Humberto Almonte
El amor es un sentimiento elusivo no obstante las versiones que podemos ver, leer y oír. Cada ser humano se siente en la necesidad de dejar constancia pública de su definición, buscando atrapar en la red de las palabras lo que no puede ser aprehendido; esa bruma que flota sobre nuestras cabezas por toda la eternidad.
Todas y cada una de las artes abrevan en lo amoroso expresando en la multiplicidad de sus discursos estéticos la visión de los artistas y la gente de cultura, de cómo ven, sienten y padecen los creadores el amor. Se puede pensar que estos espíritus sublimes manejan mejor que los comunes mortales sus efectos y no necesariamente es así.
Del campo artístico, la poesía es la que tiene una mejor relación con él, pero no deja de ser un hecho tormentoso para los poetas o la poesía eso llamado amor. El poeta se apega, se pelea, se desgarra amando, escribiendo y describiendo, sin poder darle solución al misterio; es inmune a su veneno pero no a sus dolores.
Ya nos aconseja sabiamente Constantino Kavafis sobre cómo actuar: “Al oír del gran amor, responde, muévete como un esteta”. En el poema 20 el gran bardo chileno Pablo Neruda nos advierte: “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”. Y para no ser menos, Octavio Paz lo escribe más sombríamente: “Los terrores de tu infancia/ me miran/ desde tus ojos de precipicio/ abiertos/ en el acto del amor”.
El cine describe esos amores intensos, descarriados, invisibles para resto de los humanos, excepto para los amantes que entre sombras, miradas entrecortadas y artilugios tecnológicos, ocultan la pasión que los corroe y que viven a los ojos de todos, sin publicitar sus ardientes afectos, , no muy convenientes a sus intereses públicos por la razón que sea.
Camila es la historia de una pasión prohibida entre un sacerdote (Imanol Arias) y la joven Camila O’ Gorman (Susu Pecoraro), situada en la Argentina gobernada por Juan Manuel Rosas en la primera mitad del siglo XIX, en donde se entremezclan la historia, la moral, el romance y los prejuicios de una sociedad conservadora.
La directora María Luisa Bemberg disecciona la relación de un miembro del clero y la hija de un acaudalado terrateniente, dos estratos llamados a representar los llamados valores conservadores y que con su romance subvierten tales postulados, recibiendo el castigo a tales transgresiones por parte de un régimen represivo y dictatorial.
Ni la iglesia, o sus cabezas institucionales, iban a permitir una relación que rompía con sus presupuestos morales, y mucho menos el sector terrateniente al que pertenecía Camila, que no admite cuestionamiento a sus inamovibles estructuras. Imposible pensar que se cruzarían de brazos ante un ataque a las reglas que sustentaban su poder, castigando de manera severa a ambos amantes para dar un ejemplo que disuadiera a otros con ideas semejantes.
La estructura social contra la que chocó esta pareja puede haber variado desde el siglo XIX al XXI, pero aun ciertas normas represivas de la libertad a relacionarse sin trabas están vigentes, solo que se disfrazan con argumentos tan poco profundos de lo que se ve bien socialmente y lo que no, permeando los ambientes familiares, laborales y políticos.
Camila y Ladislao representan a aquellos que se enfrentan a las convenciones del pensamiento conservador haciendo uso del libre albedrio que consigna el texto bíblico, y que parecen haber olvidado a conveniencia las jerarquías eclesiásticas y sociales. La modernidad de sus ideas se conserva fresca generación tras generación hasta el día de hoy, tal es su fortaleza.
El debate suscitado por este film no ha perdido vigencia pese a los años transcurridos, pues si bien no es extraño ese tipo de relación en estos tiempos, si mantiene su cuestionamiento a los poderes patriarcales y políticos que se aposentan en nuestras sociedades. El gran tirón popular de Camila y su validación por la crítica le llevó a representar a Argentina como nominada a Mejor Película Extranjera de Habla No Inglesa.
La alienación de la vida moderna los separa y la soledad los junta, parece ser la premisa de Perdidos en Tokio (Lost in Traslation-2003) dirigida por Sofía Coppola con la presencia actoral de Bill Murray (Bob) y Scarlett Johansson (Charlotte), almas perdidas en sus eriales existenciales más que en las luces de neón de un Tokio que sirve de escenario en este drama del ser y el amor.
Los reales protagonistas de este cuento con final en línea de fuga son las parejas de Bob y Charlotte, unos ausentes cuya presencia fantasmal en las vidas de esta desencantada estrella de cine y la veinteañera en crisis es casi testimonial. La invisibilidad sentimental golpea y hiere más que las ausencias y Perdidos en Tokio nos lo recuerda en cada fotograma.
Al conocerse en la barra del hotel donde ambos se alojan, la conexión es inmediata, bastó mirarse y sonreírse para entenderse, y es que el solitario tienes más olfato que un perro de caza. Alguien ha dicho por ahí que las soledades se atraen, y es lo que pasa en este bellísimo film.
Contradictoriamente, el camino más acertado para encontrarse es perderse, y estos dos náufragos existenciales crean un vínculo a partir de lo que les falta o les sobra en una ecuación sin desperdicios. Para ellos es tan larga la soledad o la incomprensión, y tan corta la presencia de lo que se supone son sus seres amados.
Lope de Vega plantea el problema: “A mis soledades voy, de mis soledades vengo”. Y este hombre y esta mujer encuentran en un desconocido la ternura comprensiva buscada y no encontrada en los fantasmas que dicen ser sus parejas, esos fugaces ausentes-presentes.
Sofía Coppola captura el espíritu de los perdidos en la vida y en los laberintos del ser, aquellos habitantes de una región carente de afectos que buscan a tientas en medio de la oscuridad sentimental una viga a la que aferrarse, una razón que les devuelva las luces interiores que se han apagado gracias al abandono.
La directora encuentra en Bill y Scarlett a los protagonistas adecuados para guiarlos, situándolos en un Tokio de penumbras y luces de neón, dejando entrever la complicidad creativa entre Sofía y Murray. Perdidos en Tokio ha pasado a engrosar la lista de películas de culto y creemos que es justa su presencia allí.
Camila y Perdidos en Tokio son dos filmes de amores difíciles, de esos que van en contra de las normas y de lo aceptado socialmente, el primero por brincarse las barreras de lo políticamente correcto, mostrando el romance de un sacerdote y una representante de las clases altas. En la segunda, dos casados ante Dios y la ley juntan sus soledades, haciendo caso omiso a esas instituciones que no le garantizan su felicidad.
La ficción cinematográfica se encarga de traducir en imágenes las expresiones de estos sentimientos de hondas raíces sociales. El cine se transforma en cronista de los conflictos entre el amor, la moral, la sociedad y los amantes. Nada humano le es ajeno, pues de eso se alimenta.