Opinión

Los valores en el aquelarre electoral

Una urna electoral debería ser un depósito de la conciencia ciudadana, un centro de acopio de voluntades; pero resulta que muchas veces es estuprada por el “tigueraje” carente de escrúpulos, que encuentra brechas en la falta de institucionalidad que permite las mancuernas entre personajes con antifaces de honorables (hasta con marcas de filantropía) y los que abiertamente exhiben su bajo mundo nocturnal, a suerte de la más olímpica impunidad.

Tanto se ha lastimado la voluntad popular y traicionado la confianza del elector; tanto se ha mentido, tanto han violado nuestras leyes los llamados a hacerlas cumplir; tanto han prometido, pactado, estampado firmas de compromisos y lanzado al aire palabras, muchas palabras, para agitar sus “constructos” y relatos acompañados de ademanes que procuran generar credulidad, que el público se siente en un teatro con actores que defecan en sus líneas en cada expresión actoral.

Todo se vale en el aquelarre electoral, desde escupir los más vergonzosos dislates frente al elector, hasta entrar en los más espurios acuerdos para alcanzar apoyos, poniendo los valores que compactan nuestra cultura nacional, y aquellos de aceptación universal, en zafacones donde la putrefacción comparte espacio con la falta de pruritos, escrúpulos y decencia.

Se quiere vender la idea, para ridiculizar a los que defienden el apego a lo institucional y el respeto a las reglas de juego, que estas son tareas para los patéticos que se envuelvan en ese tipo de cursilerías, en el que se apela a las ideas y programas comprometidos con la colectividad, porque lo que importa son las acciones pragmáticas que llevan a hacer lo que conviene en cada coyuntura, aunque se degrade el ejercicio de la política, como se ha venido degradando, en aras de conquistar o defender espacios de poder, en toda esta expandida lógica de concebir el poder como un fin en sí mismo.

La confusión que genera en la gente la apología al pragmatismo desalmado, y la campaña sutil que deja cuasi desarmadas las acciones políticas encaminadas a defender los valores y decencia en el ejercicio de la política, pone a una parte de la población en condiciones de no saber discernir entre el trigo y la cizaña ¡Ese es el objetivo de los malos! Y lo afirmo sin miedo a caer en maniqueísmos, porque para esta asevarción parto de las claras intenciones que persiguen unos y otros, en cuanto a los compromisos con el bien común, que es lo que nos ayuda a identificar la maldad.

La sociedad tiene un temperamento volátil; las masas se dejan llevar, pero en medio de la confusión y manipulación electoral del momento, la gente sospecha de los incoherentes y se va sumando a la conexión de praxis y discurso, como esperanza electoral.

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