Actualmente, América Latina incrementa su importancia a escala global, en particular, Brasil y México, cuya participación en los diferentes mercados cada vez es más significativa que en períodos recientes. Las posibilidades y desafíos que surgen para la región latinoamericana, ante los procesos de transformación e inserción requieren una profunda y urgente adaptación concertada de manera conjunta a nivel regional.
Pero resulta que para poder avanzar en la formación de cadenas de valor regionales/subregionales e incorporarse a las cadenas de producción globales, donde las economías desarrolladas ocupan un lugar relevante, se hace necesario que América reoriente su modelo económico basado en políticas cortoplacistas. No obstante, algunas economías están avanzando en la modernización de sus exportaciones y asumiendo la transferencia, innovación, la inserción en cadenas de valor e internacionalización con el propósito de ampliar la presencia de sus industrias y servicios en el exterior, y con ello fortalecer sus relaciones comerciales y financieras.
América Latina está obligada a utilizar los avances en ciencia, tecnología e innovación que han alcanzado los países desarrollados con los cuales han sostenido vínculos económicos, financieros, comerciales y Diplomáticos. Se trata de los ejes sustantivos para el desarrollo y el mantenimiento de posiciones de liderazgo a los cuales no se debe renunciar para lograr un salto al progreso, estar en sintonía con los grandes cambios que se producen permanentemente y traducir los mismos al ámbito local.
Es en ese contexto que se hace urgente asumir los desafíos de colocarse en el carril que conduce a enfrentar los grandes flagelos económicos y sociales que ancestralmente han perturbado el salto hacia un desarrollo digno de la región. No es posible producir cambios significativos en América Latina con políticas asistencialistas y cortoplacistas que estimulen un crecimiento económico que auspicie una mejor distribución de la riqueza y desarticule la tasa general de pobreza que abarca a 184 millones de personas, esto es, un 30,2% de la población, y que 10,2% se encuentren en el lastre de la extrema pobreza, significando esto que 62 millones de personas que están en penurias.
Las cifras de la CEPAL puntualizan que en el 2018, la pobreza tan solo logró una disminución a un 29,6% de la población, esto es, 182 millones de personas, lo que significa dos millones menos, para toda la región, en relación al 2017. Esta disminución es poco significativa si se considera que cualquier Ciudad de un país posee más habitantes que esa cifra, como es el caso de Buenos aires, Ciudad México, Brasilia, Santo Domingo, Bogotá, Caracas, Managua, entre otras.
La preocupación mayor sobre el flagelo de la pobreza en América Latina es que la tasa de pobreza extrema se mantendría en 10,2%, es decir, 63 millones de personas, equivalente a un millón más que en 2017. La CEPAL ha externado la convicción de que ante los desafíos que se enfrentan con el fenómeno de la pobreza, se hace necesario impulsar políticas públicas complementarias de protección social e inclusión laboral y redistributivas en materia de ingresos.
El fenómeno de la expansión de la pobreza y el hecho de que la pobreza extrema no cede, está explicado en que se asiste a un contexto macroeconómico incierto, débil crecimiento, aumento de desempleo y debilidad institucional. Es en tales circunstancias que la CEPAL ha sido reiterativa de que es exigente reforzar la aplicación simultánea de políticas de inclusión laboral y social con sistemas de protección social que posibiliten erradicar la pobreza y disminuir la desigualdad.
Ante el indetenible predominio del fenómeno de la pobreza se hace necesario la implementación de políticas sociales orientadas con una vocación universalista que contribuya a la construcción de Estados de Bienestar con un enfoque sensible a las diferencias, procurando el norte de la igualdad y derechos, sin dejar a nadie excluidos y que abarque todas las edades. Para alcanzar tal objetivo, las políticas se deben vincular con los desafíos de cambios a la estructura productiva para alcanzar el desarrollo sostenible con igualdad.
A la Luz de la razón, el malestar que desfavorece la vida digna de una parte significativa de los latinoamericanos, está explicada por la ausencia de dotar de más recursos a la población en situación de pobreza extrema. Esto combinando con las violaciones a las leyes, a las normas Constitucionales, endeudamiento público excesivo, rigidez de los ingresos laborales y la debilidad en los sistemas de protección social son responsables de la tragedia por la cual se vive en la región de América Latina.
El panorama de América Latina es un tanto desalentador si se toma en consideración que el 2018 ha cerrado con un crecimiento económico global de alrededor de un 3,3%, que resulta inferior al 5,0% requerido para una economía que pueda enfrentar la inequidad económica y social predominante. En tal virtud, la otra cara de América Latina es un flagelo oscuro impulsado por el aumento de la incertidumbre sobre la dinámica de crecimiento futuro, lo que resulta desalentador ante la proyección de menores tasas de crecimiento del PIB para 2019 y 2020.