Opinión

Adiós muchachos

Toda obra humana, salvo la que se escribe desde los dominios de la divinidad, tiene exordio y epílogo. Apertura y cierre. El exordio abre el camino y señaliza el horizonte. El epílogo se traza cuando se concluye el proceso. Y todo proceso, sobre el camino, va sufriendo percances, deterioros, rompeduras, distanciamientos con el origen y sus formas. Los principios se vuelven casi invisibles. Para observarlos se necesitan catalejos. Y aún así, borrosos. Cuando se tuercen los rumbos, cuando las distancias entre los miembros de un conglomerado se expanden y casi es imposible mirarse uno al otro, cara a cara, es hora del epílogo. Cuando se han ensanchado las diferencias, cuando la faena entre todos se dificulta, cuando las ojerizas pasan de los conciliábulos al dominio público, cuando las fobias que se salvaban con sonrisas y puños cerrados elevados al viento se erigen en soberbias celadas, en garras que lastiman el cuerpo de viejas luchas y haberes, se apresura la llegada del último instante. El espacio compartido por décadas ya resulta estrecho y ajeno.

La dialéctica entra en juego cuando es hora de confrontar razonamientos y buscarle nuevos espacios a la verdad. La dinámica humana se nutre de las confrontaciones argumentales y de los desafíos coyunturales. El episodio mismo de la vida, con sus beligerancias, desacuerdos, inconveniencias y naufragios, es obra, secuela y ejercicio dialéctico. Todo lo que se le contraponga, es mera falsía. Impostura. El hombre está llamado a abrir y cerrar ciclos. La inmovilidad es un desacierto. Lo estático es, justamente, la antítesis de la dialéctica. Quedarse fijo en un espacio del tiempo o de la vida contradice la realidad. La adultera. Es muy guarro quedarse en el lugar donde el detritus nos arrolla.

“Todo problema político –habla Juan Bosch– debe ser visto en desarrollo; es decir, debemos verlo como es y como va a ser en el futuro inmediato y también como va a ser más tarde e incluso como serán sus partes cuando se descomponga. Si un problema político –sigue hablando Juan Bosch– no se ve así, en su proyección hacia el futuro, no sabremos nunca adónde nos conducirá lo que vamos a hacer, lo que estamos haciendo o lo que hacen otros, incluyendo en estos a nuestros amigos y a nuestros enemigos. Ver el problema en sus distintas fases –Juan Bosch sigue hablando– es ejercer el análisis desde el punto de vista estratégico. El que ve así los hechos políticos lleva mucha ventaja sobre los que ven los hechos como si fueran estáticos, es decir, como si se conservaran siempre igual, lo cual es antidialéctico. La organización es un hecho social y por tanto es dialéctico, y hay que ver los planes organizativos en proceso de desarrollo”.

Cuando hay “demasiados miasmas, enorme cantidad de gases mefíticos en el ambiente” (y me robo un decir de Moscoso Puello), es poco o nada lo que puede hacer un ser humano para sostenerse en pie en ese espacio azufrado y maloliente. Cuando se malogran las posibilidades de encauzar la cosa pública en sentido cuerdo (y ahora me valgo de Miguel Ángel Monclús) y el país –o la política, para ser más directo– se reconvierte en olla de grillos, en “fandango de discordia”, es poco o nada lo que puede hacer un ser humano para continuar en la fiesta y seguir creyendo en que la charanga tapará los huecos y volverá a renacer la perspectiva de la buena voluntad. Hay polvos que traen fangales. Cuando la lluvia ácida que ha caído por años empapa las vestiduras de lo que una vez fue sueño y fraternidad –la esperanza entonces sobre los rieles del futuro–, no hay otro modo que no sea el de desvestirse sin sonrojos, antes de que la piel se incinere.

Partir, cerrar las puertas de tu casa donde has vivido muchos años, quizás los mejores de tu vida, poner los cerrojos, dejar la nostalgia fuera, es un acto dialéctico, sobre todo cuando la casa comienza a sentir el peso de la discordia entre sus muros, la falta de unidad en la familia, la insalvable propiedad común cuando el hábitat se sustentaba en principios y en la naturaleza propia de las estrategias y las tácticas para alcanzar objetivos leales a los términos bajo los cuales se levantó ese espacio. Cuando las discrepancias, las intrigas, las confabulaciones, las pláticas de tertulias secretas, las ambigüedades dirigenciales, el ninguneo, el irrespeto, obliga a tomar decisiones heroicas, el sujeto humano enfrenta una nueva realidad tornada de claroscuros. En cualquier terreno y circunstancia de la vida. Si esto ocurre específicamente en el campo político, hay que soltar amarras y salvar el momento álgido con el acopio de experiencias y saberes que abran las compuertas del destino hacia una mejor interpretación de los hechos y sus consecuencias. ¿Riesgos? Sí. Pero también, oportunidades. Toda experiencia nueva es, justamente, eso: contingencia, albur. Pero, la oportunidad es la coyuntura, el trance que permite poner en ejecución las virtudes, el dominio de las emociones, la superación de la realidad misma. Si por delante hay una estrategia fundada en valores concretos, en propósitos definidos, en realizaciones fecundas, la táctica completa armónicamente la decisión tomada. Ningún hombre inteligente se sustrae a esta certeza. Un cambio puede –debe– modificar el destino de un hombre, de un conglomerado, de una nación. La contingencia se convierte en oportunidad de avanzar hacia nuevos estamentos de realización personal y colectiva. Sobre todo si en el espacio del contrario comienzan a observarse las ruinas.

Juan Bosch en “David, biografía de un rey”, escribe: “A medida que el poder de un hombre crece en extensión y en intensidad, va reflejándose dentro de él con fuerzas destructoras. Es como si el eco de ese poder se recogiera apuntando directamente al alma del que lo posee y fuera demoliéndola poco a poco. El poder que descansa en hombres y riquezas sometidos deforma y debilita al que lo ejerce”. Y el mismo don Juan –qué fortuna la de su pensamiento certero y diáfano- anota: “Los insultos y las infamias de los contemporáneos dan a menudo con más frecuencia que los elogios la verdadera medida de los grandes hombres: a mayor altura del campeón, mayor saña en el improperio”.

Para enseñorearse en los espacios infinitos, a veces con firmeza y sin nostalgia, fija la frente hacia el horizonte abierto, hay que decir adiós. Y recomenzar. Salir del fandango de discordia que abruma, que espanta, que encadena. Decir adiós a los muchachos de la barra querida de otros tiempos, ya sepultados. Emprender la retirada, alejarse de la mentira y el agobio de la muchachada encanecida que montó, hace rato, el potro salvaje de la apostasía; la muchachada que desertó de los principios, manoseó la historia de un colectivo y en el acarreo cotidiano olvidó la trascendencia de sus desafíos. ¿Seguir en el pasado? Un absurdo. ¿Comer en la misma mesa? Hace rato que se violaron los horarios y en el almuerzo han cambiado la pitanza. No hay otra forma: hay que decir adiós a los muchachos. Contra el destino nadie la calla. Se terminaron ya todas las farras. El cuerpo político no resiste más.

Nadie puede ser fiel a un mundo que ya no existe. Nadie puede seguir cubriéndose bajo la sombra de vituperios escogidos, de conspiraciones urdidas, como dice Sergio Ramírez. La gavilla le torció el rabo a la historia y sus aliños. Otra aventura de oportunidades abiertas se inicia. Pronto, muy pronto, el tiempo, el gran escultor como diría Marguerite Yourcenar, hará su obra. Llegó la hora de decir adiós.

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