Hablan los hechos

Acuerdo nuclear: Otra víctima de la política exterior de Trump

Algunos lo catalogan como un empecinamiento enfermizo por sepultar a cualquier costo el legado de Obama, tanto en la política doméstica, como en la agenda exterior estadounidense. Son diversas las medidas adoptadas que sustentan esta conclusión, donde en poco más de un año de gobierno han desfilado por el despacho Oval con un destino incierto el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP); el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA); La Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA); la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible (Obamacare); la posibilidad de quitar financiamiento a la OTAN; y el Acuerdo de París para el Cambio Climático.

Lo inquietante es que la lista no acaba ahí, sino que la semana pasada se sumó uno de los más emblemáticos logros de la administración Obama en política exterior, el cual en su momento suscitó el elogio y tranquilidad de gran parte del mundo, pues abría las puertas a una nueva era de concertación y cooperación internacional. Nos referimos pues al “Plan de Acción Conjunto y Completo con los P5+1”, mejor conocido como el “Acuerdo Nuclear de Irán”, firmado entre la nación persa, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (EE.UU., Rusia, China, Inglaterra, Francia), y Alemania.

Remontándonos a su origen, podríamos indicar que el citado Acuerdo contó con un contexto favorable, donde para agosto del 2013 Irán elegía como presidente a Hasan Rouhaní, un musulmán chiita moderado, el cual se mostraba decidido a negociar con las principales potencias, la paralización y fiscalización de su programa nuclear, a cambio de que se le permitiera a su nación sortear las severas sanciones económicas, que le habían costado al Estado iraní unos US$ 160,000 millones entre 2012-2016. El proceso de dialogo, que tuvo una duración de unos 20 meses, generaba grandes expectativas en torno a las consecuencias que esto traería tanto para los implicados, como para Medio Oriente, donde Israel y Arabia Saudí observaban con gran recelo la posibilidad de que el fin en las sanciones alterara el statu quo regional a favor de Irán.

Los temores de los viejos aliados de Estados Unidos en la región no eran para menos, pues el Estado iraní posee la segunda y cuarta mayor reserva de gas natural y petróleo respectivamente a nivel mundial, lo que implica que de contar con un mercado seguro donde colocar sin impedimentos estos recursos, el crecimiento económico sería exponencial. Además, una preocupación central de los aliados ha sido el potencial nuclear iraní, que incluye la posesión de instalaciones de agua pesada, que puede ser usada en reactores nucleares y/o producción de plutonio para armas nucleares y centrifugadoras de uranio IR-1 e IR-2, todo dentro de un programa nuclear reactivado desde 1990, luego de haber sido suspendido a raíz de la revolución del 1979.

En esencia, tomando en cuenta la necesidad de evitar que Irán accediera a armas nucleares, estableciendo controles al enriquecimiento de uranio en sus plantas para limitarlo a un uso pacífico, el acuerdo arribado a mediados del 2015 comprendió los siguientes puntos: Irán se comprometía a deshacerse del 98% del material nuclear en su control, a no enriquecer uranio durante los próximos 15 años, y a eliminar dos tercios de las centrifugadoras; por su parte, las potencias acordaban auditar estas medidas, que de cumplirse tendrían por efecto un levantamiento de las sanciones económicas, y luego de 5 años también se suprimirían las sanciones a la compra de armas.

A sabiendas de que un no cumplimiento de lo establecido, conllevaría una reposición y endurecimiento de las sanciones, el gobierno iraní fue cumpliendo a cabalidad su encomienda, lo que pudo certificarse en cada una de las revisiones programadas del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Desde la consumación del acuerdo nuclear, Arabia Saudí e Israel han hecho ingentes esfuerzos por boicotear el éxito del mismo, usando el lobbismo en Washington como mecanismo de persuasión, que no tuvo éxito durante la gestión de Barack Obama, pero que ha tenido especial eco en la presidencia de Donald Trump.

Finalmente, sería el pasado martes 8 de mayo cuando tras un año y seis meses al frente de la Casa Blanca, el mandatario estadounidense cumpliría con lo que fue una polémica promesa de campaña, consistente en retirar a Estados Unidos de un Acuerdo Nuclear con Irán que consideraba “defectuoso” y “mal negociado”. Por si fuera poco, la decisión vino sin una alternativa que pudiera servir como “plan B” a los puntos acordados, al tiempo que reanuda de manera unilateral las sanciones que habían sido derogadas por la administración anterior.

Es aquí, sin embargo, donde da la impresión de comenzar a definirse una nueva política exterior estadounidense, ahora dominada por halcones afines a la visión de Trump, donde los intereses de poderes facticos que inciden a través del lobbismo en Washington, son los que están marcando el rumbo de las decisiones estadounidenses en materia internacional. De ahí que aspectos como la agenda contra el cambio climático, la balanza comercial contra China, la venta masiva de armas, las relaciones con Rusia y el statu quo de Medio Oriente, sean elementos sobre los cuales inciden directamente petroleros, industriales, la Asociación del Riffle y la Asociación pro-israelí (AIPAC).

Lo preocupante en torno a la retirada de Estados Unidos del Acuerdo Nuclear es que, dentro de sus limitantes, el convenio estaba funcionando y había demostrado sus bondades, por lo que más allá de estar a tono con los intereses de un sector de Washington, la decisión de Trump nueva vez ha puesto a Estados Unidos de espaldas al mundo y un curso diferente en la historia.

Sucede que tras las reacciones iniciales que incluyeron reproche, indignación y desilusión, los aliados de Washington en Europa, así como China, Rusia y el propio Irán, han dado un paso adelante para procurar la supervivencia del Acuerdo, solicitando la no interferencia de Estados Unidos. Existe el temor de que un fracaso en el Acuerdo lleve a nuevas confrontaciones en Medio Oriente, como advirtiese el exdirector de la CIA, John Brennan, y como en efecto han comenzado a suscitarse entre Israel e Irán dentro de Siria y Altos del Golán.

Los efectos de la decisión de Trump aún están por verse, al tiempo que Europa parece prepararse para encarar un nuevo destino sin el padrinazgo de Washington, donde Alemania emerge como la gran potencia del viejo Continente.

Al parecer el nuevo secretario de Estado, Mike Pompeo, tiene notable incidencia en la agenda exterior, pero ante decisiones que desvían a Estados Unidos de curso, citamos al mandatario francés, Emmanuel Macrón, cuando sentenció: “cerrar la puerta al mundo no detendrá la evolución del mundo”.

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