Como se observa en la dinámica cotidiana, la globalización, visto desde una óptica económica, ha ocupado la mayor atención de los estudiosos, académicos e investigadores de las ciencias sociales y en particular de la economía en las últimas tres décadas. Y ha de ser así ya que se trata del acontecimiento más trascedente en el ámbito comercial, financiero y tecnológico cuyo impacto gravita en la estructura cultural, económica, social y política de la sociedad en su conjunto.
Pero resulta que la globalización es un fenómeno multidimensional en el que se integran una gama de elementos combinados que transforman de manera sistemática lo esquemas culturales, ideológicos, societal y de los individuos e influyen en su forma de actuar. La era predominante se interpreta como una evidencia de la existencia de una política mundial que se orienta hacia una mayor interdependencia económica, cultural, política y tecnológica que es lo que ha definido la orientación actual a escala planetaria.
Tal situación es lo que explica que desde finales del siglo XX e inicio del siglo XXI puede calificarse como la época en que el mundo descontinuó con el aislamiento y el distanciamiento para migrar al encogimiento geoeconómico y geopolítico, fruto de la liberalización comercial y financiera que se ha registrado en las últimas décadas a una velocidad inimaginable. Pero donde se observan la presencia riesgos es en el orden económico global, diplomático, financiero, inseguridad desde el ciberespacio con el desarrollo indetenible de la tecnología.
También abundan las actividades de la vida cotidiana que están expuestas a riesgos en todos los niveles y a las tensiones inherentes a los mercados financieros, los cuales se han acelerado con la liberalización de los sistemas financieros y el ingreso de grandes sumas de capitales, en el marco de una expansión económica global. Todo esto es fruto de esta dinámica donde las economías emergentes han entrado en una fase de alta vulnerabilidad que han dado origen a la fragilidad y a los pánicos financieros sistemático desde en la década de los 90s.
El otro elemento fundamental son los indicadores de concentración crediticia, inadecuados niveles de tasas de interés, guerra de divisas y explosión a las crisis como está ocurriendo en Wall Street, en USA. Se trata de una expresión donde los mercados financieros han entrado en una volatilidad derivada de una situación especulativa que solo genera incertidumbre en la economía global.
Una reflexión sesuda conduce a interpretar de que en el siglo XXI estamos asistiendo a la denominada era del MAS, es decir, que se tiene más de todo, más gente, más urbana, más educada, más tecnología, más pobreza, más comercio, más migración, más protestas, más comunicación, más armas, más crímenes, más fanatismo religioso, en fin, más riesgos. En esa dinámica del más, según la ONU, 214 millones de personas más viven fuera de sus países de origen, un 37% más que hace 20 años.
También, las diásporas étnicas, religiosas y profesionales están cambiando el reparto de poder entre las poblaciones y dentro de ellas. Por tales razones, personas, tecnologías, productos, dinero, ideas y organizaciones tienen más movilidad y por ello son más difíciles de controlar.
El mundo transita por la era donde más de 5 millones de niños mueren de hambre en el mundo cada año, en tanto, la FAO estima que 852 millones de personas, el 54% en India y África, sufren malnutrición. Pero resulta que, lamentable, hasta que no se hagan los esfuerzos necesarios para luchar contra el hambre, a pesar de que los recursos necesarios para evitar con eficacia esta tragedia son minúsculos en comparación con los beneficios de invertirlos en esta causa.
Observar los costos económicos causados por el flagelo del hambre, para la FAO significa que el costo de los daños que causa el hambre en el mundo asciende a 22,500 millones de euros anuales. En adición, los costes indirectos de la falta de productividad y los ingresos perdidos durante la vida de esas personas, tiene una temible cifra que oscila entre 376.000 millones y 752.000 millones de euros, en términos práctica esto implica una postergación para mitigar este malestar social en la era del más.
Estar asistiendo a la era del más implica reconocer que más de 1,100 millones de personas carecen de acceso a agua potable y más de 2.500 millones de personas carecen de redes sanitarias en el Mundo. Resulta escalofriante observar que en los países en desarrollo viven 1300 millones de personas por debajo de la línea de pobreza, más de 100 millones de personas viven en estas condiciones en los países industrializados, y 120 millones en Europa Oriental y Asia Central.
En el caso de América Latina el número de personas pobres llega a 215 millones de almas vivas que desconocen que lo que espera en el futuro inmediato. En realidad miles de personas pobres en el mundo hacen innumerables acciones para salir de la miseria y de la pobreza, pero enfrentar este malestar se requiere voluntad política, mayor crecimiento económico, mejor distribución de la riqueza, más institucionalidad, más ahorro público y más inversión en la gente.