Daris Javier Cuevas
He leído con detenimiento los informes económicos y estudiado múltiples escenarios, optimistas y pesimistas, del futuro de la economía mundial desde que la crisis global cesara, al concluir el primer semestre del 2012, encontrando entre estos un denominador común; por un lado el indetenible sobreendeudamiento externo de las grandes economías, mientras que, por el otro lado, está la triste presencia expansiva de la desigualdad socioeconómica como patrón histórico que caracteriza las economías emergentes. En relación a la deuda externa, el indicador del cociente deuda-PIB se incrementa de manera vertiginosa durante un largo período que se inició a comienzos de los 80 hasta la actualidad, situación que empuja la desigualdad de forma horrible visto en un contexto histórico.
Llama la atención el hecho de que la cantidad de personas que están en una situación de pobreza extrema en todo el mundo lograrían superar este flagelo en los próximos 14 años, siempre y cuando se logre un crecimiento sostenido del PIB por el orden de un 5%, es decir, que esta meta se proyecta a más tardar en 2030. Si observamos que desde la última década del siglo XX, la economía mundial ha registrado tasas de crecimiento apreciable que han impactado en la corrección de los desequilibrios macroeconómicos, podemos asociar estos comportamientos con la existencia de causas estructurales que están relacionadas íntimamente con la desigualdad, la especulación, los desequilibrios comerciales y financieros internacionales.
Este panorama macroeconómico se consolidó con la crisis global iniciada en el 2007, cuya secuela de malestar se ha estado expresando en un crecimiento económico volátil y rezagado, plataforma primaria de la prevaleciente desigualdad que preocupa a los gobiernos por las implicaciones sociales y políticas. Cambiar ese cuadro es la tarea que se ha planteado el G20 en su última cumbre que recién concluyó en Hangzhou, China, al establecerse como objetivo debatir una transformación de la economía mundial para convertirla en “innovadora, vigorosa, interconectada e inclusiva”.
En correspondencia con esa decisión, los miembros del G20 también trataron no promover devaluaciones de sus monedas, que le reporten ventajas económicas ya que la “excesiva volatilidad y fluctuaciones desordenadas de los tipos de cambio”, se han constituido en un gran riesgo para la economía global. Si se aplica con seriedad este enfoque de política cambiaria, estaríamos asistiendo a un escenario que obliga a reorientar la política económica mundial y esto, por sí solo, sugiere descontinuar el criterio erróneo de que para que una economía sea competitiva ha de promover la devaluación permanente de su moneda local.
Otra preocupación del escenario global derivado de la reu-nión del G20 es la necesidad de una transformación económica global para consolidar el crecimiento económico de los países en vías de desarrollo y emergentes, lo que implica asumir, en toda dimensión, lo acordado, donde China estaría en disposición de impulsar.
En tal sentido, darle seguimiento a la lista de compromisos que se acordaron, y su cumplimiento, es lo que en realidad dará un giro significativo a la economía mundial, lo cual no permite más postergación.
En las grandes economías aun no se comprende el porqué desde comienzos de los 80 hasta mediados de los 90, en la economía de EE.UU., el cociente deuda/PIB ha pasado con facilidad de un 25,5% en 1980; 48,9% en 1993, pero que este cociente deuda/PIB retrocedió hasta el 32,5% en 2000, y de 106.1% al 2015. El manejo de la política fiscal norteamericana registra una dinámica muy diferente a las demás economías industrializadas, razón por la cual el mundo económico desarrollado observa que en una parte se promueve una política fiscal expansiva, en tanto Europa se aferra a la política fiscal restrictiva o de austeridad, situación que ha provocado el retorno de déficits fiscales inmensos. Es a raíz de esas confusiones e incomprensiones de política económica que ha surgido la incertidumbre acerca del futuro de la economía mundial ya que los problemas que generan la pobreza y el subdesarrollo constituyen el principal desafío al que se enfrenta el proceso de globalización. Por igual, la brecha existente entre países del norte y países del sur viene marcado no tan solo por la disparidad en los niveles de ingreso, sino por múltiples desigualdades, que van desde las diferencias en las oportunidades y el acceso a la educación, la salud y la equidad en la distribución de la riqueza.
Asumir una economía responsable es la clave para plantearse un futuro lleno de esperanza y prosperidad, la cual sugiere colocar en primer plano los compromisos acordados en la Cumbre de Hangzhou, China, donde impulsar la reformas económicas, enfrentar el calentamiento global, promover un sistema financiero estable sin especulación, un crecimiento económico incluyente, con menos evasión tributaria, son las vías que conducirán a la estabilidad económica mundial.
El desarrollo económico y la promoción industrial con innovación tecnológica constante han de definir el futuro económico mundial.