Cultura

Deadpool 2, superhéroes e incorrección política

En una sociedad que se mueve entre elementos tan dispares como el Me Too, las cláusulas de inclusión o las cuotas raciales o la aparición de obras artísticas que no se ajusten a la corrección política son cada vez más escasas. Por eso podemos celebrar el estreno de Deadpool 2 como una bofetada a la artificial normalidad que se pretende institucionalizar en nuestra cotidianidad.

Los surrealistas como Luis Buñuel morirían de aburrimiento o tendrían dificultades para difundir sus creaciones en estos momentos, pues como le decía André Breton ya en 1955: “Es triste reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe”. Y cuando esta corriente hablaba de escándalos se refería a choques eléctricos contra la moral, el respeto o la tranquilidad de las pías conciencias de ciertos ciudadanos.

El pensamiento y las formas de comportarse de Deadpool están en la esquina contraria de los superhéroes impolutos como Superman y relativamente cerca del Batman más oscuro, pues la personalidad enmascarada de Wade Wilson asesina, mutila, dice palabrotas, saltándose la ley sin sonrojarse en lo más mínimo. Si su paladar es delicado, es amante del gran cine de arte o es devoto de la castidad, ni se asome a ver esta película.



Deadpool 2 trata de la vuelta del mercenario Wade Wilson, que arma un grupo de mutantes para proteger de caer en brazos del mal a un joven con habilidades sobrenaturales. Esta parte se enfoca en la familia y la defensa de sus esencias, aunque lo haga de una manera muy poco convencional.

Esta producción de Marvel y la 20th Century Fox está dirigida por David Leitch y el guion fue escrito por Rhett Reese, Paul Wernick, Ryan Reynolds, Rob Liefeld y Fabian Nicieza. La fotografía es de Jonathan Sela y la música es de Tyler Bates. Entre los productores se encuentran el mismísimo Reynolds y los antes mencionados Reese y Wernick.

Las actuaciones están a cargo de Ryan Reynolds, Josh Brolin, Morena Baccarin, Zazie Bets, Brianna Hildebrand, Bill Skargard, T.J. Miller, Terry Crews, Rob Delaney, Eddie Marzan, Lewis Tan, Julian Denison, que redondean el entorno del antihéroe bocón, dotándolo del necesario soporte para sacar adelante esta película de situaciones y diálogos muy poco convencionales.

Los antihéroes viajan en taxi

Wade Wilson -Deadpool- no deja títere con cabeza y esto es visualmente muy literal en este filme que no se distingue por respetar iconos o reglas sociales, pero que sin embargo se las arregla para dejar en claro ideas como las defendidas por Colossus, voz: Stefan Kapicic o las de su pareja Vanessa (Morena Baccarin) y esta última que funciona como la voz de su conciencia.

La película es más emocional de lo que parece y juega a que el espectador pueda detectar los motivos reales tras el accionar de Cable (Josh Brolin), un ser venido del futuro a una misión muy específica y obliga al díscolo Deadpool a juntar los elementos sueltos que le permiten entenderlo a él y a Vanessa. A veces hay que perder algo o a alguien para poder llegar al significado profundo de las cosas.

Un film hiperviolentoamoral, deslenguado y aparentemente cómico, puede ayudar a reflexionar sobre el origen de la violencia o el abuso sexual, mostrando o sugiriendo formas de reducir y eliminar tales azotes. La incorrección de Deadpool como la de los surrealistas, ayuda a visibilizar los comportamientos normalizados por la tibieza de las formas sociales.

Buscar en esta película una línea de interpretaciones intensas en la línea del Royal Theather de Londres o de algún método que produzca actuaciones sobresalientes, es perderse en el bosque al mediodía. Aquí se apuesta por las situaciones, los diálogos y un minimalismo expresivo que produzca una funcionalidad dramática. Ni Ryan Reynolds es un actor de método ni tampoco Josh Brolin está interpretando un personaje shakesperiano.

El personaje de Deadpool es una especie de Frankenstein construido con los despojos de la moral social imperante, de la política, los noticieros, la cultura popular y la cotidianidad del ciudadano nuestro de cada día. La correcta lectura de todos esos elementos ha ayudado a los guionistas, al director y a Ryan Reynolds como actor, a edificar un personaje tan cercano a nosotros, con sus virtudes y defectos, vicios y buen corazón. Usted y yo somos los referentes de ese Wade Wilson -Deadpool- que vemos en la pantalla.

Los papeles como los de Dopinder (Karan Soni) o Weasel (T.J. Miller) son personajes secundarios que funcionan como bisagras y su lugar en la arquitectura dramática es de una importancia capital, al igual que el de Domino (Zazie Bets) o el de Eddie Marsan como director del orfanato. Este conjunto de pequeños papeles bien definidos y actuados correctamente compactan el contenido de la obra.

Violencia y sociedad

Esta película está llena de referencias de todo tipo, musicales, cinematográficas, políticas, del comic o de la industria del entretenimiento, y es fácil perderse pues el guion lleva de una situación a otra sin pausa. Pero el director Leitch, los guionistas incluyendo a Reynolds, dejan muy claro el trasfondo social y las líneas de la acción sin dejar de darnos una tanda de balazos, destrozos y diálogos de una comicidad con mucho doble sentido.

Los ritmos narrativos están manejados con manos firmes y en ningún momento se notan altibajos que nos saquen de la atmósfera tan rigurosamente creada y mantenida a lo largo del metraje. Todo esto se debe al oficio del realizador y del equipo creativo, y no de la suerte, pues como afirma Deadpool: “La suerte no es un superpoder y tampoco es cinemática”.

Deadpool es un filme violento y desenfadado que se enfoca en la defensa muy atípica de la familia, muestra las consecuencias negativas del odio y de esa violencia, dejando muy claro sus planteamientos sobre el abuso sexual y la pedofilia.

David Leitch en la dirección y el personaje de Deadpool construido por Ryan Reynolds han elaborado un discurso estético que desde la incorrección lanza unos dardos muy significativos contra las poses y la falsa moral de la sociedad contemporánea.

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