Opinión

Lula en brazos del pueblo

“Tira a esa basura por la ventana”, escuchó por radiofrecuencia el piloto que trasladaba a Lula da Silva de Sao Paulo a Curitiba en calidad de detenido. “Llévatelo y no lo traigas nunca más”, remachó la voz curtida por el odio de una prepotente narrativa mediática que busca sembrar en el imaginario popular la idea de que el exmandatario es un corrupto y con ello llevar a los ciudadanos a militar, de forma irreflexiva, en causas que contravienen sus propios intereses.

Son expresiones de una oligarquía que, en su alianza con fuerzas extranjeras, no se dio cuenta que con la expansión de la clase media creció el consumo y con éste el volumen de sus negocios, lo que la iba colocando en la categoría de clase gobernante, para dejar de ser una simple élite que no rebasaba la condición de peona de una mórbida geofagia encarnada en transnacionales hambrientas e inescrupulosas, que a su paso depredan, corrompen, manipulan y amenazan, muchas veces desde sus brazos políticos con armas como la diplomática, comercial y bélica.

La “basura” le dio dignidad al dueño de las expresiones despectivas, porque no solo los negros y pobres de Brasil elevaron sus condiciones de vida y conquistaron con él, el derecho a educarse, vestirse, viajar en avión, comprar una casa, un automóvil y hasta gastar en diversión, sino que con el empuje económico que dio a su país, los miembros de las élites ya no eran vistos como ricos del tercer mundo, porque se levantaron tanto que sus empresas comenzaron a competir con las más importantes y poderosas del mundo y, en muchos casos, las desplazaron al experimentar expansiones de vértigo.

Ésta es, quizás, o sin quizás, la razón por la que se comenzó a perseguir al Partido de los Trabajadores. Sacar del poder a Dilma Rousseff para luego inhabilitar a Lula, se convirtió en una obsesión de Estados Unidos que, con el auge económico de Brasil, no solo perdía ese mercado, sino otros en los que las empresas brasileñas habían penetrado en forma de embestida; o por lo menos así lo veían los afectados que durante décadas se lucraban en toda América Latina con negocios leoninos, tan obscenos y vulgares, que dejaban caquéctico al Sur rebosado de riquezas naturales, y obeso al Norte desprovisto de maná.

Lula está preso. Los medios de comunicación al servicio de las oligarquías del continente construyeron una verdad defectuosa que llevó a la ¿justicia? a elaborar un expediente con la idea de apresarlo y hasta condenarlo mientras buscan las pruebas. Han intentado fabricarlas. El ¿juez? Sérgio Moro, aparente peón en el fichero del Plan Atlanta, hace esfuerzos por seguir el guion de los oligarcas continentales y los movimientos de los titiriteros.

Han calculado que da Silva es la ficha del dominó que cayendo tumbaría al resto de los “líderes malcriados” que, sucios de pueblo, se dieron a la tarea de crear riquezas para repartirlas con mayores niveles de justicia, de elaborar agendas y proyectar sus países sin el permiso de nuestras élites y el temible amo estadounidense, que en medio de su franco declive económico, comercial y diplomático, camina en su pasarela desfasada con traje de guerra fría, tropezando a cada paso con la multipolaridad que le desconcierta y le ha llevado a perseguir a Lula sin advertir que lo ha echado en brazos del pueblo.

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