Opinión

Niñez: Futuro de la patria

Hay en la parte oriental del Gran Santo Domingo, República Dominicana, una urbanización bautizada con el nombre de Juan Bosch para honrar la memoria del extinto pasado presidente constitucional. En ese lugar también existe un hospital estatal con la misma designación. Allí fue conducida moribunda una niña de 19 meses, hija de una profesora de 30 años de edad. Narra el padre de la fenecida que una semana previa al deceso la menor cursaba con fiebre, manejada con antipiréticos. Tres días antes del fallecimiento, la hipertermia se acentuó requiriendo atención médica cuando se le administró 5 cc de acetaminofén, conjuntamente con un supositorio. Siete horas más tarde la temperatura ascendió a 40 grados, siendo llevada de nuevo a la emergencia y sometida a la misma fórmula terapéutica. A las 6 de la mañana, es decir 5 horas después de la última medicación es cuando es llevada en condición agónica al hospital Juan Bosch.

La autopsia mostró una infante bien desarrollada y con adecuado estado nutricional. Tenía un pronunciado edema cerebral, resultado de una inadecuada oxigenación. La tráquea, así como todo el árbol bronquial estaban repletos de un espeso moco. La pared de los bronquios lucía marcadamente congestiva con signos de inflamación aguda. Ambos pulmones estaban exentos de aire y contraídos, razón por la cual eran incapaces de oxigenar la sangre destinada a irrigar al cerebro y a todo el resto del cuerpo. En verdad la menor murió asfixiada gracias al espeso moco que cubría las vías respiratorias inferiores, debido a una traqueo-bronquitis aguda, probablemente de origen viral.

Cuando sometemos a un análisis crítico esta muerte infantil, nos vemos compelidos a concluir, basado en el fatal desenlace, de que la hoy occisa cursó toda su enfermedad sin un diagnóstico preciso y que por lo tanto fue manejada a base de calmantes para reducir la temperatura. De haberse determinado la razón del estado febril y auscultado el pecho de la paciente, el tratamiento habría sido distinto y probablemente obtendríamos una feliz recuperación de la salud.

El 4 de septiembre de 2018, en este diario publicamos el artículo “Quejas y píldoras”. Decíamos: “Pudiéramos considerar los signos y los síntomas como banderas de peligro que se levantan en la ruta de la salud de una persona, es decir son indicadores de que algo anda mal. La desgracia para el médico y también para el enfermo es la aplicación a ciegas de medicamentos para suprimir el dolor o la fiebre. Así escondemos una temprana señal de la dolencia; por ende, la enfermedad avanza sin que pueda detectarse a tiempo y atenderse de modo específico. La cultura popular es la automedicación y el manejo sintomático de los pacientes. Rara vez llega un niño a las manos del pediatra sin que se hayan probado infructuosamente una serie de tratamientos caseros… La educación sanitaria y la atención primaria cambiarán ese círculo vicioso cultural”.

A propósito del nombre del centro hospitalario y el sector donde aconteció esta muerte, leamos lo que escribió nuestro noble e imperecedero maestro: “Hay que preservar la salud del niño cuando todavía se encuentra en el seno de una madre; hay, en fin, que desarrollar hasta el máximo la aplicación de la medicina preventiva, y si no se hace así no podrá asegurarse la salud del pueblo”.

Es la niñez el futuro de la patria; ¡cui démosla!

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