El presidente Luis Abinader insiste en presentar cifras de empleo como prueba irrefutable del éxito de su gestión. Habla de recuperación histórica, de niveles récord de ocupación y de dinamismo económico. Sin embargo, detrás de esa narrativa optimista se esconde una realidad mucho más compleja —y mucho más dura— para la clase trabajadora de la República Dominicana.
El primer problema del discurso oficial es metodológico. No todo empleo es sinónimo de trabajo digno. No todo incremento en la tasa de ocupación implica estabilidad, seguridad social o salario suficiente. El gobierno celebra números absolutos, pero evita profundizar en la calidad del empleo generado: ¿cuántos de esos puestos son informales? ¿Cuántos garantizan acceso real a seguridad social? ¿Cuántos permiten cubrir la canasta básica sin endeudamiento?
La informalidad sigue siendo uno de los grandes males estructurales del mercado laboral dominicano. Un empleo sin contrato, sin protección y sin estabilidad no representa progreso; representa supervivencia. Y cuando el crecimiento económico descansa en empleos precarios, lo que se consolida no es desarrollo, sino vulnerabilidad social.
Otro elemento preocupante es la brecha entre salario y costo de vida. Mientras el discurso presidencial resalta aumentos salariales como conquistas significativas, la realidad muestra que el poder adquisitivo continúa erosionado por la inflación acumulada y el alto costo de los bienes esenciales. El trabajador promedio no mide el éxito económico por porcentajes técnicos, sino por lo que puede llevar a su mesa al final del mes.
Además, el enfoque gubernamental privilegia la narrativa del crecimiento macroeconómico sobre la redistribución. Se habla de inversión extranjera, de expansión del turismo y de estabilidad financiera, pero poco se dice sobre la desigualdad persistente y la concentración de oportunidades. Un país puede crecer sin que su gente progrese.
Desde una perspectiva política opositora, la crítica central no es que no haya avances puntuales, sino que se está construyendo un relato triunfalista que no dialoga con la angustia cotidiana de miles de familias. El empleo no puede medirse solo en cantidad; debe medirse en dignidad. Y mientras el trabajo formal y bien remunerado no sea la regla sino la excepción, cualquier discurso de éxito resulta, cuando menos, incompleto.
La pregunta de fondo es simple pero contundente: ¿estamos creando empleos para transformar vidas o simplemente para mejorar estadísticas? La respuesta no está en los informes oficiales, sino en los hogares dominicanos que aún viven entre la incertidumbre y la precariedad.