República Dominicana, con una extensa tradición en la agropecuaria, ha vivido momentos estelares en dicho sector, que ha garantizado, incluso en momentos dificiles, la seguridad alimentaria en más de un 85 por ciento.
Lo que eso quiere decir es que sustentado en la producción de nuestros campos, la población ha tenido segura las tres calientes, como en buen dominicano se denominan al desayuno, almuerzo y cena.
En la actual gestión de gobierno eso se ha perdido. En la nota editorial pasada citamos una encuesta realizada por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), que estableció que a mayo del año 2021 en República Dominicana al 76.8 % de los jefes de hogar les preocupa que su familia no tenga suficientes alimentos, el 36 % de los hogares redujo las porciones de comida y un 25 % redujo el número de comidas que realizaba en el día.
Se pudiera explicar que esa situación de deterioro es un impacto de la pandemia Covid-19 o, más reciente, del conflicto Rusia-Ucrania, que ha disparado los niveles inflacionarios de la economía global; sin embargo, la situación tiene una clara explicación local: El Gobierno ha abandonado el campo dominicano.
Lo primero que hicieron estas autoridades al juramentarse el 16 de agosto de 2020 fue perseguir a los productores organizados en cooperativas y asociaciones a los que el gobierno del PLD que presidió el compañero Danilo Medina benefició con la entrega o el financiamiento de vehículos y maquinarias para las labores del campo en visitas sorpresa. Como si eso fuera poco, luego han dispuesto de un respaldo a las importaciones de productos de la canasta básica, con lo que se da un duro golpe al productor nacional.
Eliminar transitoriamente aranceles a alimentos importados no detendrá las alzas en los artículos de consumo, porque el anuncio de tasa cero se aplica en casi todos los productos que llegan bajo tratados internacionales, lo que sí decreta es la quiebra de la agropecuaria nacional.
En lugar de aprovechar las condiciones climáticas, de suelo y geográficas privilegiadas que posee el país, se ha preferido la compra en el exterior, como se demuestra con el aumento desorbitado de las importaciones, las que el pasado año aumentaron a 230.3 mil millones de pesos.
La frustración de los productores, técnicos y labriegos, con años dedicados a garantizar la alimentación ciudadana, abastecer los mercados y centro turísticos es grande, tan grande como lo es su impotencia al ver la forma en que se les margina y maltrata para favorecer a un sector empresarial amigo del gobierno en pago de los aportes de la campaña electoral.