Hablan los hechos

Más allá de las relaciones diplomáticas China-RD

La noche del pasado lunes 30 de abril el país fue testigo de una noticia trascendental, que marcaba un punto de quiebre de lo que podría considerarse una tradición de estabilidad en nuestra política exterior, pues no habíamos roto relaciones con ninguna nación desde 1959, cuando el entonces mandatario Rafael Leónidas Trujillo rompió lazos con Cuba.

Sucede que, tras 69 años de relaciones diplomáticas, el gobierno dominicano anunciaba formalmente la ruptura de sus relaciones con la República de China Taiwán, estableciendo de manera paralela lazos diplomáticos con la República Popular China. El anuncio, aunque sorpresivo, llega en momentos en que China viene estableciéndose como el nuevo referente del multilateralismo a nivel mundial, tras el aislamiento diplomático autoimpuesto y consecuente repliegue de Estados Unidos, tras la llegada de Donald Trump. De hecho, los nuevos lazos diplomáticos entre República Dominicana y la China Continental, llegan casi un año después de que Panamá tomara una decisión similar, reconociendo el estatus internacional de China, como segunda gran potencia mundial y un aliado económico de primera categoría.

Un dato de suma importancia, es que China una vez más confirma su determinación a presentarse como una alternativa al liderazgo estadounidense, lo que justifica su cada vez mayor presencia en zonas como Latinoamérica, considerada un área de influencia estadounidense defendida bajo los preceptos de la Doctrina Monroe, donde Beijing ha obtenido el reconocimiento de cada vez más gobiernos en la región. Lo anterior queda evidenciado con la participación de China a nivel comercial, donde actualmente está entre los tres mayores socios comerciales de la región (es el segundo proveedor en nuestro país), con una inversión de capitales que se pronostica seguirá en aumento.

En efecto, las vastas inversiones en infraestructura en países como Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Panamá, forman parte de ambiciosos y visionarios proyectos, algunos de los cuales van enlazados a la nueva “Ruta de la Seda”, que ha de unir comercialmente a Asia, Europa, América Latina y África. Todo esto al tiempo que Washington endurece las restricciones migratorias, y da la espalda en términos de inversión a la región.

Por otra parte, la oficialización del establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China, trajo consigue la indefectible ruptura de relaciones con Taiwán a raíz de la política de “una sola China”, que sugiere que China Continental es representante legítima de China ante el mundo, por lo que las zonas de Macao, Hong Kong y Taiwán, son consideradas provincias que le pertenecen, por lo que deben regirse bajo las órdenes de Beijing. Esta práctica viene aplicándose desde 1971, cuando la República Popular China toma formalmente su lugar en la ONU reemplazando a Taiwán, que desde 1949 hasta finales de 1970 había sido reconocida como la representante legitima del pueblo chino.

Para comprender aquel cambio que marginó internacionalmente a Taiwán, habría que remontarse a mediados del 1971, cuando unos 17 países miembro de las Naciones Unidas solicitaron la restauración de los derechos legítimos de China Continental y su reconocimiento por la ONU, que habían sido negados al inicio de la guerra fría como represalia por temor de Occidente a la propagación del comunismo en Asia. Los miembros accionantes defendían el rol de la República Popular China como miembro fundador de la ONU y del Consejo de Seguridad, lo que finalmente fue aprobado en la resolución 2758 de la Asamblea General, el 25 de octubre del 1971, implicando en consecuencia la expulsión de la representación de Taiwán.

En principio Estados Unidos, que había sugerido una moción para evitar la expulsión de Taiwán de la ONU, la cual fue rechazada por votación en la Asamblea General, finalmente reconoció a China en 1979. Desde entonces, por tradición y respeto a la política de “una sola China”, ningún mandatario estadounidense había establecido contacto con el gobierno de Taipéi, salvo Donald Trump que aceptó una llamada de felicitaciones de la presidenta de Taiwán, decisión que puso en aprietos las relaciones entre Washington y Beijing.

A pesar de que la República Dominicana mantuvo relaciones diplomáticas con Taiwán hasta la semana pasada, desde mediados del 1997 el gobierno dominicano comenzó a fraguar lazos comerciales con China, gestiones que fueron encaminadas durante el primer gobierno del presidente Leonel Fernández, y en el cual nos representó el entonces Canciller, Eduardo Latorre. En aquel momento, la única condición propuesta por China para el establecimiento de una Oficina Comercial en nuestro país, fue el cierre del Consulado dominicano en Hong Kong.

Un dato que puede resultar irónico, es que para 1955 la correlación entre la República Popular China y Taiwán era totalmente inversa a la actualidad, pues mientras en aquel entonces Taiwán gozaba de pleno reconocimiento internacional, China Continental solo era reconocida por unos 23 Estados. Hoy por hoy, tras la ruptura de relaciones con República Dominicana, a Taiwán solo le quedan 19 aliados diplomáticos, entre ellos 10 latinoamericanos, que son: El Salvador, Honduras, Nicaragua, Haití, Paraguay, Belice, San Cristóbal y Nieves, y Santa Lucía.

Valiéndonos de la realidad de los países citados, con la salida de República Dominicana Taiwán perdió a su mayor aliado en la región, lo que le precipita aún más hacia una posición de aislamiento total. Pero lo cierto es que la influencia de Taiwán entre sus aliados, disminuyó notablemente luego del advenimiento del Partido Democrático Progresista, con Tsai Ing-wen, quien desde mayo del 2016 optó por implantar una política frontal y desafiante contra la República Popular China, lo que en parte reactivó el interés de China en consolidar su presencia en la región, enfocándose en piezas claves como Panamá y República Dominicana, ambas con economías boyantes y una ubicación geográfica estratégica.

Desde que perdió su asiento en las Naciones Unidas, Taiwán ha instaurado lo que vulgarmente se conoce como una “diplomacia de chequera”, basada en cuantiosas contribuciones económicas a cambio de reconocimiento diplomático. Sin embargo, el fin político de estas contribuciones económicas se ha visto enfrentada al pragmatismo y no interferencia política de China con sus aliados.

Terminamos por indicar, que a pesar de que el Ministerio de Exteriores taiwanés anunció el cese de los programas de ayuda e inversiones que tienen en el país, lo más probable es que se pueda acordar el mantenimiento de una Oficina Comercial.

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