Opinión

Antecedentes del Haití de hoy

Para entender en su magnitud la complejidad del actual proceso haitiano hay que dirigir la mirada hacia el pasado.

En diciembre de 1994, afirmamos: “Lo que sucede en Haití desde el regreso del presidente Jean Bertrand Aristide puede ser irreversible, aunque no se tenga claro hacia dónde conducirá”.

Y agregamos: “Al participar el 18 de noviembre pasado (1994) en la celebración de un nuevo aniversario de la batalla de Vertieres, el presidente Aristide hizo una ferviente llamada a la unidad entre negros y mulatos, al tiempo que denunció a sectores que en Haití intentan bloquear el proceso de democratización de la República. Si a ello se agrega el hecho de que para trasladarse de un lugar a otro el presidente se hace acompañar de un escandaloso dispositivo de seguridad de las fuerzas de intervención ya que siempre que pronuncia discursos en público tiene que hacerlo cubierto con un biombo blindado, hay que convenir en que aún se está lejos de una auténtica reconciliación nacional”.

El origen de ese drama empezó con las profundas contradicciones que se desarrollaban en el siglo XVIII en varios niveles de la sociedad; eso confería gran complejidad a la nación que, para entonces, se hallaba en estado embrionario. Las contradicciones frontales se daban entre los grandes oligarcas blancos y los grandes oligarcas affranchís o mulatos; entre estos y los pequeños blancos franceses; otro estadio de las contradicciones era entre cada uno de esos sectores y los libertos haitianos, y como telón de fondo estaba la mayoría de la población: los esclavos.

La primera gran víctima de esas luchas sociales fue el oligarca affranchí Vincent Ogé, quien organizó un movimiento contra los oligarcas blancos. Ogé murió despedazado por una gran rueda de hierro llena de puyas el 21 de febrero de 1791. Siete meses después, el 14 de agosto del mismo año, se produjo el levantamiento que dirigió el esclavo Bouckman. Vertiginosamente fueron incendiados cañaverales, ingenios y mansiones, así como degollados indiscriminadamente los amos franceses y sus familias. El antiguo esclavo Toussaint Lourverture, que en mayo de 1797 había sido designado jefe de todas las tropas militares de Francia en la colonia de Saint Domingue, enfrentó las rebeliones que en el Sur comandaba el general y oligarca affranchí André Rigaud.

Luego de vencida esa resistencia, Toussaint continuó impulsando el postulado de la Revolución Francesa de que todos los hombres eran iguales ante la ley. Para Napoleón Bonaparte, ése era un principio innegable en Europa, pero no pensaba lo mismo respecto a los esclavos de sus colonias. De ahí que enviara al Caribe a su cuñado, Charles Victoire Emmanuel Leclerc, a hacerle frente a Toussaint y a todo el movimiento social que sus medidas estimulaban. Toussaint fue apresado en forma fraudulenta el 7 de junio de 1802 y llevado a París. Murió en 1803 en la prisión Castillo de Joux; de forma parecida a como fue capturado después en Venezuela, el precursor independentista Francisco de Miranda, el cual fue enviado a Cádiz, España, en una de cuyas prisiones murió en 1816.

Tuvo tanto impacto en Haití el apresamiento de Louverture, que casi inmediatamente provocó el levantamiento de sus antiguos lugartenientes: Dessalines, Christophe y Pétion. El 1 de enero de 1804, proclamaron la República.

El hecho de que los restos de Toussaint, la figura política y militar más importante de su historia, hayan sido depositados probablemente en una fosa común de una aldea parisina y el que Jean Jacques Dessalines, el padre de la patria y primer presidente del país, fuera asesinado el 17 de octubre de 1806 y su cadáver arrastrado, descuartizado y apedreado por la masa popular, han dejado una huella indeleble en la conciencia de la nación haitiana.

El asesinato de Dessalines constituyó un aldabonazo tan fuerte para esa sociedad, que dividió al ejército en bandos irreconciliables; dio lugar a la presencia de dos Estados: uno encabezado por Alejandro Petión, mulato y republicano, en el centro y en el sur del país, con su capital en Puerto Príncipe; y el otro bajo la dirección de Henry Christophe, negro y monárquico, coronado como Henri I, establecido en el norte, con Cabo Haitiano como capital.

El reinado de Henri I tuvo también un final trágico: enfermo de parálisis y paralizada la economía del país, se suicidó en 1820 con una bala de plata en su Palacio de Sans Soucí. Tras una etapa de gobiernos republicanos, Faustin Souluque se proclamó emperador como Faustín I, el 25 de agosto de 1849, aunque fue coronado en 1852. Cuando tomó el poder en marzo de 1847, el antiguo esclavo apenas podía firmar, pues no sabía leer ni escribir; el día de su coronación designó 4 príncipes, 5 duques, 9 condes, 200 barones y 346 caballeros, títulos nobiliarios a los cuales sumó una Legión de Honor.

Souluque no tuvo el final trágico del emperador Dessalines ni del Rey Henri I, pero en 1859 una sublevación militar puso término al imperio, fue expulsado del país.

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