Humberto Almonte
Los mundos de la creación artística y de la moralidad social, manejados como mecanismos de control sobre lo que debemos o no hacer, o de lo que se ve bien para un cierto sector -no siempre mayoritario-, como nos quieren hacer creer, tienen puntos divergentes que causan fricción o confrontación entre los artistas y los círculos representantes de las ideas conservadores.
Para crear hay que transgredir leyes, las del arte, pero leyes al fin. Por tanto, el creador es una especie de Jano bifronte que mira hacia atrás y hacia adelante -y a los lados, diría yo-, escrutando los rincones de nuestras costumbres para crear vida ficticias y comunicarse con el espectador.
Si fuésemos a medir con los parámetros actuales a la crema y nata del pensamiento griego y romano -bases fundamentales de la cultura occidental-, esos filósofos, dramaturgos, fabuladores y demás, serían habitantes perennes de nuestras cárceles a juzgar por las conductas exhibidas en su vida personal.
Sus comportamiento licencioso no les impedían dedicarse a la observación, al análisis y a la producción de obras literarias o artísticas que hoy constituyen un legado invaluable del pensamiento y una exploración certera de los recovecos del alma humana. Esta gente describe en textos teatrales o filosóficos, en cuadros o estatuas, una imagen exacta y profunda de la sociedad.
Si ya en sus inicios al cine se le calificaba como diversión de feria, y sabemos el bajo escalafón que ocupaban la gente de ferias y circos por una supuesta moral off-limits, los cineastas no podían estar más allá de esos pensamientos y costumbres, contradiciendo con sus filmes a la moral, fuera victoriana o la que fuese.
Figuras de la estatura de Charles Chaplin, Roman Polanski y Woody Allen han sido señaladas por esos sectores como transgresores, con agravantes de las reglas establecidas, y sometidos al escrutinio del estamento legal por involucrarse con menores de edad o accionar en las fronteras de esa moralidad dudosa.
La agitada vida de Charles Chaplin tuvo su paralelo en las relaciones con mujeres menores de edad y escarceos que protagonizó con ellas. El mismo se vanagloriaba de haberse acostado con más de 2,000. Y si vamos a creerle a este perfeccionista del arte de las imágenes en movimiento, sería un hecho que lo enfrentaría a los guardianes de la moral prestos a someterlo a sus dictados.
El primero de los alborotos provino de su relación con la actriz Mildred Harris. El problema fue que él tenía 30 años y ella 16, declarándose un falso embarazo, aunque más tarde Chaplin se casó con ella. Tiempo después, al producirse el divorcio, lo acusó de “crueldad mental” y el a ella de “infiel”, por lo cual Chaplin debió desembolsar 100,000 dólares para calmar la “indignación” del maltrato alegado.
Sin al parecer haberse sentido escarmentado por esa y otras relaciones al borde de la legalidad, las “ligas de la decencia y los guardianes de la moral” siguieron acusando al actor de tener deseos sexuales pervertidos, lo cual implica una lógica equivocada -según nuestra opinión-, pues el punto de vista reducido de un individuo no puede ser aplicado a toda una sociedad.
Los escándalos del “genio de la risa” no fueron más que eso, diferentes aproximaciones al hecho amoroso que no pueden ser encorsetados en los estrechos límites de la moral. El amor y el deseo no conocen de fronteras, se saltan las normas y solo están sujetos a las decisiones de ambos participantes en la relación.
La turbulenta sucesión de relaciones de Charlot encontraron en Oona O’Neill su fin, con un larguísimo matrimonio de 18 años y la paz en la guerra contra los guardianes intransigentes de la moral y las buenas costumbres. Estos, que confundían los gustos y las relaciones no ortodoxas con la depravación, cometían una equivocación a toda regla, pues existe una distancia muy larga entre dichas prácticas y las de Chaplin.
En 1978 el cineasta Roman Polanski fue acusado de abuso sexual al mantener relaciones con Samantha Geimer de 13 años, cuando fue encargado de realizarle unas fotos para la revista Vogue. El detalle de la acusación incluía uso de drogas y perversión a una menor. Por esto pasó mes y medio en la cárcel, logrando salir bajo fianza para posteriormente huir fuera de los Estados Unidos.
La vida y costumbres del Polanski de esa época no diferían de la de la comunidad artística y de la sociedad en un Hollywood y una California embebidos en la cultura hippy, el fenómeno sicodélico, el “flower power” y la contracultura, por lo que no se entiende el ensañamiento tan particular en su contra y con otros no.
Si al cineasta se le impuso una pena y esta fue cumplida, no se entiende la persecución sin cesar por años y años, porque entonces ya no se trata de justicia sino de retaliación. En el fondo, nos parece una actitud de obsesión de esos guardianes del victorianismo moral y estrecho.
La línea seguida por Geimer es totalmente contraria, ella argumenta que los hechos se produjeron en una cultura con valores sobre el sexo y el amor muy diferentes a los defendidos por la parte acusadora, miembros del Establishment conservador y mojigato. Es interesante su argumento, porque coincide con puntos de vista más abiertos y liberales sobre las relaciones entre las personas.
La batalla que enfrenta desde 1992 a Woody Allen con Mia Farrow parece haberse enfriado un poco al calor de los años, pero esa guerra ha dejado bajas entre la membresía de lo que entonces era una familia y ahora es un hervidero de odios, acusaciones y resentimientos.
Allen ha sido acusado de seducir a Soon-Yi Previn y de abusar sexualmente de su hija adoptiva Dylan, por lo que se abrió una investigación en la cual el cineasta neoyorkino fue descargado por un panel de especialistas en abuso infantil. Es esclarecedor el testimonio del jefe de la investigación, John M. Leventhal, de que, o bien Dylan inventó la acusación o fue Mia quien influyó en ella para que lo hiciese.
En cuanto a Soon-Yi, hace rato que están desmontados algunos de los supuestos de la acusación contra Allen, pues es una relación entre dos adultos con el consentimiento de ambos. Si el inicio de esa relación escandalizó a mucha gente, lo único que ha conseguido es linchar moralmente a Woody. Es paradójico que mientras Mia Farrow acuse a Woody de abuso contra una menor, ella sea una firme defensora de Roman Polanski, acusado de lo mismo. Si se fuese a perseguir las relaciones basándose en los prejuicios de unos pocos, las cárceles estarían llenas y el amor en peligro de extinción.
Todo este culebrón “Woody-Mia”, como le llamarían muchos espectadores, se ha montado como telón de fondo del proceso de separación y juicio por la custodia de los vástagos de la pareja, lo que genera una considerable carga de ira, revanchas y odios. Por esto es que hay que tomar con pinzas que uno de los participantes en la relación se pueda parapetar detrás de los hijos para dañar al otro.
El tema de la moralidad y la ética les ha causado a cineastas como Charles Chaplin, Roman Polanski y Woody Allen, no pocos problemas por atreverse a cruzar las líneas rojas de las convenciones sociales y retar a los estamentos conservadores erigidos en garantes de los valores de unos pocos y en enemigos jurados de las grandes mayorías, de sus sentimientos y amores.