Temístocles Montás
Twitter
Por: Temistocles Montás | Definir el mundo hacia el cual avanzamos obliga a reconocer que estamos atravesando diez grandes transiciones que modifican las reglas del desarrollo y exigen nuevas capacidades nacionales.
En primer lugar, estamos pasando de un mundo unipolar a otro marcado por la competencia entre grandes potencias. Estados Unidos y China disputan posiciones en tecnología, comercio, finanzas, inteligencia artificial, semiconductores, energía, minerales críticos, cadenas de suministro e influencia política y militar. Rusia, India, Turquía, Arabia Saudita y otros países también procuran ampliar su autonomía estratégica y su capacidad de influencia internacional. Surge así un sistema más plural, pero igualmente más inestable.
En segundo lugar, transitamos del libre comercio al comercio estratégico. Entre 1990 y 2018, el arancel era considerado principalmente una distorsión económica. Hoy funciona como instrumento de negociación, protección industrial, sanción política, seguridad nacional y presión geopolítica. Aranceles, subsidios, restricciones no arancelarias y controles de exportación forman parte creciente de la competencia internacional.
En tercer lugar, avanzamos de cadenas eficientes a cadenas resilientes. Antes predominaba la idea de producir donde resultara más barato. Ahora se combina eficiencia con seguridad: producir donde sea rentable, pero también políticamente confiable y estratégicamente seguro. De ahí la importancia adquirida por el nearshoring, el friendshoring, la relocalización productiva, la reducción de riesgos y la seguridad del suministro.
En cuarto lugar, hemos pasado del rechazo a la política industrial a su regreso. Las principales potencias apoyan sectores como semiconductores, inteligencia artificial, baterías, vehículos eléctricos, energías renovables, defensa, biotecnología, minerales críticos, infraestructura digital y producción farmacéutica. Antes, subsidiar una industria podía juzgarse una distorsión; actualmente, no desarrollar capacidades estratégicas puede representar una vulnerabilidad.
En quinto lugar, transitamos de la apertura financiera a la seguridad financiera. La movilidad de capitales conserva importancia, pero existe mayor conciencia sobre volatilidad, salidas súbitas, endeudamiento, sanciones, congelamiento de reservas, dependencia monetaria y vulnerabilidad de los sistemas de pagos. Ya no basta atraer capitales: deben evaluarse su calidad, duración, moneda, destino productivo, riesgo de reversión y efectos sobre la soberanía.
En sexto lugar, pasamos de la eficiencia del mercado a la seguridad económica. A la rentabilidad se agregan ahora objetivos de seguridad energética, alimentaria, sanitaria, tecnológica, digital, logística y financiera. Esto supone aceptar que una nación puede asumir ciertos costos para reducir dependencias peligrosas y preservar capacidades esenciales.
En séptimo lugar, transitamos de la separación entre economía y geopolítica a la geoeconomía. Las relaciones económicas, antes consideradas instrumentos para moderar conflictos, son utilizadas hoy para librarlos. Aranceles, sanciones, bloqueos financieros, restricciones de inversión, control tecnológico, monedas y sistemas de pagos se han convertido en instrumentos de poder.
En octavo lugar, pasamos de una globalización homogeneizadora a otra fragmentada. El escenario actual se organiza alrededor de bloques, alianzas, estándares tecnológicos rivales, regionalización, restricciones de seguridad y mayor comercio entre países políticamente afines. La fragmentación no significa el final del comercio, sino su creciente subordinación a consideraciones políticas y estratégicas.
En noveno lugar, transitamos del dividendo de la paz al retorno del gasto militar. Después de la Guerra Fría, numerosos países redujeron sus presupuestos de defensa y dedicaron más recursos a protección social, infraestructura, educación y salud. Las guerras y tensiones actuales impulsan el rearme, fortalecen las industrias militares y pueden reducir el espacio fiscal disponible para políticas sociales.
En décimo lugar, pasamos de la confianza en la expansión de la democracia liberal a una crisis de representación. Polarización, autoritarismo electoral, debilitamiento de contrapesos, desinformación, corrupción, inseguridad y servicios públicos deficientes erosionan la legitimidad democrática y aumentan la aceptación de soluciones de fuerza.
La principal lección de estas transformaciones es que la estabilidad macroeconómica y la apertura comercial, aunque seguirán siendo indispensables, ya no serán suficientes para sostener el desarrollo. En este nuevo entorno internacional, los países deberán combinar eficiencia económica con resiliencia, autonomía estratégica y fortalecimiento institucional.