Por: Margarita Cedeño | Cuando hablamos de economía del país, los debates se centran en cifras, proyecciones y conceptos técnicos: crecimiento del PIB, inflación, déficit fiscal, tasa del dólar o balanza de pagos. Pero pocas veces nos detenemos a analizar cómo esos números se traducen en la vida cotidiana de la gente más vulnerable porque para quienes viven en la pobreza, la economía no es teoría ni estadística; es la lucha diaria por sobrevivir.
Para una familia pobre, la economía significa decidir entre pagar el transporte o comprar medicinas, entre enviar a los hijos a la escuela o que se queden en casa para ayudar con el sustento. Es el precio del arroz y el pollo en el colmado, el costo del gas, el pago de la factura eléctrica o la posibilidad de encontrar un empleo, casi siempre informal.
Una familia pobre suele carecer de una propiedad o capital que les permitan acceso a crédito, no cuentan con redes de apoyo, ni priorizan su educación o su salud porque su necesidad básica es la alimentación. Su participación en la economía se da desde la desventaja, ya que, para muchos, el único recurso disponible es la venta callejera, los trabajos precarios o los préstamos informales a tasas abusivas.
De acuerdo con la CEPAL, más del 30 % de los latinoamericanos vive en condiciones de pobreza, y la mayoría de ellos trabaja en la economía informal. Eso significa que dependen de ingresos inestables, sin seguro médico, sin pensión ni garantías de continuidad. Cada enfermedad, cada ciclón o cada despido se convierte en una catástrofe que puede arrastrar a toda la familia a la miseria.
Pero también, esa situación de pobreza tiene rostro de mujer, las que soportan una doble carga: generan ingresos en la informalidad y, al mismo tiempo, sostienen la economía de los cuidados. Dedican horas al día a criar hijos, atender ancianos o cuidar enfermos, un trabajo no remunerado que sostiene la vida, pero que no aparece en las cuentas nacionales ni genera derechos sociales.
En este contexto, el comportamiento del dólar se convierte en un factor crucial. Cuando el tipo de cambio sube, los más pobres son los primeros y más golpeados. En países importadores como el nuestro, un dólar caro significa alimentos más costosos, porque buena parte de la canasta básica depende de productos importados o de insumos traídos del exterior; medicinas y materiales de salud encarecidos, aumento en combustibles y transporte, en fin, se genera toda una espiral ascendente de costos y precios.
Y el resultado es claro, los salarios, que ya son insuficientes, pierden poder de compra, los pequeños negocios ven reducidas sus ganancias y las familias pobres enfrentan un encarecimiento inmediato de su vida cotidiana. En otras palabras, mientras algunos sectores pueden cubrirse con mecanismos financieros o salir beneficiados por el tipo de actividad económica que realizan, los pobres pagan de forma directa y sin amortiguadores el precio del dólar alto.
Frente a esta realidad, la respuesta no puede ser únicamente asistencial. Los subsidios focalizados cumplen un papel importante en momentos de crisis, pero la verdadera transformación llega con políticas que promuevan inclusión productiva, educación de calidad, empleos dignos, acceso a salud, tecnologías, vivienda y crédito justo.
El Nobel de Economía Amartya Sen, a quien trajimos al país como Vicepresidenta, lo explicó con claridad, “el desarrollo es, en esencia, la ampliación de las libertades”. La verdadera riqueza de una sociedad está en la capacidad de las personas para decidir sobre sus vidas, en la mejora constante de la productividad y en lograr cohesión social.
La economía para los pobres es la medida más concreta de si un país está avanzando o retrocediendo. Allí donde los precios de la canasta básica suben más rápido que los salarios, donde un dólar alto castiga sin misericordia a los que menos tienen, donde los cuidados recaen de manera invisible sobre las mujeres, allí la economía deja de ser motor de desarrollo y se convierte en un círculo de desigualdad.
El gran desafío de nuestros Estados es construir una economía inclusiva, que no se limite a administrar la pobreza, sino que abra caminos reales hacia la dignidad y la esperanza. Porque al final, la economía que cuenta no es la de los grandes números, sino la que se vive en cada mesa, en cada colmado, en cada hogar.
Margarita María Cedeño Lizardo nace en Santo Domingo, República Dominicana. Son sus padres Luis Emilio Cedeño Matos y Margarita Lizardo de Cedeño, quienes con sus ejemplos de vida forjaron en ella los valores humanos, la laboriosidad y la sensibilidad social que la caracterizan.