Cultura

Una cinefilia tóxica

La etimología de la palabra cinefilia es tan clara que no debería hacerse mucho esfuerzo en aclarar su significado, pero la realidad actual es terca pues en la era de la sobreabundancia de la información tenemos más individuos desinformados que nunca, así el amor al cine o cinefilia se troca en obsesión, en apegos feroces a estilos o hacedores cinematográficos.

El arte en sí es susceptible de esos amores enfermizos o de pasiones tan obtusas que convierten el disfrute en dictaduras del gusto particular, excluyendo o enfrentando a quien no comparta las apreciaciones sobre personajes y obras. Los artistas son transmutados en dioses omnipotentes que no pueden ser contrariados.

Los cinéfilos que pertenecen a estas sectas construyen panteones y universos presididos por figuras inmortales, así Paul Thomas Anderson, Reygadas o Almodóvar, para solicitar este trío, dejan de ser directores de cine para ascender y destronar a Zeus, Osiris o Marduk, o a cualquier divinidad de pacotilla, para de esa forma pasar a regir el universo.

Una cinefilia tóxica

Establecer un diálogo fructífero o una conversación de fondo analítico con fanáticos como estos, es tarea poco menos que imposible, porque su objetivo no es escuchar ni intercambiar conocimientos e informaciones sino imponer sus verdades, aquellas que apuntalen la sapiencia de los dioses cinematográficos que adoran.

A estas sectas belicosas se unen otras con líneas más o menos pacíficas cuyos intereses se dirigen a dioses menores, a un cine comercial sin pretensiones, sin profundidad y con muy poco contenido. No es que usted no se entretenga con La Roca (The Rock), Vin Diesel u otros de esa estirpe, pero de ahí a nutrirse perennemente con esa dieta, lo más probable es que desarrolle una anémica fílmica irreversible.

¿Cinéfilos o haters?

Los amores de cine, como todas las relaciones, son amores difíciles, pero la vida está sujeta a transformación o asimilación, el pensamiento adquiere unas certezas y descarta otras. En mi caso, tuve una temprana etapa en la que detestaba el cine musical, para cientos de películas después empezar a amarlo.

Una cinefilia tóxica

Reflexionar sobre los productos culturales que se consumen, entre ellos los cinematográficos, es una regla que debe seguirse si no se quiere caer en el círculo vicioso del apego a contenidos engañosos, imágenes ilusionantes o ídolos de temporada. Mirar y pensar el cine es un paso para comprender este fenómeno cabalmente.

Estos degustadores intolerantes viven instalados en un pasado canónico y en la conexión a contenidos actuales que están supuestamente fuera del mainstream, una combinación que los convierte en contradicciones andantes. Sus búsquedas se centran en diferenciarse del resto de los espectadores, pero su insistencia de colocarse en los extremos, les hace excluirse del disfrute.

Las diferencias entre un cinéfilo tóxico y uno que realmente ama el cine, son de una obviedad aterradora. Allí donde el primero ve cánones inamovibles, el cinéfilo que realmente ama el séptimo arte observa con atención el discurso y la estructura de la obra para acercarse a ella y lograr esa empatía espiritual que un hecho estético honesto puede proveer a ese espectador sensible.

Una cinefilia tóxica

Investigar y documentarse son deberes ineludibles del analista o de aquel que desee deconstruir el hecho artístico compuesto de imágenes y sonidos llamado cinematógrafo. Los lenguajes y las estructuras solo están separados de la parte sensible para fines analíticos, formando un solo corpus, aunque el cinéfilo prejuicioso se empeñe en colocar el alma y el cuerpo fílmicos en lados diferentes, algo contra natura.

Amar o no amar el cine

Un cineasta y pensador como el cubano Julio García Espinoza dijo: “Prefiero un sentido imperfecto del cine a una perfección sin sentido. La frase va en contra del esteticismo elitista practicado por estos personajes. En el fondo, se confunden entre lo popular y el populismo, que evidentemente no es lo mismo.

La cinefilia tóxica es una desviación de aquel amor por el cine, sendero seguido por los cinéfilos que se abren a los parámetros estéticos, al disfrute y al intercambio de un arte que es un fenómeno colectivo, en su disfrute y hechura, por lo cual es imposible extraerle su ADN popular y confinarlo a las oscuras cuevas de los gustos solitarios y elitistas.

Humberto Almonte
Productor y analista de cine.

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