Opinión

Duarte, Espaillat y Bosch

La evolución, desarrollo y crecimiento del pensamiento político dominicano ya ha de tener registrado, dentro de sus páginas de oro, los invaluables aportes que, como entes políticos y democráticos, liberales y constitucionalistas, civilistas y educadores, intelectuales y oradores, éticos y morales, hicieron Juan Pablo Duarte, Ulises Francisco Espaillat y Juan Emilio Bosch y Gaviño, durante sus años de vida útil siempre a favor de los mejores y auténticos intereses de su patria.

Los dos primeros nacieron en el siglo XIX y el último en el XX. Para ellos, la soberanía nacional jamás podría estar ni en discusión ni en tela de juicio; y mucho menos que persona traidora alguna pretendiese ponerla en alquiler o en venta. Recorrieron las mismas sendas. Padecieron atropellos, persecuciones y encarcelamientos. Los tres fueron marcados por el desdichado exilio político. Sin embargo, a pesar de todas las vicisitudes y los desengaños, en términos político, ético y moral, sentaron cátedra dentro de la administración pública.

Nunca sucumbieron a las tentaciones propias del fenómeno de la corrupción administrativa. Jamás desprestigiaron el ejercicio de la política, siempre actuaron levantando valores inherentes a su conducta humana.

Cuando dentro de la historia política dominicana se hable, aferrado a la objetividad y alejado de todo apasionamiento posible, tanto de la ética pública como de la ética política, tendremos necesariamente que recordar y escoger como punto de referencia brillante, lleno de orgullo patrio, a Duarte, a Espaillat y a Bosch.

Innecesario se hace la utilización de algún instrumento óptico para visualizar, en todo su esplendor, la práctica política moralizante que siempre exhibieron. En ellos prevaleció el principio de hacer el bien y el de la justicia social. No se trataba simplemente de alcanzar el poder y la gloria. El deber ético-moral nunca dejó de estar en primer plano.

De hecho, a fondo debería estudiarse y propagarse las vidas ejemplares de estos tres patriotas dominicanos. Es correcto. Resultaría oportuno, para la salud colectiva de nuestra sociedad, que la presencia permanentemente de ellos, tanto en las instituciones educativas públicas o privadas (entiéndase niveles iniciales, primarios y secundarios, institutos técnicos y universidades) así como en la administración pública y en el sector privado, se convierta en una obligatoriedad. Ellos, indudablemente, se han convertidos en paradigmas a seguir por las actuales y futuras generaciones.

Cada uno, en su tiempo y espacio, supo forjar su personalidad, destacándose la honradez y la dignidad en todo el trayecto de sus vidas. Sus banderas éticas nunca llegaron a hacer contacto con la tierra podrida; jamás el irritante y repudiable fenómeno de la corrupción administrativa pudo vencer el temple de acero, inquebrantable, de estos célebres dominicanos. Como consecuencia, hoy día podemos de manera orgullosa afirmar que, tanto Duarte como Espaillat y Bosch, los tres campeadores de la decencia pública, supieron mantener el compromiso político basado en una ética pública inmaculada. Ellos vivieron para servir, jamás para servirse del poder público.

Es cierto. Puesto que estamos ante la presencia de tres grandes seres humanos reconocidos, respetados y admirados, por todos los estamentos de la sociedad dominicana y más allá; cuyas luces de inteligencias se vieron adelantadas a sus tiempos. Fueron tres hombres organizados y disciplinados en su accionar. Quienes, como filosofía de vida, decidieron practicar y sostener, bajo cualquier circunstancia, una conducta honesta, integra y de calidad; tanto dentro como fuera de sus responsabilidades como ciudadanos o servidores públicos.

Para desdicha de la República Dominicana, estos líderes políticos de las luces, fueron presidentes por corto tiempo. El primero, Duarte, apenas su proclama pudo durar 3 meses, o sea que ni siquiera llegó a gobernar; el segundo, Espaillat, tuvo un mandato que duró 5 meses; y, el último, Bosch, fue presidente constitucional por tan sólo 7 meses.

Los tres vivieron una vida sencilla, austera, prudente, sabia y, contra todas las desgracias, siempre apegada a los preceptos éticos. Los fondos públicos que pasaron por sus manos nunca jamás fueron dilapidados. Rechazaron, al unísono, a los míseros mortales, hombres infelices de espíritu y de compromiso social poco ético.

Conocieron amargamente el significado de la palabra perfidia, en carne viva sintieron las heridas profundas provocadas por el candente acero de la espada de la traición; todo lo sacrificaron en aras de ver a su patria libre e independiente. Sin embargo, ellos nunca traicionaron sus principios. Prefirieron el exilio y la hambruna antes que caer de rodillas y entregarles su dignidad a los hombres cobardes, portadores de las fuerzas del mal, cuyos destinos, en todo el trayecto de sus vidas, estuvo marcado en la diatriba, las malas influencias, el oportunismo político y la tozudez típica de las personas que no son capaces de mostrar el más mínimo agradecimiento.

La grandeza de estos dominicanos, auspiciadores de la ética y la transparencia en el ejercicio de la función pública, radica en que ninguno permitió que nadie, absolutamente nadie, dentro del litoral de la administración pública, se enriqueciera de manera inapropiada, a costa del dinero que no le pertenecía.

En realidad, sus pensamientos e ideales éticos, se han convertidos en paradigmas dentro del campo de la política y, de manera más específica, dentro de la administración pública. Por tal razón, tanto Duarte como Espaillat y Bosch, son más que merecedores de ser justamente llamados: los auténticos padres de la ética pública en la República Dominicana.

¿A dónde estaría hoy día nuestro país si estos tres hombres, gigantes de la historia, hubiesen gobernado por tan sólo un período de cuatro años cada uno?

El legado ético-político que ha dejado esta trilogía de patriotas; todos de una esclarecida inteligencia en América, a pesar de su ausencia física en esta tierra de Dios, ha continuado creciendo más allá del suelo patrio, como crecen en positivo los líderes cuando son reales. Ellos (Duarte, Espaillat y Bosch) lograron salir sin manchas negativas del juicio de la historia. Esa es la pura verdad.

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