Los medios de comunicación locales e internacionales dan cuenta de que hordas haitianas, enfurecidas y envenenadas por sentimientos antidominicanos, que dicho sea de pasada no tienen fundamento ni razón de ser, volcaron todo el “odio acumulado” contra el Consulado dominicano en Puerto Príncipe, incendiaron la bandera nuestra de manera vil y cobarde, masacrando salvajemente la soberanía y la dignidad del Estado y del pueblo dominicano.
Esa sangrienta y salvaje agresión, ese ultrajante atropello y violación de la soberanía del Estado dominicano en Haití (Embajada y consulados dominicanos), ha abierto una muy lacerante herida en el cuerpo, en la conciencia y en el alma de la Patria y del pueblo dominicano.
La respuesta dominicana frente a ese estado de locura colectivo en Haití no puede ser, jamás, el silencio, porque el silencio denotaría, además, una execrable situación de complicidad con el agravio de que hemos sido objeto como Patria, como nación y como pueblo.
Somos un pueblo único con una admirable tradición de rebeldía, de dignidad, de valor, de decoro y de luchas patrióticas asumidos en todos los escenarios de construcción y reconstrucción del ser nacional (construcción y renovación de la Patria), de nuestra historia y de sus expresiones tanto internas como externas.
No somos ni hemos sido nunca un pueblo de cobardes ni de masoquistas, porque nunca hemos sido tampoco un pueblo desprovisto de inteligencia.
La respuesta dominicana, por consiguiente, tiene que ser enérgica, inteligente y contundente.
El gobierno dominicano, como administrador del Estado dominicano, tiene que colocarse a la cabeza de esa respuesta, habida cuenta de que la política es siempre la inocultable e inevitable guerra de las ideas.
La Patria, construida y edificada en el contexto y como fruto de las luchas libertarias del pueblo dominicano, es la expresión histórica más elevada de la constitución del pueblo dominicano en un Estado, en una república y en una nación con los irrenunciables atributos de soberanía, independencia y libertad.
El proceso de construcción, de reconstrucción y de renovación de la Patria es interminable, pero ello no implica ni reducir ni renunciar a ninguno de esos atributos, sino de fortalecerlos y de ampliarlos progresivamente tanto en el terreno de los hechos como en el terreno de las ideas.
Nunca, jamás, renunciaremos a ninguno de esos atributos de nación soberana, libre e independiente.
El “odio visceral” del pueblo haitiano, o de una parte del pueblo haitiano, contra el pueblo dominicano es totalmente irracional e inexplicable en el contexto de la historia de las dos naciones.
Lo lamentable de todo eso es que toda esa carga de violencia contra la soberanía del Estado dominicano en Haití ha contado con el apoyo de sus clases dirigentes e incluso del gobierno de Michel Martelly, quien ha asumido una doble personalidad.
El que sí tiene sobradas razones históricas para tener un “odio histórico acumulado” contra el pueblo haitiano, por las terribles, monstruosas y espeluznantes matanzas llevadas cabo por Dessalines, Christopher y otros “líderes” haitianos, es el pueblo dominicano.
Sin embargo, el pueblo dominicano, que criticó con acritud la matanza trujillista de haitianos en el 1937, no alberga ningún odio ni rencor ni resentimiento contra el pueblo haitiano.
Nos hemos pasado de buenos con el pueblo haitiano, a tal punto que el país no solo esta invadido sino ocupado por los haitianos, y nos hemos privado incluso de ejercer el irrenunciable derecho soberano en materia migratoria de deportar a todo el que esté viviendo ilegalmente en nuestro país.
La respuesta contundente al mancillamiento de nuestra soberanía en el Consulado dominicano en Haití debe consistir en que el Gobierno dominicano inicie ya una ofensiva diplomática a internacional, que incluya la ONU, la OEA y otros organismos regionales y continentales, a los fines de exigir que la comunidad internacional condene la ultrajante violación de nuestra soberanía en el Consulado dominicano en Haití por parte de hordas haitianas, por un lado, y, por el otro, exigir del gobierno haitiano total respeto a la soberanía del Estado dominicano, encarnada esa soberanía en la Embajada y en los consulados dominicanos en Haití, conforme a lo establecido en la Convención de Viena y en las normas del Derecho Internacional Público.
Y la otra arista de esa política de respuesta contundente y enérgica es que el gobierno reinicie las redadas para deportar a Haití a todos los haitianos que estén viviendo ilegalmente en nuestro país.
También el gobierno dominicano debe fortalecer la seguridad militar a todo lo ancho y lo largo de la frontera para evitar la entrada masiva de haitianos ilegales.
No a los chantajes del gobierno haitiano y de sus hordas enloquecidas y salvajes.
¡Vivan los Padres fundadores de nuestra nacionalidad! ¡Viva la Patria dominicana!
¡Sigamos e imitemos siempre su sacrosanto, inmarcesible e inmortal ejemplo!