Opinión

Juan Bosch ante la ilusión estadística del crecimiento

Por: Guarocuya Félix | Serie pensamiento económico en Juan Bosch

Un pueblo puede ver pasar camiones cargados, nuevas construcciones y negocios iluminados, mientras la comida rinde menos en la casa y el trabajo no alcanza. Puede haber ruido económico sin mejora social. Juan Bosch habría preguntado menos por el brillo de la actividad y más por lo que quedaba en la mesa, en el salario y en la producción nacional.

En “Dr. Balaguer, crecimiento no es desarrollo”, Bosch enfrenta una identificación recurrente en la política dominicana: la idea de que un aumento del producto nacional bruto equivale, por sí solo, a mejora colectiva. No niega que una economía pueda crecer. Tampoco desconoce que las cifras agregadas puedan mostrar expansión. Lo que rechaza es la pretensión de presentar ese crecimiento como prueba suficiente de progreso social.

Su crítica se apoya en la diferencia entre producto total y resultado per cápita. Una economía puede producir más en conjunto y, sin embargo, no mejorar la vida de la población si ese aumento queda por debajo del crecimiento demográfico, si se concentra en pocos sectores o si depende de factores externos que debilitan la autonomía nacional. Para Bosch, la evaluación debía hacerse desde la capacidad de convertir la producción en bienestar, empleo, ingreso real y seguridad material.

Por eso dirigía la mirada hacia indicadores que el discurso oficial solía relegar: ingreso per cápita, producción per cápita, empleo, subempleo, precios y poder de compra. Su planteamiento puede resumirse con claridad: una economía puede producir más y dejar peor situada a la mayoría de su población.

La agricultura ocupaba un lugar especial en ese razonamiento. Bosch sostenía que ningún país podía avanzar económicamente si su producción agrícola retrocedía en términos per cápita. No la veía como un residuo del pasado ni como un sector secundario. La veía como alimentación, empleo rural, ingreso campesino, estabilidad social y base material de cualquier proyecto serio de país.

Cuando la producción de alimentos crece menos que la población, el país dispone de menos alimentos per cápita. Ese resultado no queda encerrado en una tabla estadística. Se siente en los mercados, en los precios, en el poder de compra, en la dependencia de importaciones y en la vulnerabilidad de los hogares de menores ingresos. El crecimiento agregado puede lucir bien; la vida cotidiana puede mostrar otra cosa.

El déficit externo reforzaba esa lectura. Bosch no lo trataba como un problema contable aislado, sino como expresión de una estructura social. Una minoría con alto poder adquisitivo importaba bienes costosos; el país perdía divisas; el déficit crecía; y el Estado terminaba recurriendo al endeudamiento. Esos números en la balanza expresaban una relación entre consumo concentrado, dependencia externa y poder político.

Una fábula sencilla ayuda a entenderlo. Un hombre dice que su casa prosperó porque entró mucho dinero durante el mes. Pero al revisar mejor, se descubre que vendió parte del patio, empeñó los muebles y compró comida cara para aparentar abundancia. Hubo movimiento, hubo consumo, hubo fiesta. No hubo fortalecimiento de la casa. Bosch habría visto ahí la diferencia entre una economía que se agita y una economía que se afirma sobre bases propias.
La deuda y los contratos sobre recursos naturales ampliaban esa crítica. Una economía puede mostrar expansión y, al mismo tiempo, perder capacidad futura si financia consumo concentrado, proyectos mal concebidos o acuerdos que dejan poco control nacional sobre el valor creado. Para Bosch, el crecimiento solo merecía defensa cuando fortalecía la base productiva del país y no debilitaba sus posibilidades posteriores.

El caso de Falconbridge sirve para mostrar otro punto de su análisis. Un país puede poseer recursos naturales y beneficiarse poco de ellos. La propiedad física de un recurso no basta. Importan el control económico, tecnológico, contractual y político de su explotación. Sin ese control, la explotación de recursos puede aumentar las cifras nacionales mientras reduce la soberanía económica efectiva.

Bosch no rechazaba la inversión extranjera por principio. Tampoco la aceptaba como garantía automática de progreso. La examinaba por sus condiciones: quién controla la producción, cómo se fijan los precios, qué parte del valor generado permanece en el país, qué riesgos asume el Estado y qué capacidades nacionales quedan después. La inversión puede elevar el producto sin producir mejora duradera si el país pierde control sobre el valor que genera.
La política pública aparece entonces como parte del problema o de la solución. Una decisión energética equivocada encarece la producción. Un sistema de riego interrumpido afecta la agricultura. Una inversión extranjera mal negociada debilita el control nacional. Un patrón de consumo concentrado agrava el déficit externo. En cada caso, detrás del dato económico hay una decisión de poder.

Bosch fue particularmente crítico del crecimiento usado como argumento de legitimación. Presentar cifras favorables sin examinar sus efectos sociales permite convertir el lenguaje económico en instrumento político. La estadística deja entonces de iluminar la realidad y empieza a cubrirla. Contra esa operación, Bosch reclamaba rigor: no basta con decir que el país crece; hay que demostrar que ese crecimiento mejora la vida de la población y fortalece la capacidad productiva nacional.

“Dr. Balaguer, crecimiento no es desarrollo” rebasa la polémica de su momento. En ese texto, Bosch enfrenta una tendencia persistente de la política dominicana: sustituir la discusión sobre el modelo económico por la exhibición de cifras agregadas. Su análisis obliga a mirar debajo de esas cifras: ingreso real, producción agrícola per cápita, déficit externo, recursos naturales, control económico y distribución de los costos.

El crecimiento que no mejora el ingreso per cápita, que concentra beneficios, que debilita la base productiva o que aumenta la dependencia externa puede ser políticamente rentable, pero no constituye avance social. Puede servir para ganar debates, inaugurar obras o sostener narrativas de éxito. No alcanza para construir una nación más justa, más productiva y más dueña de su futuro.

En Bosch, crecer sin fortalecer la producción per cápita, el ingreso real y el control nacional no era avanzar. Era mover la economía sin cambiar la vida de quienes cargaban sus costos.

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