Opinión

Una revolución moral

Hasta hace poco tiempo la corrupción no era un tema de importancia electoral a pesar de que los partidos opositores, con ánimos descalificadores o sincera preocupación, lo incluyeran en sus discursos y plataformas programáticas. Asuntos como el desempleo, la inflación y la seguridad ciudadana, allí donde la delincuencia común ganó espacios para sus tropelías, al punto de socavar la tranquilidad de toda una sociedad como ocurre por estos días en la República Dominicana, definían la elaboración de los mensajes de campaña, en razón de que en estos puntos se concentraba la población votante en sus reclamos de solución.

Hoy día la preocupación por la corrupción se ha convertido en tema central en nuestras sociedades. Y lo que parecía un recurso electoral, y por lo tanto cíclico, ha pasado a ser parte del debate cotidiano, alcanzando una “trasversalidad” tal, que su presencia se observa en el debate académico, científico, político, farandulero, deportivo, periodístico y religioso que se escenifica en el aula, los medios de comunicación tradicionales, las redes sociales, las asociaciones empresariales y sindicales; los clubes, las iglesias, los centros de trabajo, los medios de transporte; las calles y callejas.

No hay manera de ignorar una preocupación que llega a ruido ensordecedor, porque el flagelo que ha venido degradando la armónica convivencia social se está convirtiendo en norma, en un habitual atajo para el ascenso económico, para la violenta movilidad que se incuba en la falta de oportunidades que debe brindar un modelo económico con justa distribución del ingreso, y el ejemplo de enriquecimiento súbito e ilícito de individuos que, a pasar del origen de sus fortunas, se vuelven respetables.

Entonces la sociedad tiene delincuentes respetables que, por lo tanto, pasan a ser modelos. Pero ocurre que la respetabilidad otorgada por el dinero no les hace abandonar sus hábitos delincuenciales, por lo que sus actividades delictivas ensanchan sus ámbitos de acción creando cadenas de reclutamientos con eslabones en el barrio, en los partidos, en los grupos empresariales y sindicales; en los comunicadores y medios de comunicación completos; en los tribunales y demás poderes del Estado con redes entrecruzadas que crean una maraña tan confusa que las cabezas no son fácilmente identificables.

El chico del barrio necesita robar para comprar su “pinta” y sacar el peaje al policía de bajo rango que le extorsiona, porque éste a su vez, tiene que llevar una cuota a su comandante, que además está obligado a repartir con el coronel que tiene que seguir subiendo hasta el general. Así se va organizando el crimen que llega a la venta de sentencias, a la evasión de impuestos y contrabando empresariales que el político encubre a cambio de su “mordida”, un complemento que ayuda a la “acumulación originaria” engordada por vías distintas.

Este es el cuadro real, reforzado por un bombardeo externo que promueve la violencia, el individualismo y el dinero fácil, como elementos indispensables para el éxito; un retorcido esquema que convierte en valores acciones que dañan al prójimo, y con éste a toda la comunidad que se siente en el apocalipsis social, y demanda con sus reclamos de combate a la corrupción, aún sin tener conciencia de hacerlo, una revolución moral que reviente sus zapatas, porque ella genera exclusión y caos, y cierra las vías al desarrollo y la felicidad que es el objetivo último de un pueblo.

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