Si Trump le sorprendió, es porque usted evidentemente estaba del lado equivocado de la historia y de la realidad contemporánea. Trump es un Troll que ganó por qué supo trollear al establishment y convertirse en un meme de la cibercultura contracultural de la modernidad líquida.
Donald Trump no es una anomalía, como tampoco lo fue Ronald Reagan; la anomalía fue que las ideas socialistas y comunistas, inherentes al modelo anticapitalista del estado del bienestar y otros modelos similares en Europa y America, sobrevivieran por tanto tiempo a la caída del muro de Berlín, al fracaso de la Union Soviética y al triunfo del capitalismo en China.
En el largo plazo de la historia, el tiempo transcurrido entre el Presidente Ronald Reagan y el Presidente Donald Trump no es más que un pestañear de ojos del despertar de la joven nación estadounidense, la más joven entre las grandes naciones centenarias de la vieja Europa y las naciones milenarias de Asia, como India y China.
Ronald y Donald no escogieron su destino, sus pueblos los escogieron para retomar el control de sus destinos, quizá por qué ambos inspiraron confianza al decir lo que pensaban aunque no fuera políticamente correcto y les costara votos. Por eso nadie jamás tomo en serio a Ronald, como tampoco a Donald, hasta que fueron electos.
Ambos encarnaron el espíritu anti-gobierno, anti-político y anti-partidista que prevalece en la población estadounidense. En consecuencia ambos fueron descalificados por esa élite de Washington por ser demasiado simplones, radicales e ingenuos; y por soñar apasionadamente con hacer de los EEUU una gran nación, poderosa, respetada y hasta temida.
Ahora que la mitad perdedora del electorado de los EEUU está saliendo del estupor de su primera negación y aceptando la realidad de su derrota, empieza la segunda etapa de la negación: la incredulidad de que Donald va a hacer lo que prometió en la campaña. Lo mismo pasó con Ronald y el resto es historia.
Sin lugar a dudas, Donald va a cumplir lo prometido y a nosotros los dominicanos nos debe interesar conocer las medidas económicas que prometió tomar en sus primeros 100 días, primero porque las tomará y nos afectarán, segundo porque nos conviene mitigar los riesgos, daños y amenazas de esas medidas y tercero para aprovechar esos cambios como oportunidades para sacar provecho y beneficiarnos como nación y como individuos.
En el ámbito del comercio internacional, sabemos que para proteger a sus trabajadores, Donald renegociará el NAFTA o sacara a los EEUU del mismo; en consecuencia, debemos renegociar el DR-CAFTA o salirnos del mismo. Y en la medida en que Donald postergue ratificar la Asociación Trans-Pacifica, nosotros debemos aprovechar ese tiempo para negociar un TLC con Corea del Sur y promover inversiones indias y chinas hacia nuestro país.
A lo interno, para relanzar el capitalismo estadounidense y crear millones de nuevos empleos, Donald va a hacer inversiones públicas masivas y reducir impuestos; una mezcla muy inflacionaria.
Donald abolirá los impuestos a las sucesiones, reducirá los impuestos a las ganancias de capitales y dividendos, y reducirá los impuestos corporativos al mínimo. Trump simplificará y reducirá los impuestos sobre la renta de las personas y los negocios, y estimulará el regreso al sistema capitalista estadounidense de trillones de dólares fugados durante las últimas décadas.
Dada la frágil situación económica estadounidense que le deja Obama a Trump y la volátil situación en que el G-20 ha metido al mundo al posponer el desenlace final de la crisis financiera inconclusa del 2008, la mezcla de políticas de Trump precipitará el final de esa crisis, acelerará la inflación en los EEUU y a su vez devaluará al Euro, el Yuan Chino y muchas otras monedas, como la dominicana; la que podríamos blindar adoptando el patrón oro lo antes posible, para mitigar los efectos destructivos que el final de la crisis mundial traerá consigo.
Sabiendo que eso viene, deberíamos anticiparnos estratégicamente con una reforma fiscal integral que reduzca nuestros impuestos más que los EEUU, y reduzca nuestros gastos superfluos y nuestra hipertrofiada y paralizante burocracia estatal; para beneficiarnos de los cambios que Donald va a realizar en el norte, o por lo menos mitigar los posibles daños que puedan causarnos.
La pregunta es… ¿Lo haremos?