Temístocles Montás
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La certidumbre es a la economía lo que el oxígeno es al funcionamiento de la vida. Sin certidumbre las decisiones económicas no se dan; y sin éstas, no hay inversión, crecimiento económico, creación de empleo, ni generación de ingresos.
El COVID-19 ha generado una situación de incertidumbre cuya intensidad supera la registrada con la Gran Recesión de 2008-2009. Los expertos proyectan que la magnitud de sus consecuencias en términos económicos resulta imposible de pronosticar con certeza razonable; pero eso sí, es lugar común anticipar que será la más grande caída económica desde 1945.
Tras casi tres meses de pandemia, la preocupación más generalizada es cuándo y cómo se va a salir de esto y poner de nuevo en marcha la economía; en el entendido de que mientras más tiempo duren las medidas de confinamiento social, más fuerte será el impacto del virus en el sistema económico mundial, y más difícil la recuperación.
Hace unos días, el gobernador de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, consideraba muy importante conocer las respuestas a varias preguntas que el virus plantea, para ayudar en gran medida a establecer el momento y el ritmo de la recuperación económica. Esas preguntas son: ¿con qué rapidez y sostenibilidad se controlará el virus? ¿se pueden evitar nuevos brotes a medida que caducan las medidas de distanciamiento social? ¿cuánto tiempo tardará en volver la confianza y reanudar el gasto normal? ¿cuál será el alcance y el momento de contar con nuevas terapias, pruebas o una vacuna? Las respuestas a estas cuestiones constituirían, sin dudas, valiosa información de defensa, lucha y control de la enfermedad.
Es fácil convenir que sin la disposición de una vacuna efectiva contra el virus no habrá recuperación del estado de aprehensión e incertidumbre. Sólo hasta entonces habrá una restauración de esa condición necesaria para la recuperación de la economía global que es la certidumbre.
Un ejemplo ilustrativo. A mediados de abril pasado, en su reunión de primavera, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyectó para este año una brusca contracción de la economía mundial de -3%, comportamiento que sería mucho peor que lo que se registró cuando la crisis financiera de 2008-2009. Sin embargo, aproximadamente un mes después, la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, indicaba que en el mes de junio se revisaría muy probablemente a la baja sus previsiones para la economía mundial en 2020. “Con la crisis aun en expansión, las perspectivas son peores que nuestra proyección ya pesimista. “Sin soluciones médicas a escala global, para muchas economías es probable un desarrollo más adverso”, dijo.
Actualmente, la crisis está aún en expansión y sin soluciones médicas a la vista. En esta circunstancia, la mayoría de los países han empezado a aflojar las medidas de distanciamiento social. El objetivo es volver a encender los motores de la economía. Resulta crucial en este momento evitar la emergencia de una segunda ola de la pandemia, cuyas consecuencias, se ha establecido, serían más catastróficas.