocíamos en detalle la matanza de haitianos, mujeres y hombres que residían en nuestro país, particularmente en las comunidades rurales de la Línea Noroeste.

“El corte” se llevó cerca de 4,500 seres humanos y fue una decisión tomada y ordenada por el mismo Trujillo, como lo reconoció en unas declaraciones que hizo después de 1944, cuando celebramos la fundación de la República y el centenario de la Independencia.

A partir de aquel hecho, los haitianos, como dijo Trujillo, aprendieron a respetar nuestro pueblo. Venían masivamente a trabajar en la industria azucarera, en grupos ordenados con documentos de identidad, organizados en pelotones y compañías, calificativos militares, bajo la responsabilidad de oficiales del Ejército.

Después del ajusticiamiento de Trujillo ocurrido en mayo de 1961, las cosas comenzaron a cambiar y en los últimos veinte años, bajo el gobierno de nuestro partido, el PLD, que nos obliga a señalarlo, las cosas han empeorado hasta términos inaceptables.

En nuestro libro “Haití y la República Dominicana: Un origen y dos destinos”, ampliado en su 3ra. edición que está circulando, recordando al maestro político dominicano y de América Juan Bosch, reiteramos que Haití no es una nación, ni una república y mucho menos un Estado.

Es simplemente un conglomerado humano, disperso, sin principios de ordenamiento de ningún género, que sus dirigentes alientan y estimulan la migración masiva de sus habitantes al territorio de la República Dominicana. Eso explica ese crimen inaceptable, abusivo, horroroso, en su propiedad agrícola de un matrimonio dominicano en los campos de Pedernales, ejecutado por tres haitianos que trabajaban con ellos.

A ese crimen los habitantes de Pedernales respondieron con el valor, el coraje y la responsabilidad que ha caracterizado la vida del pueblo dominicano. Pongamos atención, mucha atención a lo ocurrido en Pedernales, que es seguro que se va a repetir en otras provincias de la nación dominicana.

Las autoridades que supuestamente gobiernan a los haitianos, apoyados por la gran conspiración internacional que promueven y apoyan Estados Unidos de América, Francia y Canadá, creen que pueden jugar con este “Pueblo legendario, veterano de la historia y David del Caribe”.

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