Opinión

A la democracia hay que empujarla

Probablemente, cuando nos explicaron su significado nos la pintaron utópica. Era un sueño. Una posibilidad abierta para la esperanza. Aquellos primeros años –tal vez fueron sólo meses– en que, imberbes aún, escuchábamos las proclamas de algo que nuestros padres y abuelos nunca conocieron. Todo hubo de parecer casi una fantasía. Vendrían tiempos cálidos. Venceríamos los años duros de la dictadura para ambular por espacios holgados. Cabalgaríamos sobre los lomos de la libertad. El progreso caminaría a sus anchas. Los miedos no tendrían espacio en las nuevas auroras. La democracia –porque era ella– nos cambiaría los rumbos para que nunca más se torcieran. Para algo había servido el sacrificio de los hombres del 59, las luchas de la resistencia callada, el ajusticiamiento, los héroes que dejaron su vida en el camino para que se cumpliese aquel sueño.

Confieso: era un niño, no podía entender mucho, pero en mi casa, en las viviendas de nuestros vecinos, en la diáfana alegría de los rostros de viejos y jóvenes de entonces, en la euforia general, atisbaba algo que podía entender bonancible. El panorama había cambiado. Se mostraba solícito. Pronto, muy pronto, aparecerían en estos nuevos caminos las apetencias, los liderazgos inauténticos, los rencores, las perfidias, los temores, los fraccionamientos sociales, el desguañangue político. Se malquistaron los sueños. Empedraron de dolores los caminos que antes se anticiparon anchurosos. La democracia era un haber por cumplirse y no exento de sorpresas inimaginables. El zarpazo llegó una madrugada de septiembre y, a partir de entonces, todo cambió. La ignorancia política de un pueblo que durante tres décadas vivió en la oscuridad, la abyección y los miedos que inhabilitan pensamientos (la pobreza no alcanzaba para pensar futuros) no podía detener el desenfreno autocrático de los que entendieron que la democracia era práctica de una vía, reservada a los altos dominios sociales y políticos. Y todo ese desenfreno, con algunos interludios, continúa hasta hoy.

Tuvo que pasar mucho tiempo, después de tantos episodios desiguales que nos enseñaron que el sueño democrático que naciera a finales del sesenta y uno no era real, para conocer que la fuerza principal que domina el mundo es la mentira y que la democracia es un bien que se ha repartido mal en todo el planeta. Entre nosotros, para quedarnos en lo particular, la democracia no había triunfado. Se tomó su tiempo. Los dirigentes nos la escamotearon. Sabemos quiénes. No es necesario contar de nuevo la historia. Nos la escamotearon. Y la libertad no fue más que una vil comedia. Un paso en firme hacia la tragedia. Pero, a pesar de todo, el discurso democrático siguió su andadura. Le agregaron apellidos diversos, pero siguió su rumbo. Cada cual planteaba su propia “democracia”. Y la rebeldía quedó sembrada. Y las utopías ocuparon su lugar. Y las esperanzas se debilitaron. El escape (“Todos vamos a Nueva York”), el descontento, la hartura de discursos vanos y de experiencias mustias, llenó de insatisfacciones el granero. Y la democracia fue responsabilidad sin destino, la agorera perspicacia de los sapiens que en su trajinar teórico estrujaron los individualismos, el horror de la falacia, el tremendismo de los aparatos burocráticos y represivos. La democracia fue un código de proezas marchitas. Había nacido un nuevo códice: la democracia marrullera.

La reputación de la democracia comenzó a sufrir deterioros. Y no fue tanto la obra de dirigentes y de liderazgos maltrechos. Fue también la individual deshonestidad humana. Se predicaban evangelios que nunca eran honrados. Verbos sin sustento. Hechos que fulminaban promesas y propósitos. Y donde más se demostraba el desprecio a la democracia era, justamente, en su marco central: la escogencia de sus representantes en los diferentes poderes del Estado. Y luego, luego, más luego, podíamos volver a hablar de ella, reconstruirla, amamantarla. Obvio: a domeñarla. Y volvíamos a nuestros quehaceres diarios, al afán de asegurar el condumio, a la vida cotidiana y sus meandros. Y la democracia esperaba. Porque siempre ha estado esperando.

Cuando murieron las utopías, cuando las ideologías se desangraron, sólo quedaba ella o el autoritarismo. La democracia o que entre el mar. Y hoy sabemos con toda certeza cómo ha entrado el mar, con sus mareas gigantes de absolutismo, en antiguas democracias que fueron frenadas por la incapacidad de hacerla más viva y auténtica, y por las olas de dirigentes que contribuyeron con sus acciones mutiladoras a que desfalleciera, hasta sucumbir. Otros espacios geográficos, como el nuestro, con vecinos que nunca han conocido plenamente, y tal vez desaparezcan sin conocerla jamás, la democracia aunque sea precaria, hemos caminado, casi con fórceps en no pocos capítulos de la historia posdictadura, sobre el sueño democrático. A veces, una realidad que nos espabila; otras, una dialéctica que nos luce de mediano o largo plazo, que nos espanta. Pero, hemos vivido una democracia a la criolla, mucho mejor que otros países latinoamericanos. Y se han construido peldaños de progreso que están a la vista. Y se han levantado obras de bienestar y sosiego que no admiten discusión. Pero, la democracia no termina de institucionalizarse. No concluye su periplo. La democracia marrullera, la democracia espía, la democracia-chantaje, ha sido norma. Entre nosotros, la quisiéramos mejor. Pero, a la democracia hay que moverla para que baile. Hay que lavarla para que huela bien. Hay que sanarle sus heridas, las que se les infringen a diario. Hay que sostenerle sus derechos y arbitrios, los que se les violentan en cada hecho tortuoso, en cada bofetada que se le infiere, en cada desvarío que la frena. Si la democracia es coaccionada, puede perecer. Si se crean condiciones para forzarla a no ser, desaparecerá. Si arriba o abajo no se le considera grata, y en su lugar los odios infames, la autoridad sin frenos, el desorden acumulado, la presencia perenne de los lobos, el irritante delirio de la ignorancia, constituyen el ardid con que se manejan los pueblos, nada impedirá que la mentira gobierne nuestros instintos y que la verdad democrática sea no sólo una quimera, sino una vulgar hipocresía.

La democracia no puede ser llevada al rincón para apretarla. No deberíamos apresarla con la desinformación, los hechos manipulados, el populismo barato, la certeza de que hay tribus invencibles en la selva política. Nosotros o el caos. Es una máxima que se ha puesto en práctica en varias geografías. Y ha entrado el caos. Millones de emigrantes en busca de nuevos destinos lo confirman. Pero, hay otra cara, o dos: la de la información acomodada, interesada, subalterna, que contribuye a imponer el caos predecible. Y una poco abordada: la de los jóvenes de nuestros tiempos a quienes los ideales que los guían –hay valiosas excepciones- se sustentan en códigos ajenos a los de la política y, por inferencia, a los de la democracia. “Pana, con qué se come eso”. No importa que sean popis o wawawa. Aunque, el presumido esté afinando puntería con arma diferente a los muchachos del barrio que tienen otra lógica para la sobrevivencia. La democracia es una bachata que se baila pegao con la bastardía. Lo deleitable con lo sinuoso. Jerga intelectual que no define nada. La democracia se queda en veremos.

He de pensar que es tiempo para que la hagamos crecer y detengamos su declive forzoso. A veces, creo que los medios de opinión no se dan cuenta del desaliño de nuestra democracia. A la democracia hay que empujarla para que se cuide y crezca. Empujarla no para el rincón, sino hacia el avivamiento. No es apambicharla, es merenguearla. Que se reanime, que se encienda. El gurupié ha hecho mucho daño a nuestra democracia. El servilismo. La obtemperancia. El bajarse el calzón. El guabineo. La democracia merece empuje. Es un deber de la hora. A la democracia o la empujamos ahora para que reviva, o tal vez no lo sea ya por mucho tiempo. Habremos perdido la apuesta y las generaciones por venir la desconocerán o volverán a escuchar hablar de ella con esperanza, sin conocer sus recovecos, como fue el caso de mi generación. No dejemos que nuestros jóvenes de hoy y de mañana desdigan de su significado y, a lo mejor -doloroso habrá de ser- cuando mencionemos su nombre solo atinen a expresar: “¡Guácala!”.

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