Opinión

DOS PESOS DE AGUA: La Sed del Pueblo

Por: César Peña Bonilla | Cuando el profesor Juan Bosch escribió en 1937 su inmortal cuento Dos pesos de agua, no solo nos legó una pieza maestra de la narrativa dominicana, sino también un retrato desgarrador e intemporal de la miseria rural. En aquel relato, los campesinos de Paso Miedoso, acorralados por una sequía inclemente, entregaban sus escasas monedas a la vieja Remigia para encomendar a las almas benditas la llegada de la lluvia. La desesperación y el olvido histórico empujaban al pueblo a buscar en la fe divina lo que las estructuras sociales y políticas de la época les negaban.

Hoy, casi un siglo después, la metáfora de Bosch cobra una vigencia dolorosa y alarmante. Al recorrer los parajes, campos y barrios marginados de nuestra geografía nacional, nos encontramos con una realidad que clama al cielo: la gente sigue teniendo sed. Pero ya no se trata únicamente de la falta de agua en los grifos o en los causes de los ríos; se trata de una sed estructural, profunda y persistente. Es la sed de justicia social, de caminos dignos, de centros de salud equipados, de educación de calidad y de autoridades que escuchen y respondan.

En los últimos años, hemos presenciado un preocupante retroceso en la atención hacia las comunidades más vulnerables de la República Dominicana. Los campos, que en los gobiernos del PLD vieron la llegada de visitas sorpresivas del presidente, créditos agrícolas, asistencia técnica y la transformación de sus vías de acceso, hoy sufren el abandono y la indiferencia oficial. Las familias de nuestros pueblos vuelven a verse obligadas a «comprar dos pesos de agua» —simbólica y literalmente— para sobrevivir en medio de la precariedad y el aumento del costo de la vida.

El pensamiento político y sociológico del maestro Juan Bosch nos enseñó que la política solo tiene sentido si sirve como instrumento de liberación y dignificación del ser humano. No se puede hablar de progreso ni de modernismo cuando en los rincones apartados de nuestro país las madres caminan kilómetros para conseguir agua potable o cuando los agricultores ven perderse sus cosechas por falta de caminos vecinales transitables. Ni “hambre cero”, cuando los padres de familia van al colmado y al supermercado con el corazón en la boca, viendo cómo el salario se evapora antes de comprar lo básico: el arroz, el aceite, los huevos y los plátanos se han convertido en artículos de lujo. Decirle que «no hay hambre» a una madre que tiene que recortar las raciones de sus hijos es una burla a la dignidad nacional.

Dos Pesos de Agua: La Sed del Pueblo no debe ser solo un título o una referencia literaria; debe ser una bandera de denuncia periodística y un compromiso de lucha comunitaria. Es el llamado de atención urgente a una gestión pública que parece haber olvidado que detrás de cada estadística y cada promesa incumplida hay hombres y mujeres de carne y hueso sufriendo la exclusión.

Desde las páginas de Vanguardia, reafirmamos nuestra vocación de ser el altavoz de los sin voz, los que caminan por la tierra árida de la negligencia gubernamental. Es hora de volver al campo, de escuchar el clamor de las comunidades y de llevar soluciones reales donde hoy reina la escasez. La sed de nuestro pueblo no se apaga con discursos ni con promesas de campaña; se apaga con trabajo, sensibilidad humana, inversión social y verdadero compromiso patriótico.

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