El domingo 15 se consumó el proceso de elecciones para gobernadores en el que agotamos una agenda de acompañamiento que me llevó, junto a otros acompañantes, a visitar varios estados para ver el desarrollo del evento comicial que culminaría con el triunfo del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), y el inicio de un resquebrajamiento en la Mesa de la Unidad Democrática como al día siguiente me advirtieron los compañeros del Movimiento al Socialismo (MAS).
Desde la noche del domingo, las celebraciones y gritos de lamento confundían el ánimo en las calles, aunque justo es decir que el oficialismo llevaba el tono más alto, lo que se explica no solo en el hecho de haber ganado el certamen, sino de que lo hizo de forma contundente, pues sé que para el gobierno y la oposición los resultados fueron una sorpresa, ya que la formación oficial no imaginaba obtener 18 de 23 gobernaciones, ni la oposición tener tan pobre desempeño que solo le permitiera ganar 5.
El lunes en horas de la mañana los medios locales soltaban informaciones a granel: el júbilo del primer mandatario, los funcionarios, dirigentes y militantes del PSUV por un lado, y los opositores por el otro, manejando con cautela el proceso y algunos denunciando el fraude que los europeos ya habían anunciado sin que estuvieran presentes en la justa, arropada por un sistema cuasi invulnerable y cuidado por los militantes partidarios para no dejar resquicio que pusiera en dudas la eficiencia de un sistema elogiado por todo el que lo ha visto, incluyendo expertos electorales que, por cierto, estuvieron monitoreando el proceso y certificaron su transparencia.
El debate post electoral siguió su curso y gobernadores perdedores comenzaron a admitir sus derrotas. Con el panorama claro, y luego de intercambiar las experiencias del acompañamiento electoral con personalidades de diferentes países para concluir en que la diafanidad del evento comicial nunca estuvo en juego, agendé para el martes con el equipo que me acompañaba, una visita al Metrocable de Caracas, pues a punto de inaugurarse un sistema parecido en Santo Domingo, me pareció oportuno ver aquella experiencia.
Moderno y concurrido, las unidades se elevan poniendo bajo los pies de los ocupantes del medio de transporte a toda la ciudad de Caracas: la llanura atiborrada de edificios, avenidas y vehículos, y los cerros, que ofrecen aquella estampa popular caraqueña que parece dibujar un cuadro multicolor de viviendas y largas escaleras que cuelgan casi en el aire.
El surrealismo visual se funde con las reales historias que desempolvaron la puesta en operación del medio masivo de transporte, pues resulta que antes de su existencia había personas «encalladas» en los cerros hasta por 20 años, según me contó Kevin López, un joven del lugar que trabaja en el Metrocable y me sirvió de guía, lo que confirmaron Ricardo García y Michel González, que junto a Thaireth Ramos, hermoso ejemplar de la exótica belleza venezolana, me acompañaron desde mi llagada a mi salida del país.
Este sistema de transporte usualmente conecta llanura con terrenos elevados o a estos últimos, así se ve en todas partes del mundo, ya sean medios para uso turístico o de pasajeros que se desplazan en las grandes ciudades, por ello veo el que se construye en Santo Domingo con un sentido poco convencional, de movilizar los usuarios de llanura a llanura. ¡Una novedad!