Durante el periodo 2002-2013 Brasil se convirtió en la octava economía del mundo, fruto de disfrutar de casi una década de un crecimiento sostenido con estabilidad Macroeconomica, lo cual convirtió a esta nación en la principal economía de America Latina. Sin embargo, en el 2015 Brasil sufrió la peor recesión de su historia al registrar una desaceleración en su PIB por el orden del -3,6%.
Con la implosión en el PIB, Brasil inició una crisis económica de grandes consecuencias que en lo inmediato fue acompañada de una crisis politica que ha desbordado los límites prudentes de la gobernabilidad. A pesar de que la crisis económica se debió a la caída de los precios de las materias primas y una caída del consumo y la inversión, el desenfreno de las convulsiones políticas unido a escándalos de corrupción se han traducidos en inconformidades con los esquemas de predominios democráticos que han tenido como consecuencias la judicialización de la politica y crear espacio para que el ultra conservadurismo acceda al poder político.
Los escándalos de corrupción trascendieron de manera descomunal con la investigación de la operación denominada “Autolavado” o lavajato, y el escándalo de corrupción internacional que implicó a la compañía nacional de petróleo (petrobas), la cual impulsó múltiples condena a dirigentes políticos y a la posterior destitución, injusta, de la presidenta Dilma Rousseff. Las consecuencias de tal situación ha sido la retaliación y condena a 12 años de prisión al ex presidente Lula, cuyos objetivos era inhabilitarlo para presentarse a las elecciones presidenciales de este octubre de 2018, expresándose de esta manera un disgusto y desconfianza en la población que se manifiesta en un repudio a la clase política de ese pais.
En la economía de Brasil se cuenta con abundantes recursos naturales y esta es relativamente diversificada, lo que se expresa en el hecho cierto de que este pais es el primer productor mundial de café, caña de azúcar, naranjas, y uno de los primeros productores de soja. En adición, se trata de un país que tiene la capacidad de atraer a un gran número de empresas multinacionales de la industria agroalimentaria y de biocarburantes, al tiempo que cuenta con el mayor volumen de ganado comercial del mundo.
La economía de Brasil está viviendo una situación muy desfavorable fruto de las perturbaciones en el desempeño de los diferentes sectores de la actividad económica, acompañado con convulsiones políticas que han lanzado a esta nación a un futuro incierto en el mediano plazo. Esta situación tiende a gravarse con la frecuente desaceleración trimestral de la economía que la mantiene en un círculo vicioso de recesión con altos niveles de inflación, dificultades fiscales y políticas, caída de las inversiones y elevada inestabilidad política.
El cuadro macroeconómico brasileño tiende a complicarse debido a que se ha proyectado que para el final del presente 2018 se tendrá una tendencia en el crecimiento del PIB de un 1,35%, el cual resulta inferior al 3% que se había proyectado a inicios de año. Por su parte, en dirección contraía esta el número de personas desempleadas o subempleadas que llegó en el primer trimestre de 2018 hasta 27,7 millones, el mayor nivel desde 2012 y que equivale a un 24,7% de la población económicamente activa.
El estancamiento en la economía de Brasil es de tal magnitud que apena salió en el 2017 de dos años de recesión, con un crecimiento del PIB de 1%, pero ya en el primer trimestre de este 2018 los indicadores señalan una tendencia al estancamiento o incluso una leve contracción, de acuerdo con el Banco Central. La dinámica económica de Brasil es extremadamente de un escenario de alta volatilidad, lo cual se expresa en que su moneda local, el real, frente al dólar se ha devaluado en torno a un 10% durante los primeros 10 meses del año, lo que se ha expresado en incertidumbre y desconfianza en el futuro inmediato, lo que se agudiza con el avance de la pobreza extrema de alcanzar a 14,8 millones de brasileños, fruto de haber aumentado en un 11,2% entre 2016 y 2017.
Brasil ha caído en una encrucijada con grandes dificultades para superar la combinada crisis económica y politica por la cual transita fruto de que sus cuentas públicas deterioradas por años de mala gestión y corrupción, una elevada deuda pública que representa el 77.3 % del PIB y un desempleo que golpea a los mas necesitados con un 12.1%, equivalente a 12.7 millones de brasileños. Esto pone de manifiesto una creciente desigualdad y un aumento del número de pobres, que subió de 17.1 millones en 2014 a 23.3 millones en 2018, lo cual es deprimente si se recuerda que una década atrás se consiguió sacar de la pobreza a 30 millones de personas.
La complejidad de la situación de Brasil es incierta en el futuro inmediato si se toma en consideración la potencialidad real de que el ex capitán del ejército y ultraderechista Jair Bolsonaro, este al frente de las cosas públicas. Brasil ha dejado atrás su “época dorada”, en la que disfrutó de una economía boyante y levantó la bandera de la lucha contra la miseria para entrar en una situación económica tambaleante y una nación que entrenara un desequilibrio en el poder político, lo cual equivale a decir que el fuego se está apagando con gasolina.