Opinión

La política ajada: la realidad dominante

Alto, buen tipo, talentoso, con un excelente dominio de la oratoria, se convirtió en el bloguero más famoso de Estados Unidos. De hecho, hoy anda sobre los 500 mil seguidores, aunque ha tenido momentos mejores. Como periodista ha publicado reportajes que han concitado la atención de los lectores y le han granjeado mucha popularidad, aparte de haber publicado cuatro libros, con reseñas en los principales diarios y una fiel demanda en Amazon. Se le agrega lo de cineasta pues ha producido algunos filmes controversiales. Nativo de un pueblito de granjeros del Medio Oeste norteamericano, la pobreza de sus padres le llevó a residir en un albergue. A pesar de esta situación logró obtener una licenciatura en letras en la universidad de Illinois y luego un doctorado en jurisprudencia. Se llama Mike Cernovich y tiene 42 años de edad.

Con esta buena hoja de vida, se podrían hacer muchas cosas positivas, pero Mike se decidió por la realidad dominante. Se hizo bloguero para defender tres causas: ser antifeminista, creando incluso un movimiento de masculinidad –conforme su proclama- para defender los derechos de los hombres; se declaró nacionalista de los de armas tomar; y se inscribió en la nómina de la teoría de la conspiración, que es un elemento poderoso para una gran parte de la población mundial que se deja llevar fácilmente de narrativas inconsistentes y adulteradas sobre determinados hechos y personalidades. Y sobre todo, Mike decidió hacer de las fake news un modo de vida. Desintegrar la verdad, otorgarle un puesto de relevancia a la mentira, terminaron constituyéndose en la pasión de este personaje cuya presencia en las redes resultó determinante en las elecciones estadounidenses de 2016.

Cernovich creó algunas noticias falsas que hoy se toman de ejemplo en centros de estudios políticos de universidades de prestigio, para explicar la conducta desinformadora, sus alcances y peligros. Anotemos algunas de sus más famosas fake news. Creó un hashtag (#HillarysHealth) asegurando que Hillary Clinton era candidata a morir, pues se encontraba muy enferma. No pasa de dos meses, afirmaba. Promovió otra mentira contra los Clinton: divulgó la famosa historia del pizzagate donde afirmaba que tanto Bill como Hillary manejaban una red de esclavitud infantil cuyo centro estaba en una pizzería de Washington. Inconforme aún, afirmaba que los Clinton eran clientes habituales de ritos satánicos con base sexual. Millones le creyeron. Sobre todo, los que son habitué de las desinformaciones y las propalan como hechos ciertos e incontrovertibles. Ya Cernovich era famoso por sus blogs antifeministas, la derecha lo amaba y sus falsedades con tintes electorales, con todo y las detestables arrugas que las adornaban, se tornaban creíbles para una masa nada despreciable de electores. Donald Trump pidió para él un Pulitzer en 2017. No tengo que decir nada más.

La posverdad, una palabrita nueva que esconde una realidad añeja, ha terminado marchitando el ejercicio político. Las mentiras, las desinformaciones, existen desde hace siglos. Las que propagaron judíos y romanos sobre Jesús siguen aún vigentes. Otras muchas que marcaron edades y se introdujeron en las biografías de grandes personalidades históricas, continúan siendo creídas por mucha gente. La desvergüenza de una falsa historia, la mediocre intención de una mentira, la divulgación de una falacia bien estudiada, no es ya tan solo un punto fuerte en el haber político de nuestros tiempos. Es algo más: una estrategia. Por eso, se aduce que probablemente esté muerta la verdad desde hace rato. Hace sólo tres años que los diccionarios Oxford la escogieron como palabra del año. Y en tan poco tiempo, han crecido sus oficiantes en todo el mundo. Cuando la acuñaron, la palabrita era desconocida obviamente, pero los hechos que la registraron, no. Llegaba al uso con nombre propio, porque ya era de utilidad común su significado. La verdad comenzaba tal vez un periodo posmorten y sus consecuencias habrían de ser, con prontitud, demoledoras.

Los estados totalitarios se han creado sobre la base de la desinformación, de discursos preñados de mentiras que terminan siendo aceptados por la ignorancia o el constante fuego de las proclamas, y diseñadas por personas con aires intelectuales, talentosas, digamos tal vez inteligentes. Se necesita ingenio, amoralidad, total desprecio por las consecuencias, para propagar una mentira que contenga tantos ingredientes relevantes como para que pueda cercenar el criterio y eclipsar la verdad. No otra cosa es la posverdad. Los estudiosos del fenómeno explican que la posverdad destruye los hechos objetivos y estos terminan influyendo a la opinión pública apelando a las emociones y a las creencias personales. Tratadistas de vieja data han sabido siempre que la mentira es un mecanismo de sojuzgación y consolidación de los Estados autoritarios. Un oficiante de esta “técnica” o narrativa del pensar retorcido, lo fue Joseph Goebbels, creador de los once principios de la propaganda nazi. La verdad es la primera realidad que hay que torcerle el pescuezo para establecer un régimen de autoridad férrea, cuya base es la mentira bajo el dibujo de promesas y logros nunca alcanzables.

Estamos conociendo un proceso de subversión de la verdad. La mentira logra cotas de audiencia. Y, lo que es peor, de indulgencia. El ignorante consciente y el ignorante voluntario aceptan ser engañados o disimulan el engaño bajo la lupa de su fe en el discurso de la mentira, falsificando los hechos y manipulando la certeza de la realidad. “La posverdad –afirma McIntyre- no es tanto la afirmación de que la verdad no existe, sino la de que los hechos están subordinados a nuestro punto de vista político”. En consecuencia, la “receta de la dominación política” es construir una posverdad bajo el manto de determinada supremacía ideológica “a través de la cual sus practicantes tratan de obligar a alguien a que crea en algo, tanto si hay evidencia a favor como si no”. El caso, y es lo grave, no es exclusivo de la política. También, la ciencia, el ejercicio empresarial, la dominación de clases (que pervive en silenciosa crudeza), desechan en no pocas ocasiones la verdad para sostener desde la mentira determinadas acciones. No es, pues, que la verdad experimenta un desasosiego cognitivo. Es que la verdad, con sus formas cambiantes (los hechos no son nunca totalmente objetivos) declina su poderío ante la fuerza de la mentira que ha encontrado como nunca antes un aliado impensable hace apenas una década: las redes digitales, que son su soporte más contundente y que ha ido produciendo un desnivel en la información ante la caída abrupta –obligada a readaptarse- de los medios de comunicación tradicionales.

Unas décadas atrás, en el periodismo se discutía la tesis de la verdad objetiva. Unos la defendían como la columna vertebral de la veracidad en el trasiego informativo. Otros dejaban claro que no podía existir objetividad absoluta en la prensa porque quienes trabajaban la noticia eran seres humanos con criterios políticos y con bases ideológicas diferentes. Los nuevos tiempos han dado la razón a los últimos, a un nivel de que hoy muchos de los que defendían la primera tesis se enseñorean en la práctica de lo que, impropiamente, llamaremos verdad subjetiva. Toda noticia tiene un color distinto. Y ese color, que puede modificarse a voluntad, es el que marca la pauta de la información que se desea hacer llegar. CNN tiene una forma de redacción y propagación de la noticia con un tinte específico, diferente por ejemplo a Fox News que “pinta” su información con otro color. Y es que las fake news no es invento de ahora. No la trajeron al escenario las redes sociales, aunque esta sea hoy una aliada incondicional y potente. Las noticias falsas vinieron con la misma noticia. Estuvieron juntas desde el principio, como almas gemelas. La objetividad periodística ha sido siempre una falsía. Al asociarse con la política, o con el ejercicio partidario en específico, las noticias falsas han fragmentado la información afectando a la verdad. Y la pelea contra esta realidad dominante que ha creado una política ajada, debe ser frontal. Mike Cernovich se ha hecho famoso por construir mentiras al servicio de la política. Pero, aún es posible desafiar esa realidad y rehabilitar a la verdad. Al fin y al cabo, los hechos sobre la realidad sólo se pueden negar durante un tiempo.

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