La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, ha advertido de la posibilidad de un crecimiento económico mundial más débil de lo esperado, debido a la lenta recuperación de los países ricos y la desaceleración de los emergentes.
En julio pasado el FMI preveía un crecimiento mundial del 3,3% este año, ligeramente por debajo del 3,4% del año pasado. Pero tal pronóstico es amenazado hoy, además, por posibles condiciones financieras más estrictas y un eventual incremento en las tasas de interés en Estados Unidos.
La Gran Recesión, como se le denominó a la crisis económica que comenzó en Estados Unidos en el 2008 y que se tradujo luego en crisis global de endeudamiento (la deuda global pasó de 57 billones de dólares en el 2007 a 200 billones en la actualidad, o sean, del 270% al 286% del PIB global), uno de los factores que actualmente limitan el crecimiento de los países más desarrollados, provoca ahora serios trastornos entre los emergentes.
La última crisis que afectó los mercados emergentes fue la denominada crisis asiática, bautizada también como la primera crisis de la globalización, que comenzó en julio de 1997 con la devaluación de la moneda tailandesa y que se extendió luego a Malasia, Indonesia, Filipinas, Taiwán, Hong Kong y Corea del Sur. Esa crisis provocó una caída del crecimiento global del 4,1 al 2,5%.
El mayor peligro del problema actual es que su epicentro se localiza en China, la segunda economía más grande del mundo, que arrastra a casi todos los emergentes por ser el gran comprador de materias primas y un activo canalizador de inversiones. No hay que olvidar, además, que China ha sido el gran financiador del déficit de los países desarrollados, Estados Unidos incluido.
El posible impacto global de la ralentización de las economías emergentes hay que visualizarlo también tomando en cuenta el mayor peso que tienen las mismas en la economía global, que se estima hoy en el 57% del PIB mundial. Después del estallido de la Gran Recesión estos países han fungido de impulsores del crecimiento global. Pero ahora son una fuente de tormento sin que los más desarrollados hayan superado las dificultades.
Lo que estamos viviendo hoy es un nuevo evento dentro de una crisis que se prolonga ya por siete años consecutivos. En medio de este panorama, que luce hoy bastante sombrío, despierta optimismo el impacto que el descenso en los precios de las materias pudiera tener en las economías más desarrolladas, con el consiguiente efecto positivo a nivel global.
Sin embargo, la reanimación económica tropieza hoy con serios obstáculos derivados, además, de la geopolítica mundial, un factor que gravita enormemente en la economía aunque el alcance de sus efectos resulta muy difícil de prever.
La gran cantidad de conflictos que actualmente afectan al mundo, el roce de intereses contrapuestos y la escalada de las tensiones políticas y militares que de esto ha derivado, dibujan el complicado contexto geopolítico de una crisis que amenaza con meter nuevamente en recesión a la economía global.
El contexto geopolítico agravado, que como muestra el día a día dificulta hasta la acción coordinada a nivel de un bloque que como el europeo lucía tan compacto antes del estallido de la Gran Recesión, así como la menor disponibilidad de herramientas a consecuencia de la crisis prolongada, constituyen amenazas susceptibles de potenciar considerablemente la recaída de la economía que hoy se percibe como inevitable, aunque están por verse sus alcances.
Los pronunciamientos de Donald Trump sobre China, a la que acusa de estar destruyendo a Estados Unidos, no son casuales o el simple producto de la idiotez de un político sin experiencia. Aunque son naciones que se necesitan mutuamente, la época en que vivimos está signada por la lucha entre una China que emerge y reclama vía libre para lograr su plena expansión, y un Estados Unidos que intenta a toda costa mantener su predominio, negándose tajantemente a compartir el liderazgo mundial.
El anuncio de posibles sanciones por parte de Estados Unidos contra empresas e individuos chinos por alegados ataques cibernéticos que afectan a las empresas y ponen en riesgo la seguridad, lo que se sumaría a los métodos político-militares que para limitar la influencia del gigante asiático en la región Asia-Pacífico se vienen empleando de un tiempo a esta parte, forma parte de una dinámica que va tomando cuerpo.
Si se observa detenidamente el curso de los acontecimientos en el planeta, habría que convenir en que el mundo ha entrado en una etapa altamente peligrosa. Occidente intenta cercar militarmente a Rusia para neutralizarla en todos los ámbitos y para mayor efectividad de las presiones sobre China después del fracaso de su intento de reorganizar el mundo partiendo del control absoluto de Oriente Medio y sus recursos energéticos que ha dejado como secuela la creciente amenaza terrorista en esa región y su extensión al norte de África, así como la avalancha de refugiados que hoy invade Europa.
Hay quienes aseguran que nunca desde la denominada Crisis de los Misiles habíamos estado tan cerca de una tercera guerra mundial. El razonamiento luce catastrofista, pero razones sobran para estar preocupados.